Por TOÑO MORALA
Hablar de un poeta y de su poesía es muy difícil, y seguro que no se hace a gusto de todos y todas. Pero hay que hacerlo para no perder de vista la inmensa entrega de algunos poetas a la vida y a las palabras bellas. Hay que sacar a la luz el silencio al que han castigado durante años a algunos poetas románticos. No comentaré fechas; apenas en la memoria de la poesía existen. Veinticinco años de vida y unos siete u ocho de poesía. Keats es uno de los poetas con una gran obra siempre enraizada a la tierra y a la naturaleza viva; a esos paisajes y pasajes que le atormentaban y que dieron luz a un montón de odas, poemas, cartas a su querida familia y a su amada Fanny Brawne. Un poeta lleno de melancolía y existencia enfermiza y observadora; la mirada de las cosas y los sueños le hicieron entregarse en cuerpo y alma a la poesía. Una poesía llena de imágenes de tanta belleza, que incluso sus detractores tuvieron que admitir su gran valía como poeta y persona. La soledad y el silencio hicieron de su obra nada extensa, pero sí fructífera y llena de candor y magia, una de las más respetadas y libres. Esa vuelta a lo humano en otros poetas, en Keats estaba naturalmente en su corazón. El no buscaba, encontraba a su paso la naturaleza y a todos los seres vivos, y sobrio y lleno de lluvia y humedad, en esa su casa esencial, encontró lo imprescindible para ser poeta en esa galera y galernas del alma.
El demonio del romanticismo todavía colea en las mentes de algunos poetas-lámparas. Sauces llorones para llegar a un surrealismo aperturista y crítico. “El Mundo es deplorable, pero la vida guarda toda su belleza”. “El llanto hay que reemplazarlo por el grito”, y así miles de cosas para cambiar algo, pero que todo siga igual. Keats no se conformó con esta idea vana y estúpida; llegó al fondo del sentimiento y lo transformó en palabras para llegar a la emoción sin esperar nada a cambio. La afirmación de vida en el poeta pasa por “lo sagrado de los efectos del corazón”, mensaje corto pero efectista y práctico.
Una alborada perdida en su mirada temprana le hacía sufrir terriblemente; uno al final se va dando cuenta que no era por perder el alba, sino lo que llevaba en sus entrañas. Y si hablamos de lo sensualista de parte de su obra… amaba a las flores y no pudo salvarse de Endimión, un romance poético. “No te entregues a las sombras…”.
Oda a un Ruiseñor, Oda a la Melancolía, Oda a la Indolencia… Sueño y Poesía… así hasta que la terrible tuberculosis acabó con John Keats en Roma, donde una simple tumba recoge un epitafio impresionante. «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua».
Bonito recuerdo al Poeta John Keats, uno de los olvidados, gracias Toño por meterlo.
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