ARQUITECTURA / La casa que habita el saúco

Acuarela de un edificio conocido como 'La casa del capataz', con un fondo de cielo azul y vegetación en primer plano, y un automóvil rojo en la parte inferior.
© Ilustración: Carlos Muñiz Sánchez.

El arquitecto leonés Carlos Muñiz Sánchez nos envía una nueva acuarela y un texto, esta vez «un cuento, corto como siempre, en recuerdo de nuestra modesta arquitectura doméstica de hace un siglo y de la que quedan contados ejemplares».
El caso de «La casa del capataz», en León, es paradigmático, a juicio del arquitecto, «por su acertada escala y rotunda lectura de sus caras sin pretensión de diferenciar fachadas por estar felizmente exenta. Tiene, como no podía ser menos, los días contados acosada por los envites del programado crecimiento urbano. Creo que es una casa-escultura y un lujo innecesario su desaparición».

LA CASA QUE HABITA EL SAÚCO

Ya no corre agua por la presa Vieja de El Ejido. Solo si te paras a escuchar adivinas su cauce.

En su orilla, y sin sombrero, aún puedes encontrarte un tipo perfecto con huesos de cerámica recocha y carne tan dura como el canto rodado.

Es la casa del capataz del vivero de La Granja que hace años entró en combustión espontánea, ardieron sus entrañas pero quedó intacta su cara más dura.

El fuego purificó el destino del capataz o mejor, simplemente le esfumó después de tapiar de forma precipitada los huecos hasta la altura de la mirada.

Desde entonces el sol cae a plomo por el interior de los muros de una caja destapada, casi cúbica, y caras con ojos abiertos de gesto triste, arrugadas por múltiples líneas rojas en cuadrícula equilibrada que rayan la armonía.

Levantada entre ríos y entre tiempos precarios, no se le notan los cien años a este cubo doméstico de nuestra olvidada arquitectura modesta, que no abusó del regalo desinteresado del canto rodado del fondo del lecho y lo compensó con esquinas de arcilla cocida por el humo que se escapaba de las chimeneas gigantes de las tejeras de Cantamilanos.

Perfecto ejemplar de una arquitectura en extinción, desahuciada antes de enfermar, conserva el tipo con silueta aplomada enraizada en la huerta, por dentro y por fuera, acosada por demasiados caminos para vehículos de ruedas blandas y fallidos intentos de una obstinada sobreocupación.

Si te encuentras con una caja abierta al cielo y huecos también abiertos en todas las direcciones a la estupidez humana, es el invernadero que soñó el capataz cuando cegó sus ojos a cal y canto, ahora es la casa que habita el saúco.

Carlos Muñiz Sánchez, arquitecto
León, septiembre de 2026

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