Francisco José Faraldo presenta su novela “Onofre, Raymond Queneau y una mula”

Este jueves 10 de junio, a las 19 horas en el Salón de los Reyes del antiguo Ayuntamiento de León (Plaza de las Palomas, León), tendrá lugar un encuentro entre Francisco José Faraldo, que debuta en la novela con “Onofre, Raymond Queneau y una mula”, y el escritor Juanmaría G. Campal.

El acto se inscribe en el ciclo de encuentros literarios en las bibliotecas municipales dependientes de la Concejalía de Acción y Promoción Cultura.

Francisco José Faraldo (Ferrol, 1947) es autor de dos libros de poemas “Prédica del iluso” (premio Trivio) y “La mano en el fuego”, tres textos teatrales y los ensayos “El vecino invisible”, traducido al portugués por Poética Ed., y “Asociación Amigos de Mieres-Cultura Popular y lucha por la democracia en Asturias”.

Su primera novela, “Onofre, Raymond Queneau y una mula” (Bohodón Ediciones), se desarrolla en territorio leonés con dosis de humor, fina ironia y reivindicación de valores perdidos.

La novela narra cómo por tierras de León y Castilla, en el marco geográfico de la España vaciada, pueden ocurrir historias reales o inventadas como la que aquí se cuenta y por la que transitan escritores más o menos fallidos, arrieros que leen a Quevedo, mulas disecadas, pintoras colombianas, farmacéuticas feministas, estripers laboriosos, sindicalistas sufrientes, esquiladores uruguayos y amores heterodoxos. Historias en las que, sobre el fondo trágico de una pandemia que se parece a las pestes medievales, hay sitio también para el humor, la ternura y la convicción de que es precisamente aquí, en los territorios marginados por la desidia espesa del poder político, donde sobreviven todavía algunas esperanzas de reencontrarnos con hábitos y valores perdidos en las tribus de los urbanitas.

¿Y qué pinta Raymond Queneau en todo esto? Eso se desvela al final…

:: Fragmento del libro

—Todo lo que se refiere a los viejos está embadurnado de hipocresía, empezando por el nombre, que se evita porque nos evoca la cochambre, la enfermedad. Seguro que los que inventaron lo de “tercera edad” eran viejos o viejas avergonzados de serlo. Tú mismo, que siempre afirmas que lo primero que se corrompe y amanera en las sociedades poco saludables es el lenguaje has dicho eso de que somos “técnicamente viejos”. Quieres hacerlo pasar por una ironía, pero lo que realmente intentas con el adverbio, es mitigar el adjetivo. Lo de viejos a secas suena mal.

—Joder, pido disculpas. Si lo sé no te llamo.

—Sigue con el cachondeo, pero sabes que tengo razón. Primero “Tercera edad”, luego “Mayores” y ahora “Senior”. Ayer lo leí en un titular; “Las residencias senior recibieron instrucciones de no derivar a los mayores afectados a los hospitales.” La madre que los parió. Los viejos son una nueva clase social, pero una clase social muy rara. Cuando pasa una desgracia como la de ahora, los jóvenes que mandan en la tribu los dejan morir antes que al resto de la población pensando que ya les queda poco, pero después muchos hijos de los viejos pasan hambre o se quedan sin casa porque vivían a costa de aquellos viejos en los que además habían delegado el cuidado de los hijos, aprovechándose de que los viejos son masoquistas y aman a sus nietos.

Hacía tiempo que no lo veía tan cabreado. Pedimos otra ronda.

[*Del libro de Francisco José Faraldo Onofre, Raymond Queneau y una mula, Bohodón Ediciones.]

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