Matar a la Justicia

 

Por JESÚS SUÁREZ

‘Matar a un ruiseñor’, esa obra maestra dirigida por Robert Mulligan en 1962, es una de mis películas predilectas. Adaptación de la novela de Harper Lee, la historia nos lleva a Macon, una pequeña población del sur de Estados Unidos, y a los duros tiempos de la Gran Depresión. El personaje central, Atticus Finch, magistralmente encarnado por Gregory Peck, es un abogado que defiende a un hombre negro injustamente acusado de un delito. La nobleza de espíritu, el coraje y la serenidad de Atticus inundan e iluminan la pantalla y, para todos los que, con mejor o peor oficio, ejercemos la abogacía, Atticus es un ejemplo de lo que debe ser un abogado. El título de la película, por cierto, no es caprichoso y hace referencia a que el peor pecado que puede cometerse es matar a un ruiseñor, un pájaro que a nadie perjudica y que con su canto embellece el universo.

Ruiz Gallardón no se ha propuesto matar a un ruiseñor, quizás porque sea políticamente incorrecto, pero ha tomado la firme decisión de aniquilar la Justicia. O al menos lo que hasta ahora entendíamos como Justicia. La Ley de Tasas Judiciales, penúltima subida de tributos del Gobierno Rajoy, supone que todos tendrán que pasar por taquilla para acudir a los Tribunales; por ejemplo, 200 euros para recurrir una multa. No niego que pueda ser lógico abonar una tasa para litigar, de la misma forma que se paga cuando se renueva el documento de identidad, pero si la tasa se convierte en disuasoria, la justicia será otra víctima más de ese cóctel mortal que forman una crisis sin precedentes y una inoperancia en nuestros gobernantes que tampoco conoce límites. Una víctima más que se suma a la educación, la sanidad o la ciencia, sacrificadas en el altar del temor reverencial a los mercados.

‘Matar a un ruiseñor’ no es sólo una película de juicios, es todo un referente moral, una historia que nos enseña cómo debemos comportarnos. Así, Atticus le dice a su hija que “solo se puede comprender a un hombre calzándote sus zapatos y caminando con ellos”, es decir, poniéndonos en su lugar. Pero Gallardón, como otros muchos políticos, lleva tanto tiempo navegando de poltrona en poltrona que es incapaz de ponerse en lugar de nadie. Ni de los abogados, ni de los jueces, ni de los ciudadanos.

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