Querido diario (28)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Anochece. Se levanta un viento que mueve las ramas del pequeño ailanto de la terraza. En unos instantes saldré a pasear; llevaré alguna prenda de abrigo: desde anteayer ha empezado a refrescar. Ojalá no sea un anuncio de la llegada del otoño.

Estos días últimos de agosto, aunque siga en la oficina por las mañanas, he tenido sensación de verano. Es la infancia recobrada. Hemos ido algún día a la piscina, poco tiempo, a la salida del trabajo, para darnos un chapuzón. Sentir el frescor del agua y la caricia del sol, una gota deslizándose por la espalda, tonos azules al nublarte la vista el cloro, el olor acre de la hierba –casi verla crecer– cuando te secas de bruces sobre la toalla; se mueven leves las hojas de las acacias mientras una adolescente hermosa se zambulle con aire de fingida indiferencia. Momentos de calma en los que el tiempo parece ser más piadoso, latir más despacio.

Sensaciones que vuelven, que vienen desde la niñez. Como esas de las que escribe el poeta: la visión del río apareciendo en el mes de septiembre, un paseo a caballo, la exaltación y el miedo de estar solo cuando va a atardecer. Y algo que hoy espero y no llega: el nacimiento terriblemente impuro de la luna. La luna llena de ayer, roja al ascender tras las lomas y luego blanquísima, como si alguien hubiera recortado un círculo en el lienzo azabache del cielo.

Agua, luna, sol, noches de calor contemplando las estrellas, un paseo hasta las últimas casas del pueblo, oír el sonido de los grillos o el viento meciendo los chopos, ver insectos brillantes revolotear a la luz de las farolas. Días largos y algo de tedio. Y leer, leer hasta que las pestañas parecen rizarse o se siente un ligero mareo. Eso era el verano.

Esperaré a la luna. También la llamada de los amigos; habíamos quedado en salir a cenar. Esperaré, y no llamaré si no lo hacen. Me apetece pasear solo, volver pronto a casa y leer. Pero no tomaré ninguna decisión: estoy cansado, pero quiero su compañía, que está menguando –como la luna– a medida que acaban sus vacaciones.

No sé si habrán reservado en algún sitio; siempre es algo de última hora, improvisado. Y, sin embargo, la cocina, dice un cronista gallego, es una de las más profundas y sutiles invenciones del espíritu humano. Está llena de instantes sublimes, como éste que leo aunque adelantemos la estación: “Ahora, en otoño, es una hermosa cosa comer en una solana abierta al mediodía, oyendo el mirlo que anda por la parra picoteando los últimos racimos. Alguno de los vinos nuestros hay que en la copa –un profundo violeta luminoso– parece que, al llevarle a los labios, vas a beber toda la pintura veneciana…”

Qué bien lo cuenta Cunqueiro. Como también lo hace Pla, que puede escribir de los colores de la cocina como de una tonalidad grave, suntuosa o densa, de un gris dorado de violoncelo. O de un cielo de invierno, bajo, turbio, neblinoso y de visibilidad escasa como de color de puré de guisantes. Y Camba… Describen con precisión y detalle sabores y olores, una salsa aromática y un mantel de lino, un color…

Mis últimos detalles son algo distintos, un tanto cuarteleros. Hace unos días, en una taberna de las de siempre en el barrio viejo, que hace años estuvo de moda por picotear allí el antiguo presidente del Gobierno y el canciller alemán, en la ensalada –algo que nos parecía muy adecuado como entrante en aquella noche calurosa– rescaté a un moscardón que nadaba embriagado ya desde los fogones, entre los vapores del vinagre. Podíamos pedir la hoja de reclamaciones o trocearlo y devolverlo a la fuente, por aquello de seguir la moda de engullir insectos ricos en proteínas. No supimos qué hacer. Somos tan educados, tan indecisos…

Al día siguiente, Andy, recién llegado de La Coruña, actualizando la Lonely Planet de la zona, contaba que cenando en un restaurante de postín pudo observar a través de una puerta entreabierta cómo el cocinero preparaba los postres. Tenía en sus manos el bote en el que había quedado una hermosa nube de nata. “Pasó la lengua por él varias veces hasta dejarlo brillante. Pensé que lo hacía porque estaría acabándose, que el tubo iría a la basura. Pero volvió a meterlo en la nevera”. Andy no supo qué hacer. Es tremendamente educado.

Pero la vida –y la cocina– es algo en constante movimiento. Pendular. Todo puede corregirse. Días después fuimos recompensados por el bacalao fresco con un chorro de aceite y pimentón y el cocido que tomamos en Cuca la Vaina. Íbamos hacia el Bierzo. Yo conducía y las chicas bromearon conmigo poniéndome una gorrilla y sentándose las tres en la parte trasera. No me molestó: me vi como el chófer de tres viejas loros de vacaciones por la ruta de Santiago.

Paramos en Castrillo para ver la exposición de óleos de Sendo sobre la tierra quemada de los pinares de Tabuyo. Los cuadros colgaban de las paredes de la hostería. Nos preguntábamos cómo era posible tanta maravilla y tal cantidad de obras después de su operación. Cualquier otro convaleciente se habría pasado al informalismo: rojos círculos a lo Feito, brochazos a lo Viola, calcetines viejos y tachones a lo Tàpies

Al continuar ruta, el traqueteo y el calor le hicieron suplicar a Piedi que parásemos para tomar una cocacola. “Me siento entelada, como las vacas”, dijo. A la  altura de Toreno vimos el anuncio con brocha gorda de un bar decrépito, “El Faraón”, con patio de verano y emparrado. Mientras descansábamos, los cubalibres fueron desbastando el lacón, la oreja, los garbanzos…

Todo aquello tenía poco que ver con el  food design y con los menús que pueden servirte en esos lugares en lo más alto de las listas: una macetita con flores crudas, un consomé de perrechicos con ñoquis de yema de huevo, unas pildoritas de chocolate escondidas en un tótem de madera de roble. Qué hermosura. Y qué empalago. En literatura sería como esa prosa de estilo “mandarín” de la que hablaba Cyril Connolly.

Aquí tengo ya la luna tras los cristales. Siguen sin llamarme. Imagino que si lo hacen acabaremos yendo, como casi siempre, al Cuervo. Una ensalada, bacalao en tiras sobre cebolla y tomate al horno –su única concesión a la sofisticación–, mollejas, café, gin tonic y mesa en la terraza para ver pasar por el estrecho callejón a las adolescentes cual funambulistas sobre sus zapatos de altísimos tacones. O ver llegar a los primeros clientes del pub de al lado, “La Sal”.

Daré el paseo y volveré a leer. Y prepararé un montoncito de libros para la primera semana de septiembre de vacaciones en la costa. Ardua tarea. La montaña mágica; o Guerra y Paz, en la edición del Taller de Mario Muchnik –la primera lectura fue en un verano de la adolescencia en casa de mis padres: recuerdo el grueso tomo de tapas negras y las fotos de la película, con Audrey Hepburn y Mel Ferrer–; las Memorias de José María de Sagarra… O algo más manejable, de temporada: Cartas del verano de 1926, de Rilke, Tsvietáieva y PasternakSolsticio, de José Carlos Llop; releer Buenos días, tristeza, o al Pavese de los cuentos de La Playa, o cualquier novela sureña que transcurra en un clima tórrido, un clima de moridero.

O una pila de libritos, como este comprado hoy, Clásicos vividos, de José María Micó; o este de Simenon –al que no he leído nunca y del que Pla decía que tiene muchos cielos de color puré de guisantes, puré de pois, acompañados de una guarnición de poesía. Los dos libros de poemas que, ahora lo pienso, me han dejado “sensación de verano”, recuerdos de adolescencia, detalles que al revivirlos casi hacen daño, son La noche junto al árbol, de Álvaro García, y Un aviador prevé su muerte, de Justo Navarro.

No sé, cualquier cosa irá bien: guisotes o verduras salteadas, en todo caso algo que alimente. Páginas para digestiones pesadas o una salsa ligera de palabras precisas, pequeños detalles. La literatura tiene que cuidar el detalle: “¡Acariciad los detalles, los divinos detalles!”, decía Nabokov a sus alumnos. O una mezcla de ambos. Algo así como ese contundente trozo de tocino ibérico que pone mi suegra en el cocido de los domingos, de otoño a primavera, entreverado de finísimas hebras de carne.

En ningún caso, nunca, jamás, cocina rápida. Mi cuñada Teresa lo decía bien claro la semana pasada en el Babelia hablando de los cambios en los hábitos y el tempo de lectura de los jóvenes, que abandonan libros si no son trepidantes, adictos a la frase breve en detrimento de construcciones más complejas y de la pobre subordinada.

Qué casualidad que en el mismo reportaje estuviera María Casas, directora literaria de Debolsillo. Decía que ella es de los que terminan cualquier título que empiezan, cueste lo que cueste, “aunque se le haga bola como filete correoso”. El jueves, María, que llevaba unos días aquí visitando a sus familiares, salió a pasear con nosotros. Acabamos pastoreando un grupo amplio: Gus, Julio, Óscar y Marta y su grupo de organeros alemanes de la Catedral. Doce, quizá para la última cena de verano.

En una terraza de la Plaza del Grano, ese lugar mágico, se habló de la música de Bach y de los anuncios de las cajetillas de tabaco; se bebió vino tinto acompañado de platillos de jamón y cortezas con ensaladilla; se crispó el aire al mentar el ordenador del ex tesorero y cómo todos roban ya sin disimulo amparándose en esa omertá sin siglas, sin ideología. Siguió algo sobre las fotografías de la guerra de Siria que ha venido haciendo López jugándose el pellejo, las rubias francesas de una mesa cercana y de que ya se habían ido los vencejos. Grandes temas y atención a los detalles.

Todo eso es la  literatura. Así lo recomendaba Carson McCullers: “Cada día, leo, con mucha moderación, el Daily News de Nueva York. Es interesante conocer el nombre de la calle en la que el amante apuñaló a su amada, y esas circunstancias de las que el New York Times nunca da cuenta. De ese asesinato no resuelto en Staten Island, interesa saber que el doctor y su esposa, cuando fueron apuñalados, vestían batas mormónicas, tres cuartos de largo. El desayuno de Lizzie Borden, el bochornoso día de verano en que mató a su padre, era sopa de carnero. Los detalles generan siempre muchas más ideas que las que cualquier generalidad puede aportar. Que Cristo haya sido lanceado en el costado izquierdo, es mucho más conmovedor y sugerente que si hubiera sido simplemente lanceado.”

Junto a nosotros un hombre muy fuerte, ferviente peregrino sin duda hacia Santiago, apartaba con el tenedor, uno a uno, los granitos de maíz de la ensalada. Y con la mano bajo la mesa, se rascaba muy cadenciosamente la entrepierna: una rozadura molesta o las francesas de al lado. La vida y sus detalles.

3 Comments

  1. Las galerías de arte, los museos, los lugares de exposiciones… limpian sus paredes para en ellas colgar piezas, algunas de las cuales, al cabo del tiempo, podrán aparecer ilustrando libros y otras acabarán en el olvido. Exposición permanente es Avelino que nos recrea su interior más íntimo y el exterior que se interrumpe por el paso del tiempo, con sus colores, con sus sabores y también con las cadencias sonoras de los ruidos y demás sonidos. Gracias por no hablar de los que somos contemplados, observados y analizados por ti; gracias por no revelar nuestras incoherencias, dudas y sinrazones. Gracias por dejarnos vivir sin ser juzgados públicamente. Ver hasta los pequeños detalles es indagar en la profundidad de los sencillo lo cual, a veces, resulta difícil para los que no son avelinos, como tú.

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  2. D.Avelino Fierro. Se siente en tu vibrante narrativa esa cadencia del verano,los aspectos que van languideciendo, ese previo al otoño que es la estación más hermosa y productiva. Me parece un exquisito menú de verano viajero. Sigo creyendo en tus maestras ilustraciones; la del presente capítulo es pantagruélica, Balzaniana, Honore-Daumierana. Parabens a vose. Sendo.

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