Lo del metal

Luis Grau Lobo.

Por LUIS GRAU LOBO

En la procesión de filias y fobias que llamamos moda, sección ‘vintage’, se estila desde hace años el encomio de los ochenta. Llegando estamos a los setenta por mera deriva, líbrese quien pueda. Por fortuna solo una selección estética de música, ropa, programas, libros, etc. se reedita en formatos asequibles y adaptados a todos los públicos en las plataformas del ramo mercantil. Un remake que, como todo producto, explora márgenes y desvíos antes de agotar el filón. Hasta los quinquis de aquella protagonizan de nuevo películas que se parecen al cine de quinquis de entonces como ‘El gran héroe americano’ a los cachas con malla de Marvel. Todo ello revela la impostura: pretendemos revivir pero los revivalismos son oquedades en las que solo se oye nuestro propio eco.

Y de pronto, la huelga del metal en Cádiz. Ya lo de huelga suena ajadísimo, una costumbre convertida en folclore que sirve para dar color a las calles y compartir imágenes de mucho compromiso en las redes sociales. Más que manifestaciones hay movilizaciones que transcurren en ordenadas filas de gentes pertrechadas de causas muy justas cortejadas por cuerpos de policía de lo más fotogénico. Y no digamos ‘el metal’, que remite a las poluciones de la revolución industrial, tan desagradables en nuestros días de fría y pulida tecnología. No queremos enterarnos de dónde viene nada de lo que usamos y por eso ‘huelga del metal’ suena a serie de Netflix o a grupo indie. Sin embargo, una huelga a la antigua, con prodigalidad de contenedores humeantes, barricadas y cargas policiales suena a los ochenta de una forma veraz, tal que el tiempo, esa cebolla a capas, se hubiera agrietado enseñando su interior, ese pasado que no solemos exhibir.

Ahora que los trabajadores embozados lanzando algo que no sean ramos de flores, como aquel mural de Banksy, solo se reeditan en algaradas que no se sabe qué piden, esa imprevista repetición de los ochenta molesta y reconforta a partes iguales. Lo primero porque recuerda el camino de muchos logros: movilizaciones duras y peligrosas. Para todos. Lo segundo porque quizás la evocación de alguna lesión por pelota de goma o alguna tragedia callejera han ayudado a resolver tan rápido las reivindicaciones del metal gaditano. No como en los ochenta. En eso sí hemos avanzado.

Aquella época fue de mucha calle. Entre atropellos tardofranquistas, resurgir sindical y reconversiones los trabajadores hubieron de batirse por derechos y salarios que hoy, lenta y sibilinamente, están volviendo a desvanecerse. La manera en que lo hacen ahora, menos grosera y amparada en el ‘reajuste’ empresarial y el mantenimiento de los ‘demás’ empleos, ha limitado las reacciones, pero el metal no es muy dúctil y acaba por romperse.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 28 de noviembre de 2021)

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