
Por TOÑO MORALA
En las cosas del desencanto, mejor no meterse; uno tiene que observar la jugada desde afuera, sonreír levemente, y contar lo que uno quiera… fingir. A aquel sombrero le quedaba bien aquella afilada cara, aquellas cejas blancas de tanta soledad y paso del tiempo. Las arrugas dignas denotaban algo de cansancio, mientras la mirada larga hacia la nada dejaba entrever una tristeza que rulaba libre entre las hojas. Eran los tiempos de los parques en blanco y negro, de bancos ocupados por hombres y mujeres solitarios… de farolas de luz tenue y blanda. La tarde noche olía a desesperanza, ese olor que solo lo huelen los maestros del silencio. Los pájaros terminaban la hora de la ceba, mientras el parque se iba quedando solitario; al cabo de unos minutos, la melancolía se adueñó de aquel hombre, y sentado empezó a susurrar algo parecido a una vieja canción… dejó de musitar, y comenzó a recitar con voz clara y concisa —¡Se te embroca desde lejos, pelandruna abacanada, que has nacido en la miseria de un convento de arrabal… Porque hay algo que te vende… yo no sé si es la mirada, la manera de sentarte, de estar parada, o ese cuerpo acostumbrado a las pilchas de percal…! A su lado, a la par, una mujer ya mayor, pero de muy buen porte, y que guardaba toda su belleza singular, se puso a bailar sutilmente, sola, ocupando un espacio lleno de movimientos certeros y con una clase magistral… seguía recitando el hombre de traje y pañuelo, de corbata a lunares, de camisa negra, y el sombrero esquinado sobre la frente, mientras unas lágrimas le asomaban por aquellos ojos… y rodaban por la añoranza de sus arrugadas mejillas. Piazzola, acurrucado sobre su bandoneón, soñó un hatillo de nostalgias… y se lo regaló a un tango.

Ya sé que estás piantao, piantao, piantao…Que gran bandoneonista y que gran compositor Piazolla!
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