La vieja escuela

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Por TOÑO MORALA

Enero siempre era un mes duro de pelar; en la vieja escuela había que prender lumbre en la estufa de hierro fundido, y lo hacían los más mayores previa traída de leña; una carga por cada niño que iba a la escuela. Encima de la estufa siempre una lata guardaba agua y unas hojas de eucalipto, de esa manera también servían para aliviar algo las largas y casi crónicas toses de los chavales. El maestro siempre atento a las jugadas de los críos… y de vez en cuando sacaba a relucir la vara de avellano fina y que silbaba por encima de las orejas moradas y miedosas. A media mañana te daban un vaso de leche en polvo agrumada y ácida que hacía que el estómago se rebelase, alguno vomitaba, y otros la bebían como un manjar exquisito; en algunas de las pobres casas no existía la costumbre de desayunar. El aceite de ricino, o de hígado de bacalao, se atornillaba a la barriga, mientras un antiparasitario servía para expulsar los bichos internos que te comían vivo… parásitos que luchaban por sobrevivir a expensas de la poca ingesta. Algunos de los chavales traían remendados los pantalones y los jerséis y las chaquetas, y calzaban alpargatas roídas. Entre todos, no se llegaba a pesar más de cien kilos; los huesos sujetaban unas pieles sin apenas carne, mientras en los recreos, la algarabía y las risas colmaban el mediodía. Era la una… y el plato rebañado se dejaba acariciar por algo de molledo de pan y silencio. Siempre se comía en silencio. A las tres de la tarde, la estufa moría entre la tabla de multiplicar cantada a coro. A la salida esperaba la cuadra, llevar agua para la casa, hacer guías en las calles de barro y piedra para desaguar el agua de lluvia… y así pasaban los días en la vieja escuela… Enero, siempre era un mes duro de pelar.

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