En la biblioteca de Avelino Fierro: “Soy comprador de libros que quiero leer”

Avelino Fierro en su biblioteca. Autorretrato.

Avelino Fierro en su biblioteca. Autorretrato.

Por ELOÍSA OTERO

Tiene algo de bibliófilo Avelino Fierro, tan aficionado a libros raros y a esos otros, más normales, que para él son valiosos antes que curiosos… Aunque, al mismo tiempo, asegura que aquello que según Umberto Eco caracteriza a los bibliófilos —“desear, poseer, enloquecer”— no va con él. Avelino Fierro se define más como alguien a quien le gusta mucho leer, y es de los que cogen los libros armado de un lápiz, para subrayar y anotar. Eso sí, su lugar ideal para la lectura es su biblioteca, “porque unas frases te llevan a otras y a otros autores o al diccionario… es como los hipervínculos digitales”.

Este jueves, 10 de julio, Avelino Fierro presenta en León su primer libro, Una habitación en Europa, que él mismo define como “el diario de un lector agradecido”. Y le pedimos que nos hable de eso, de sus libros, de su biblioteca. Él, amablemente, abre esa puerta y nos muestra la habitación de sus tesoros… Esos mismos de los que habla también en la sección que desde 2013 mantiene en Tam-Tam Press, “Querido diario”.

—Toda biblioteca tiene su historia… ¿Dónde empieza la historia de la tuya?

Me recuerdo comprando siempre libros. A partir de los 17 años mi imagen es la de alguien con un libro bajo el brazo. O revistas. Iba casi a diario a la librería de Jony, Pisa, en el barrio italiano. Me enganché de tal manera que sigo siendo un adicto. Hasta que no fui a acabar la carrera de Derecho a Oviedo la rutina diaria era pasar allí gran parte de la mañana. Luego íbamos a tomar vinos por la zona y se volvía por la tarde cuando, después del cierre, íbamos al barrio Húmedo o al estudio de pintura donde yo tenía un cuartito y él el salón grande con la música, retratos de Durero y cuadros de Manolo Jular.

En esa época ya empecé a comprar libros de poesía, de las colecciones de El Bardo u Ocnos. Y casi todos los ejemplares de libros como los de la colección de Palabra Menor de Lumen o los Cuadernos Marginales o Ínfimos de Tusquets, y de teoría política, los Cuadernos de Anagrama. Y cosas de Alianza, por supuesto. Muchos títulos me los consiguió Chuso Anderson que por aquella época trabajaba en Everest y podía sacarlos con el 30%. De esa fecha son los de Borges, Kafka o Pavese. Hablo del año 74.

Y con las revistas tenía más vicio. Me suscribí a varias y otras las compraba en el kiosko de Miguel, en la Rúa, que me fiaba. Las revistas o semanarios de la época, Cuadernos para el Diálogo, Triunfo, El Viejo Topo, Ajoblanco, Gaceta del Arte, Guadalimar, Camp de l’Arpa, Historia 16… las adquiría con ánimo un poco de coleccionista. También había literatura política, Sistema o Zona Abierta. Ah, y tengo la colección de una de las más bonitas e interesantes, los Cuadernos del Norte. Y la de Poesía, la más exquisita.

Y las que en la ciudad iban editando los amigos. Ya sabes, porque te lo dije hace unos días cuando no conseguíais encontrar a nadie con aquella revista local de poesía, Yeldo, que yo tenía ejemplares. Esas cosas provincianas se tienen sin querer, van con la manía.

Hace años que me estoy quitando de ello. Pero sigo con Clarín, de literatura, o Sibila, de poesía, que a veces se me atraganta, o Scherzo, de música clásica. Y hace nada conseguí completar la de Renacimiento. Siempre he estado suscrito a varias. Muchas suscripciones se acababan antes de tiempo y no te devolvían el dinero. En eso eran más animosos, pero menos de fiar, de Despeñaperros para abajo.

—¿Cómo describirías tu biblioteca?

No tiene nada de especial. Es abarcable. Creo saber dónde están los libros y revistas. Bueno, quizá alguno se me escapa. Anteayer mismo quise consultar ejemplares de una revista que editaba Julián Rodríguez, en Cáceres, porque lo recordé al estar leyendo un librito suyo, y otro de la editorial que dirige, Periférica, y no los encontré. Creo que podría hacer como Ortega, que sabía dónde estaba cada libro y podía llamar por teléfono dando instrucciones para que le dictaran lo que necesitaba. Lo mío, y lo sé, tiene poco mérito. Yo no tengo tantos. Y nunca me ha dado por calcularlo.

Ni por ordenarlos. Tengo, es verdad, un cierto orden con cierta lógica, la mía. La poesía va junta y por colecciones: Visor, Provincia, Hiperión, La Veleta, Lumen o Pre-Textos. Por otros estantes anda la narrativa, el ensayo, los libros sobre Arte, los cómics…

Pero soy comprador de librería de nuevo, no de viejo. Y de libros que quiero leer. Aquello del artículo de Umberto Eco, sobre los bibliófilos, “desear, poseer, enloquecer”, no va conmigo. Desde siempre he sabido que es algo que puede arruinar la vida. Pero sí me gusta visitar de pascuas a ramos las librerías de viejo o los rastrillos. El otro día conseguí las “Historias fingidas y verdaderas” de Blas de Otero en La Trastienda. Y compro algunas cosas por Internet. Si recuerdas, en el último “Querido diario” contaba que he conseguido por cuatro perras las primeras ediciones de casi todo Gaziel. Y desde hace tiempo me estoy planteando el ir al psicólogo para que me ayude a tomar la decisión de desprenderme de unos cuantos.

...

—¿Cómo lees? ¿Al azar, siguiendo hilos, anotando, en una línea concreta (pensamiento, ensayo, novela, poesía…)?

El azar puede ser determinante en la vocación del lector. Muchos hablan de hallazgos, maestros, bibliotecas, familiares o personas determinantes en su vicio como lectores. Eugenio de Andrade, el poeta portugués, decía en una entrevista que descubrió a los cuatro años la poesía en la imagen de su madre cantando, la poesía cuyo ritmo es el del habla, del Romancero, y después de la poesía oral la escritura vino de la mano de un profesor de matemáticas, un vecino que le daba clases y le iba dejando libros cuando se dio cuenta de que le gustaba leer.

Yo no tengo muchos recuerdos sobre esto. En mi caso no hubo biblioteca familiar, profesor o amigo que me guiase. Puede que empezase a disfrutar con la lectura y a tener ese deseo con los libros de Guillermo Brown, con una edición infantil de Miguel Strogoff.

Los libros en aquella época eran como de cartilla de racionamiento. Recuerdo leer los libros en casa de mis padres. “La hora 25”, de Virgil Gheorghiu, “Cuerpos y Almas”, de  Maxence Van der Meersch, “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, “Un millón de muertos”, de Gironella, “Guerra y paz”, en una edición con fotos de la película de Mel Ferrer y Audrey Hepburn, y una fila de noveluchas que no sé si mi padre pedía a una casa editorial de Barcelona y que no recuerdo bien. Bueno, había una sobre los bajos fondos. Y estaban los tebeos: Hazañas bélicas, El Jabato, Pumby….

Y ya de adolescente, ya te he contado, empecé bastante fuerte con este asunto, y sigo en ello. Estoy pendiente de las novedades. Y creo –no lo tomes como presunción– que tengo bastante buen criterio en lo que compro. Otros pensarán que tengo lagunas, pero novela negra, milleniums y best sellers y cosas así, no los toco. No suelo comprar novedades, salvo los libros de los amigos; dejo pasar el tiempo. A veces hay casualidades. Lecturas que te llevan a otras sin tú buscarlo. Ahora estoy leyendo un diario del París de posguerra de Curzio Malaparte, hace poco leí “Mis amigos”, de Enmanuel Bove, cuentos sobre esa época Y tengo apartado “La agonía de Francia”, de Chaves Nogales, que tenía comprado hace tiempo. No obedece a un plan, pero puede que unos me hayan llevado a otros.

Leo poca novela. Decía Josep Pla que después de los 35 años, leer novela es un síntoma de primitivismo muy acentuado. Leo mucha poesía, aunque llevo un par de años que me he relajado y ya no trato de estar tan al día.

¿Cómo leo?, que esa era la pregunta. Pues con lápiz, la verdad. Para subrayar débilmente o hacer llamadas en el margen, o notas al pie. Y si hay espacios en blanco y aquello es sugerente, hago dibujos. Ya ves que en “Una habitación en Europa” hay ilustraciones; vienen de los libros.

Y el lugar ideal para leer es tu biblioteca. Porque unas frases te llevan a otras y a otros autores o al diccionario; es como los hipervínculos digitales. Luego hay muchas anécdotas. Cuento una: el Ulises, en la traducción de José Mª Valverde, me lo regaló en 1976 un amigo (yo creo que lo había robado) y no lo leí hasta 2008, en unas vacaciones que pasamos en Irlanda.

Y más importante que el cómo y el dónde es en qué, qué edición lees, sobre todo en poesía. Eso es fundamental. De W. H. Auden tengo varias ediciones y de unas a otras va un abismo. Trato de hacerlo con los autores que más me interesan. Traducir es la mejor forma de leer o la más concienzuda. Y desde que escribo y leo casi como un crítico, de manera estratégica, no sé si se me arruinó el placer de leer o le saco más punta a lo que leo. Se escribe porque se lee. Y escribir es sobre todo corregir, tratar de marear con criterio la perdiz.

—¿Recuerdas la mejor primera frase de una novela que hayas leído?

No tengo ni idea. Ya sabes que los manuales para el escritor le dan importancia a eso y clasifican los arranques: descriptivo, testimonial, dialogado, autobiográfico… Los comienzos de El Quijote o de Cien años de soledad son los ejemplos clásicos. Son bonitos. De las novelas recuerdo otras cosas, un cierto aire o tono que me gustó o me sedujo, si disfruté o no con su lectura… El Cuarteto de Alejandría, que me regaló Enrique Marín en las islas, comienza con una descripción de la luz de invierno sobre el mar embravecido. Ricardo Piglia hablaba en un libro de crítica de la excelente traducción que hacía Aurora Bernárdez de un volumen con cuentos de Faulkner, del título y de la parrafada inicial. Recuerdo que estaba muy bien, que tenía un tono que te enganchaba.

De todos modos, tengo grandes carencias en esto, siempre pienso en ir tachando títulos pendientes, sobre todo de los clásicos: La montaña mágica, Dostoievsky, y cosas así.

Volviendo a los arranques, a las primeras chispas: Sí concedo importancia a los principios y finales en lo que escribo. Igual me lo da el leer poemas, ya que soy incapaz de escribirlos. En el “Querido diario” que cuelgo en el Tam-Tam creo que se ve bien lo que quiero decir. En el último, un amigo al que creo con buen gusto y del que tengo en cuenta sus opiniones, Antonio Manilla, me decía que en ese arranque y en el final era donde estaba yo, que lo otro estaba bien, pero los temas de la literatura comprometida y la guerra del 14 no le interesaban mucho.

También es algo lógico; siempre hay un comienzo más o menos complicado, pero si no se trata de narrativa te puedes ahorrar el desarrollo, la trama. Y el comienzo, doblegar a la página en blanco es lo que te reta. Me siento a la mesa la tarde de los viernes y miro por la ventana hacia afuera. Y algo se me tiene que ocurrir, si no, voy arreglado. Y como muchas veces no se me ocurre, ni ocurre nada, escribo de los matices o variaciones de lo que tengo alrededor, por mínimas que sean, sobre las nubes que pasan, el viento, la luz… Andrzej Stasiuk, un autor que me descubrió mi amiga Cecilia Orueta, fotógrafa, y que tiene que estar pendiente de esas cosas (habla de la temperatura del color y términos así), dice que lo único que vale la pena descubrir es la luz, sus variedades y su eternidad; que los actos le interesan bastante menos.

—¿Desde cuándo escribes un diario?

En 1989 leí El cuaderno gris, de Josep Pla. Me dejó anonadado. Esto lo cuento en el libro. Luego leí El gato encerrado, de Andrés Trapiello, y los de José Luis García Martín. Y ese género se convirtió en una de mis lecturas favoritas. Yo llevé un diario, en un cuadernito como dios manda, en el 93. Y ahí quedó la cosa, hasta que llegó mi amigo Manuel Vicente González y me obligó a escribir. Una habitación… comienza con la frase “este es un diario por encargo”. En todo el libro hay un tira y afloja, él me pide que le mande más folios y yo le digo que me deje en paz, que no me agobie, que no soy ningún escritor profesional.

Y es un diario porque, como digo en lo que acabo de escribir para la presentación del libro, no tengo el don de la fábula ni el de la poesía. Bueno, y después de Manolo viniste tú. Y creo que allá por la Navidad del 2012 o principios del 2013 me ofreciste escribir en el Tam-Tam Press. No sé por qué sabías que yo escribía, porque los textos que componen Una habitación… yo los mandaba, maquetados por mi amigo Alberto R. Torices a unos cuantos amigos y de aquella, no tenía tu dirección. Sólo había publicado un par de cosas que me pidieron los amigos del Club Leteo para su revista. Va a resultar que soy un escritor por encargo.

...

—Sé que tienes una buena biblioteca de poesía…

Esto vamos a resumirlo de la mejor manera, porque si hay algo que me ha interesado siempre, algo que me parece fundamental como lector, es la poesía.

Dice Azúa: “Sobre la poesía cuando menos se diga, mejor. La poesía es la verdad del arte”.

Entiendo lo que quiere decir, igual que cuando también cita a Hölderlin y Heidegger (“Como poetas habitan la tierra los hombres”) en su Diccionario de las Artes, lleva razón, pero en eso se escudan los poetas malos para no discutir sobre lo que hacen, no saben lo que escriben ni de lo que escriben. Hace poco, en una presentación de poesía, una chica jovencita que publicaba su primer libro, quizá por su juventud venía a decir eso, que no podía hablar del soplo divino. Entre el público, a mi lado, estaba Sergio Fernández Salvador, poeta con más tablas, que pensaba que era justamente lo contrario. Y es así: Aunque algo hay de las dos cosas, el poeta no vive solo del oficio. Pero esto es algo fundamental. Cuántos escriben sin tener ni idea de la tradición, de la forma, de la preceptiva. Se necesita, como dice Álvaro García en un prólogo a Auden, limpieza de la mirada y conciencia del oficio.

Cerramos con el consejo de Bradbury cuando decía, en su artículo “Cómo alimentar a la musa y conservarla”, que leer poesía todos los días es la mejor gimnasia para todos los músculos del escritor.

—No tienes móvil, llevas publicados casi 50 entradas del diario en Tam-Tam Press y cada vez que publicas una nueva entrada del “Querido diario” tengo que mandarte el enlace a la web. ¿Eso es una manía, esnobismo o resistencia ante las nuevas tecnologías?

Creo que un poco o un mucho de lo último. Tengo escrito desde hace dos años un artículo de unas veinte páginas titulado “Menores y nuevas tecnologías”, pero no lo he mandado para su publicación. Hace días me puse a revisarlo y caí en la cuenta de que hablaba demasiado de la letra impresa. Aparte de eso, el primer capítulo es toda una declaración de intenciones, lo titulo “Ciberescepticismo”.

En mi libro Una habitación en Europa, en el “Diario de los nombres” hay una entrada titulada “Literatura en Internet”. Es la versión irónica y jocosa del asunto. Y en otras páginas hablo de ello, de las rusas enviando “spam” o de la lectura en las tabletas y en los e-books. Y digo que me basta con algunos blogs, que no paso de la “A”: Azúa, Café Arcadia, A. Trapiello, El Almirante Ruina, mi amigo García Amado y su blog “Dura lex”… Así que utilizo las redes, pero no pierdo el tiempo. Ya te dije que leo con lápiz, siento la necesidad de escribir o subrayar o dibujar en algún libro. Y el libro en papel es tuyo.

Hace unos días un filósofo alemán, Byung-Chul Han decía en El País que hoy el ser no tiene importancia, que el valor del ser es el aparecer, el exhibirse, colocarte en el escaparate. Para eso está Facebook. Yo agradezco, me gusta, que tú, Yago y mis hijos me pongáis en el Facebok, pero los dos tenemos claro que eso no tiene nada que ver con el saber. Igual, aparte de comunicarnos más rápido, la única ventaja es que cuando vas a cenar a casa de alguien no tienes que aguantar la sesión de álbum de fotos de la boda o de las últimas vacaciones.

—Ni en “Una habitación en Europa”, ni en las más de 300 páginas que llevas escritas para el Tam-Tam sale el nombre de León, ¿otra manía?

Ya digo en el texto que he preparado para la presentación del libro que no tengo el gen del leonesismo, del localismo, del nacionalismo. Borges tiene una frase en uno de los cuentos de El libro de arena; más o menos dice: “Cada día nuestro país es más provinciano y más engreído, como si cerrase los ojos. No me extrañaría que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní”.

El título del libro también dice algo, habla de Europa. Y de una habitación propia, con vistas, no a Florencia y al Arno, ya me gustaría, sino a los tejados, a las lomas, a mi ciudad, al cielo, al mundo. No es que me las dé de cosmopolita, pero la patria –creo que es frase de Vargas Llosa– es una circunstancia como otra cualquiera de la vida. Y te cuento un secreto. Yo estaba ya hace mil años en un grupo de danzas y me casé vestido de traje regional. Así que no me vengan con cuentos. Y soy de los de la secta de los comedores de cecina y del juego de la rana.

...

—¿Cuándo escribirás más cuentos, o cuándo vas a atreverte con una novela o con poesía?

No de momento. Creo que el diario va más con mi carácter. No sé si Baroja se refería a eso cuando hablaba del “fondo sentimental” del escritor. Puede que haya también mucho de incapacidad para afrontar otros géneros; no creo ser un contador de historias, un creador de vida imaginada, un fabulador, y la poesía es algo demasiado serio y no creo que me visite ya a estas alturas. El diario te compensa del fracaso de no poder escribir en esos otros registros. Y te permite también moldear la realidad, es suficiente con ser verosímil.

Quizá tenga una explicación psicológica, el diario es como la novela del ego, puro narcisismo. Pero no creo ir de ese palo, más bien busco la compañía de los amigos –casi me resisto a llamarlos lectores–, a sentir su proximidad de otra manera, a retenerlos a mi lado. Algunos comentarios me han dado muchas satisfacciones. Ahora que lo pienso, puede que ande metido en esto, puede que escriba para que me quieran.

Más información:

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

  1. tino

    ¡Qué locuacidad, chaval, y qué elocuencia! (si no es (o ha sido) lo mismo).
    Me encanta cómo te ha exprimido esa pelirroja.
    Así, desnudo y torero ¡suerte!

  2. José Luis Avello

    Gracias por este diálogo. Por saber preguntar y por saber responder. Incluso por la esencia que hay inmersa. Un espléndido mar de referencias para comenzar a navegar en cualquier momento. No obstante, también me interesa al Avelino que lee en el paisaje y en el paisanaje, cuando olisquea y se sumerge en el entorno aunque este sea novedoso para él.
    Gracias de nuevo a los dos. Pocas, breves, concisas y profundas preguntas son la esencia de una entrevista y cuando estas son así, las contestaciones pueden convertirse en lecciones magníficas. Y eso se cumple cuando la valía de los interlocutores es notoria.

  3. Anónimo

    Las buenas respuestas tienen que estar precedidas de buenas preguntas. Suerte Avelino en tu aventura y felicidades Elo por la entrevista. Una vez mas se disfruta con tus palabras.

  4. Pájaro

    Qué bien escribe y que bien me cae este tipo. Gracias por la entrevista, a los dos.

  5. ¡Ay, qué bonito es leerte! Y es que tú, Avelino, serás un eterno adolescente, mientras que yo soy una primitiva muy acentuada. No quiero perderme tu libro ni tus dibujos, de los que aún conservo varios de nuestra llegada a Barcelona con el Milton incluido. ¡Enhorabuena! Mil besiños:)

  6. Maica

    Enhorabuen por tu obra…a tus lectores- amigos nos ilumina algunos dias…!!!

  7. Lola Pablos

    Me ha gustado mucho la entrevista y siento mucho cariño al leerte, ¡ me gusta ! yo también te quiero.
    Lola

  8. Juani garcia

    Hola avelino Yo te quería hacer una pregunta.tengo un libro de tapa dura en latín del año 1780 firmado así M.M.g.y algo mas y quisiera saber el valor de este libro si pudiera te manaba un foto de su portada si me dices como te la mando gracias

  9. Pingback: Avelino Fierro presentará su ópera prima en Madrid, acompañado por Félix de Azúa | Tam-Tam Press

  10. Pingback: Avelino Fierro presenta en Oviedo su vigoroso diario | Tam-Tam Press

  11. Pingback: Avelino Fierro vuelca su “Querido diario” en “Ciudad de sombra”, su segundo libro | Tam-Tam Press

  12. Pingback: Avelino Fierro presenta “La vida a medias”, el tercer volumen de sus diarios | Tam-Tam Press

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: