“Una maleta”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

UNA MALETA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Sí, señora caraculo, ya sé que usted quiere que le cuente lo que pasó el sábado, ha oído la versión de ellos y ahora quiere escuchar la mía, que para eso le han contratado, porque no saben qué hacer conmigo y han oído que es usted una psiquiatra del copón. ¿Pero sabe qué le digo? Mis viejos no entienden nada de nada y usted pierde su precioso tiempo de caraculo si cree que en una sesión de media hora se pueden despachar diecisiete años de vida.

¿Qué cómo es mi relación con ellos, me pregunta sentada en ese sillón que le debe haber costado un pastizal y todos esos títulos que reposan encima de su caraculo con mofletes que amenazan con dejarle sin nariz y esos labios de boca de pez? Pésima, como si no lo supiera, como si no se lo hubieran dicho ya ellos ¿Qué desde cuándo? Desde siempre, desde que mis padres se separaron cuando yo tenía cinco años y acordaron que me fuera a vivir de lunes a viernes con mi viejo a las afueras de la ciudad y mi vieja se quedó con ese otro tío en la nuestra, y yo me convertí en un niño en una maleta que daba tumbos de acá para allá. Sí, escríbalo junto con el resto de notas, y también que era un estorbo. Hasta que un día empecé a zarandear dentro de la maleta, a forzarla para que se abriera. Fue cuando me junté con los de la banda del chino y comencé a hacer novillos y a falsificar las notas imitando la firma del viejo sin que éste, demasiado ocupado con sus novias jóvenes, se diera cuenta, y a salir de casa y volver cuando me daba la gana o no volver en toda la noche, y a tontear con la maría. Dicen que es mala la maría, que quita memoria, pero en mi caso me coloca y me evade de la realidad y me ayuda a ser más expansivo y ocurrente y chistoso, si hasta alguna de sus novias se enrolló conmigo para que le ofreciera y nos dimos varios homenajes. El caso es que mis viejos debieron notar mogollón el cambio que di porque ellos que jamás se ponían de acuerdo empezaron a dúo a decir que era un inestable y un ruidoso y que me había vuelto agresivo.

¿Qué cómo me llevo con mi hermana pequeña? Sha, ni fu ni fa. A mí Elenita me la suda, como me la suda usted con esa caraculo que tiene, como me la sudan mis viejos, como me la suda esta puta sociedad que deja que un niño de cinco años ande dando tumbos de acá para allá, y en esos tumbos ve cómo a su vieja, semana tras semana, le engorda la barriga como una sandía que amenaza con explotar y un día explota y de la barriga-sandia sale un renacuajo que viene a ocupar mi cuarto, a heredar el cangurito que había sido mi mascota, a usurpar su cariño, bueno, su cariño no, que a mí mi vieja nunca me quiso. Sí, ya sé que creen que le tengo envidia, pero no, qué bobada. Si le quité los pendientes de oro con bolitas azules del joyero de juguete y más tarde la pulsera del bautizo con su nombre grabado fue por la maría, para ponerme, aunque lo del sábado, la verdad, se me fue de las manos. Necesitaba cincuenta pavos, y aprovechando que la vieja y su novio habían salido y que Elenita estaba en la terraza bañando a las barbies, se me ocurrió cogerlos de su hucha cerdito. El dinero salía con dificultad de la ranura, sobre todo los billetes, y al agitarla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Elenita asomó por la puerta, no quería ayudarme a recoger, así que le di un bofetón. Sí, también le dije, es verdad, que si se le ocurría contarlo le cortaba la cabeza a todas sus estúpidas muñecas. En esas estábamos cuando llegaron los mayores. ¿Qué hacéis? Yo me puse nervioso, grité, les llamé de todo, el novio de mi madre intentó sujetarme, le amenacé con un trozo afilado de porcelana, retrocedió y delante de los tres me rasgué el antebrazo. La sangre goteaba en el parquet y la vieja y Elenita lloraban sin parar.

Cuando llegaron los del 112 al principio me negué a que me asistieran, pero me pusieron una inyección y acabé dejando que me cosieran con puntos americanos. Lo mismo que acepté ponerme en tratamiento, pues estaban dispuestos a avisar a la policía si no lo hacía. Por eso estoy aquí, delante de su caraculo, para que largue, y yo que no pensaba largar lo estoy haciendo, así que chapeau por usted pues debe ser tan buena como dicen todos esos títulos. Por eso me gustaría que les hiciera saber, es que mis viejos no se enteran de nada y a usted seguro que le harán caso, que yo solo soy un chaval que un día salí de una maleta descerrajada y rota y que busco, eso busco, mi lugar en el mundo.

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