JESÚS PALMERO: «Uno de los logros de Tráfico de Arte fue convertirse en un espacio de convergencia generacional»

Jesús Palmero en ‘Tráfico de Arte. Galería, ciudad y periferia’. Diciembre 2020. MUSAC.

Por CAMINO SAYAGO

Apenas dos décadas, desde 1990 a 2007, pero suficiente para dejar una huella imborrable. Tráfico de Arte, desde su laboratorio en la plaza Torres de Omaña de la capital leonesa, marcó el discurso expositivo de la ciudad hasta su desaparición. Fueron años muy fértiles, de producción de proyectos y nuevas iniciativas. Y todo ello configuró un rico escenario artístico que allanó el camino al MUSAC en 2005. Ahora quince años después es el propio museo el que aporta una mirada actual a toda esa práctica desarrollada a lo largo de 17 años. Hablamos con Jesús Palmero, comisario de la exposición ‘Tráfico de arte. Galería, ciudad y periferia’, que se podrá visitar hasta el 16 de mayo.

La muestra supone una revisión de los proyectos autogestionados en los años 90 en León por Carlos de la Varga, creador de la galería Tráfico de Arte, y Javier Hernando, profesor y crítico de arte de la Universidad de León. Se organiza en torno a tres ámbitos temáticos y da cuenta de ese intenso periodo en la práctica artística leonesa, a través de abundante documentación y más de un centenar de obras de 66 artistas, que abarcan técnicas como fotografía, pintura, instalación,  escultura o vídeo. El primero de ellos, ‘Galería’, recoge los planteamientos y experiencias vinculadas a un espacio galerístico único en el panorama de la comunidad en ese momento. En el ámbito ‘Ciudad’ convergen las derivas urbanas procedentes de la apertura de la galería hacia el exterior, y por último, ‘Periferia’ se ocupa de las experiencias artísticas desarrolladas en la naturaleza.

– ¿Esta exposición era necesaria? ¿Cuenta el espectador con claves suficientes para descifrar tantos años de intensa actividad?

– Sinceramente considero que es una exposición muy necesaria. La revisión y la puesta en valor de la escena que se generó en León a partir del momento en que irrumpe la Galería Tráfico de Arte (1990-2007), con toda esa serie de propuestas de arte último, con las que se le da la vuelta al paradigma imperante en el mercado y la exhibición del arte en ese momento, es ahora una manera de comprender algunas realidades como la existencia de una institución museística como el MUSAC en la ciudad. Es más, me resulta extraño o quizá sorprendente que otras instituciones de ámbito provincial, que en algunos momentos formaron parte de las confluencias de Tráfico de Arte, como pueden ser el Museo de León o el Instituto Leonés de Cultura no hayan afrontado antes un proyecto de las características del que hoy, generosamente, acoge el MUSAC.

En la exposición Tráfico de Arte. Galería, ciudad y periferia convergen, por un lado, el trabajo de recuperación de la parte experiencial en la que se han recuperado tanto materiales de archivo de todo tipo como algunas de las obras y, por otro, el intento de demostrar la vigencia actual de muchas de esas actitudes que se pusieron en práctica entonces. La exposición se dispone ante el espectador como un gran tablero de juego en el que se plantea un constante viaje de ida y vuelta. Por mi parte no ha existido en ningún momento una intencionalidad nostálgica, revisionista o meramente historicista sino, muy al contrario, he mantenido una actitud de relectura y de confluencia con el tiempo presente. He entendido este amplio archivo que se despliega ante el espectador, incluso como una propuesta de futuro. El propio contexto de crisis global, motivado por la pandemia, en el que la exposición se está desarrollando favorece la necesidad de resignificar el presente y el arte no es ajeno a todo esto. Observamos que las propuestas que se realizaron durante ese tiempo expandieron una experiencia privada al ámbito de la ciudad. El arte actuó como modificador de lo establecido generando acción y reacción.

Galería Tráfico de Arte, 1995. Fotografía: Cristina Pimentel.

– El nombre de la galería ya fue una declaración de intenciones, ajena a los convencionalismos del mercado. Fue fiel a su objetivo y caló en la ciudad, ¿Qué sucedió en la etapa final, hubo luces y sombras?

– Uno de los muchos logros alcanzados por Tráfico de Arte, fue que tanto Carlos de la Varga, como motor físico del proyecto, y Javier Hernando, como generador de un discurso sólido, tuvieron la capacidad de convocar a una generación joven de artistas deseosos de encontrar un contexto en el que desarrollar su trabajo. Partimos pues de una configuración cíclica que observada ahora hace más compresible su evolución final hacia un ocaso del proyecto. Si además, a este aspecto añadimos que tanto Javier como Carlos quedan fuera de juego debido a sendas enfermedades graves que aún a día de hoy les mantienen alejados, se comprende perfectamente ese final de ciclo. Sobre tu pregunta respecto a las luces y sombras creo que este periodo, que para muchos de los que lo vivimos en primera línea de fuego fue en ese momento un paraíso encontrado y absolutamente ilusionante, está repleto de luz y las salpicaduras de oscuridad en la mayor parte de las ocasiones vienen motivadas por prejuicios externos y mecánicas de autodefensa de los sectores más conservadores de la cultura local.

Apóptosis. Antonio López-Peláez, 1997. Fotografía: Archivo Antonio López-Peláez.

– Si echamos la vista atrás, ¿los nuevos lenguajes que irrumpieron en los 90 cambiaron el discurso de lo contemporáneo y aún perviven?

– Como decía antes, esta es la premisa de la que hemos partido para llevar a cabo este amplio proyecto. La relectura que desde la actualidad hacemos de toda esta práctica artística nos permite verificar su vigencia. Y esto no es algo que yo considere que consigue la exposición y que quedará patente en la publicación en la que estamos trabajando, sino que además pretendemos analizarlo desde la experiencia colectiva por lo que estamos organizando un seminario o encuentro en el que se observe desde múltiples perspectivas todo este fenómeno, generando una convergencia entre la mirada académica, los agentes que intervienen en la práctica artística y la propia sociedad.

– Tráfico de Arte alentó nuevas prácticas artísticas y transformó las relaciones con los artistas y con las instituciones. Su director, Carlos de la Varga, apostó fuerte. ¿Estaba el público preparado?

– Como cualquier experiencia que trasgrede lo establecido, que busca abrir nuevas vías menos transitadas o que simplemente basa en la experimentación la esencia de su evolución, la extrañeza del observador es normal y compresible, incluso yo diría más, es un condimento necesario. Lo que se hacía en y desde la galería llamó la atención de los medios de comunicación locales que, si bien al principio asistían con una cierta estupefacción, muy pronto se convirtieron en cómplices y legítimas vías de conexión con el público. La evolución del espectador se fue viendo progresivamente y la ciudad se convirtió, como he dicho antes, en un caldo de cultivo propicio para albergar un centro como el MUSAC… nada es fruto de la casualidad en este caso.

Jorge Otero. Perimetral (detalle), 2005. Fotografía: Cortesía del artista.

– Combinó prácticas conceptuales con experiencias performáticas de eat art como sucedió con Isidoro Valcárcel Medina y Dorothée Selz. Las dos fueron un hito…

– Ambos artistas han sido para Carlos de la Varga referentes fundamentales. Isidoro Valcárcel Medina ha estado presente en la programación de la galería en varias ocasiones desde 1991, llegando incluso a realizar una acción privada en el Apeadero, sin público, en 2008 cuando ya se había dado por concluida la actividad tanto en la galería como en el Centro de Operaciones Land Art. No se entenderían muchas de las actitudes adoptadas por Carlos si no se observasen desde la admiración que este siente por el artista murciano. Esto es algo que se aprecia en el alejamiento de los convencionalismos y la búsqueda de una libertad que permitió un modus operandi personal en las relaciones con los artistas, con el público y con las instituciones.

De Dorothée Selz hereda el pulso de la acción, la querencia hacia una obra que entre en diálogo con el espacio y con el espectador. Una obra que ha de ser devorada hasta sus entrañas haciendo, de alguna manera, partícipe al espectador de la autoría de la misma.

Ambos artistas están muy bien representados en la exposición, y en ambos casos sus obras generan una clara conexión con el presente, lo que nos llevaría de nuevo a una de las preguntas formuladas anteriormente, pues yo las entiendo como aprendizajes del futuro. En el caso de Valcárcel Medina, el espectador podrá disfrutar de una deliciosa obra de 2017 titulada ‘Patronajes 3’, pieza derivada de su ‘Patronajes para artistas’ de 2005, que mostró en la galería y que hoy está desaparecida. Su actitud artística, que apenas ha experimentado cambios desde su primera exposición en Tráfico de Arte en 1991 y que hoy en día es absolutamente referencial en la práctica conceptual española, es un magnífico aprendizaje desde el presente. Lo mismo podríamos decir de Dorothée Selz que hace una relectura de su muro comestible de 1993 desde las circunstancias actuales practicando una metalectura de la propia cartografía contemplada en la exposición.

– Las instalaciones también tuvieron su espacio. Desde Johanna Speidel a Kiyoshi Yamahoka. En ambos casos no dejaron indiferente a nadie…

– En enero de 1992 la galería celebra su primer año de existencia  con una exposición colectiva en la que participa Johanna Speidel con una instalación titulada ‘Número cósmico’ y a partir de este momento la presencia de artistas que trabajan con el discurso instalativo será constante. Este tipo de propuestas resultó realmente sorprendente puesto que en la ciudad apenas se habían realizado proyectos de este tipo en los que el discurso y la interconexión con el espacio primase sobre la propia obra física. En este contexto cuajó un proyecto de intervenciones en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de León titulado el ‘Hall transformado’. Este ciclo anual que había comenzado en 1994 por iniciativa de la Asociación de Estudiantes de la facultad estuvo comisariado desde su segunda edición por Javier Hernando hasta 2009 y se alimentó en la mayoría de las intervenciones de artistas procedentes de Tráfico de Arte. La propuesta ha tenido siempre tan buena acogida que en la actualidad continúa comisariada por el profesor Roberto Castrillo.

– Enrique Concha que inauguró la galería y Alberto García-Alix, a través del colectivo Pura Vida, marcaron la senda de la fotografía, siempre en primera línea. ¿A qué crees que obedeció?   

– Es muy significativo que la primera exposición con la que se abrió al público la galería fuese una exposición de fotografía. Esto sin duda era una forma de marcar la diferencia y de lanzar un globo sonda anunciando una trayectoria que iba a romper de manera singular la relación que el público leonés había tenido con el arte contemporáneo. Analizar con detenimiento esta primera exposición es importante pues Enrique Concha, cercano a los círculos de A UaCrag, planteó un discurso fotográfico que parte de su relación con el concepto de ciudad, algo que estará permanentemente en la dinámicas de Trafico de Arte. Además es un artista que procedía del ya desaparecido ‘Espacio P’ madrileño con el que el proyecto diseñado por Carlos de la Varga tenía tanto paralelismo.

Por Tráfico pasarían después fotógrafos como Alberto García Alix, Germán González Sinova, Ana Hernando, Jorge Otero, Catarina Mendes o Adrian Tyler, pero también hay que destacar la presencia de muchos artistas de discurso multidisciplinar que emplean la fotografía como una parte esencial de sus proyectos.

Isla. Sergio Molina, 2006. Fotografía: Pedro Olias.

–  Además incorporó a artistas emergentes de la provincia. Y unos cuantos pudieron exhibir por primera vez su obra. ¿Les ayudó a proyectarse?

– Si, como ya señalé antes, a Tráfico de Arte hay que agradecerle el acercamiento a la cuidad de muchas de las prácticas artísticas que se estaban realizando en España, especialmente en Madrid y Barcelona, y también el esfuerzo por adoptar una mirada internacional que permitió que artistas extranjeros desarrollarán sus proyectos en León. Pero sin lugar a dudas uno de los grandes logros para la cuidad fue convertirse en un espacio de convergencia generacional donde jóvenes artistas leoneses encontramos un territorio donde sentirnos cómodos y con posibilidades de hacer realidad nuestras ideas artísticas. Gentes como Enrique Carlón, Ana Cristina Martínez, Daniel Verbis, Juárez & Palmero, Begoña Pérez Rivera, Oscar de Paz, Bruno Marcos, Virginia Calvo, Carlos Cuenllas, Santos Javier, Eduardo Valderrey o Juan Udaondo somos el ejemplo claro de esta circunstancia, tan difícil de repetir en este momento pero que sí que se había producido, de una manera diferente, con la generación anterior de artistas leoneses.

– De la estrecha relación entre Tráfico de Arte y Javier Hernando surgieron diferentes proyectos de arte público: Transitar, El Hall Transformado, Acción Pública, El Espacio Inventado. ¿Qué aportaron?

– El objetivo de esta exposición no es otro que la visibilización de una serie de interesantes experiencias artísticas que no se hubieran realizado sin la confluencia entre la propuesta galerística–y de producción artística– planteada por Carlos de la Varga y la construcción de un sólido discurso realizado por Javier Hernando, lo que dio entidad teórica a los proyectos y permitió la presencia de otros teóricos como el escritor José Luis Puerto y algunos alumnos de Historia del Arte que aportaron una mirada diferente hacia el hecho artístico.

La fructífera apertura que la Galería Tráfico de Arte experimentó hacia la ciudad, con proyectos de arte público que vistos hoy en día mantienen su vigencia original, no se comprendería sin la complicidad que existió entre Carlos y Javier. La hoy gentrificada plaza Torres de Omaña fue ayer un auténtico laboratorio de experimentación artística donde los ciudadanos se enfrentaron a propuestas que planteaban nuevas miradas del fenómeno urbano y a través de las cuales las propias administraciones locales fueron seducidas por estos dos dinamizadores de la cultura leonesa.

– El proyecto El Apeadero en Bercianos del Real Camino trasladó la galería y sus propuestas de Land Art al medio rural. Se intuía mucho futuro. ¿Dio de sí todo lo que en principio se había pensado?

– Si bien es cierto que el proyecto del Apeadero desarrolló su potencial a lo largo de unos escasos nueve años y que finalmente vio frustradas sus expectativas en 2007 –al igual que las otras derivas que habían surgido desde Tráfico– la valoración que yo hago de ese periodo de intensa actividad es muy positiva. El acercamiento que se planteó de la práctica artística más contemporánea al medio rural fue algo sin precedentes, si exceptuamos para ser justos un par de proyectos realizados en los 80 por el astorgano Sendo y que sería muy interesante recuperar al menos desde una perspectiva documental.

Las propuestas que se llevaron a cabo desde el Centro de Operaciones Land Art ‘EL Apeadero’ en Bercianos del Real Camino y en otros contextos rurales, todas ellas orquestadas por Carlos de la Varga, supusieron una manera de repensar el territorio y atrajeron la mirada de un público interesado en afrontar las relaciones con la ruralidad de un modo nuevo. Esto es algo que sin duda quedó constatado en los dos números que llegaron a editarse de la revista Territorio Público, dirigida por Javier Hernando.

– En el último tramo se programaron tres exposiciones muy inusuales. ¿Son su legado?

– Sí, precisamente el recorrido de la exposición parte de este triple ciclo expositivo. Son tres exposiciones con las que Carlos de la Varga trasgredió –como lo había hecho en muchas otras ocasiones–, su función de galerista para afrontar un papel deliberadamente comisarial. Si bien la primera de estas exposiciones se realiza en 2003, su origen se sitúa en una conferencia performativa (término que en ese momento no se empleaba) realizada por Isidoro Valcárcel Medina –de nuevo su presencia es definitiva– bajo el título ‘La crítica de arte como arte’. Para este primer proyecto Carlos reunió al propio Isidoro con Javier Hernando –que como ya he dicho era en ese momento el responsable más destacado del discurso de la Galería y sobre todo de los proyectos derivados hacia lo público–, con la profesora y crítica de arte madrileña Yayo Aznar y con el representante de la joven crítica leonesa Roberto Castrillo. Con esta propuesta se subvirtió el espacio galerístico otorgando al discurso, frente al espectador, un papel equiparable al de la obra de arte.

A este proyecto le siguió en 2004 otra exposición titulada ‘La galería de arte como arte’ en la que el propio Carlos, en compañía de otros tres galeristas muy afines a su forma de afrontar el galerismo, convirtió el espacio de Tráfico en una manera de reivindicar su papel mediador entre los artistas y la sociedad. El ciclo se cerró en 2005 con la participación de nuevo de Isidoro Valcárcel Medina junto a Carlos de Gredos, Sergio Molina y José María Guijarro en una exposición titulada ‘El artista es arte’ en la que el espacio de exhibición retorna al artista pero focalizando la actitud que necesariamente ha de afrontar el artista contemporáneo más allá del objeto producido.

Efectivamente creo que lo que hay detrás de este ciclo expositivo resume muy bien el legado de Tráfico de Arte y que, treinta años después de su apertura, hoy en día podemos acercarnos a este fenómeno como una experiencia de aprendizaje que nos ofrece evidentes lecturas de futuro.

La crítica de arte como arte, 2003. Exposición en la Galería Tráfico de Arte. Fotografía: Fernando San Mateo Gil.

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