John Keats que estás en la Tierra

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Por TOÑO MORALA

Hablar de un poeta y de su poesía es muy difícil, y seguro que no se hace a gusto de todos y todas. Pero hay que hacerlo para no perder de vista la inmensa entrega de algunos poetas a la vida y a las palabras bellas. Hay que sacar a la luz el silencio al que han castigado durante años a algunos poetas románticos. No comentaré fechas; apenas en la memoria de la poesía existen. Veinticinco años de vida y unos siete u ocho de poesía. Keats es uno de los poetas con una gran obra siempre enraizada a la tierra y a la naturaleza viva; a esos paisajes y pasajes que le atormentaban y que dieron luz a un montón de odas, poemas, cartas a su querida familia y a su amada Fanny Brawne. Un poeta lleno de melancolía y existencia enfermiza y observadora; la mirada de las cosas y los sueños le hicieron entregarse en cuerpo y  alma a la poesía. Una poesía llena de imágenes de tanta belleza, que incluso sus detractores tuvieron que admitir su gran valía como poeta y persona. La soledad y el silencio hicieron de su obra nada extensa, pero sí fructífera y llena de candor y magia, una de las más respetadas y libres. Esa vuelta a lo humano en otros poetas, en Keats estaba naturalmente en su corazón. El no buscaba, encontraba a su paso la naturaleza y a todos los seres vivos, y sobrio y lleno de lluvia y humedad, en esa su casa esencial, encontró lo imprescindible para ser poeta en esa galera y galernas del alma.

El demonio del romanticismo todavía colea en las mentes de algunos poetas-lámparas. Sauces llorones para llegar a un surrealismo aperturista y crítico. “El Mundo es deplorable, pero la vida guarda toda su belleza”. “El llanto hay que reemplazarlo por el grito”, y así miles de cosas para cambiar algo, pero que todo siga igual. Keats no se conformó con esta idea vana y estúpida; llegó al fondo del sentimiento y lo transformó en palabras para llegar a la emoción sin esperar nada a cambio. La afirmación de vida en el poeta pasa por “lo sagrado de los efectos del corazón”, mensaje corto pero efectista  y práctico.

Una alborada perdida en su mirada temprana le hacía sufrir terriblemente; uno al final se va dando cuenta que no era por perder el alba, sino lo que llevaba en sus entrañas. Y si hablamos de lo sensualista de parte de su obra… amaba a las flores y no pudo salvarse de Endimión, un romance poético. “No te entregues a las sombras…”.

Oda a un Ruiseñor, Oda a la Melancolía, Oda a la Indolencia… Sueño y Poesía… así hasta que la terrible tuberculosis acabó con John Keats en Roma, donde una simple tumba recoge un epitafio impresionante. «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua».

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