Su nuevo disco, ‘Alegría’, mezcla la identidad propia andaluza del músico con las raíces norteamericanas.
Por KEPA ARBIZU
Es gratificante ver a creadores, sea cual sea su ámbito, que siempre parecen estar en continuo movimiento y buscando nuevos perfiles con los que plasmar su arte. Albertucho, ya con su anterior disco, ‘Palabras del Capitán Cobarde’, dio un volantazo a, hasta ese momento, su rock urbano (aunque siempre con un punto muy personal) para transformarse en un sonido más “americano”. Ahora, no satisfecho con eso, presenta un disco realmente curioso donde las raíces sureñas y de esencia andaluza se mezclan con las puramente norteamericanas.
Aunque pueda sonar extraña esta mezcla, han sido varios los grupos que a lo largo de los años, y desde diferentes perspectivas, han tomado una deriva similar, fusionando las mismas herencias musicales y entre los que se puede destacar a Triana, Veneno, Silvio Melgarejo o Pata Negra. En esta ocasión, con ‘Alegría’, el cantante sevillano se encuadra con más facilidad y comodidad con los ejemplos recién citados que con esos antiguos “compañeros” de trayecto de formas más contundentes.
Lo que nos encontramos en este disco ya se vio en pequeñas pinceladas en su anterior trabajo, aunque aquel dominaba un sentido más rockero, se intuían pequeñas dosis de folk-country que ahora se han hecho con el control de las canciones. Por supuesto a eso hay que sumarle la peculiar e identificativa forma de interpretar, con su acento y fraseos, que posee el cantante, además de su escritura, no menos llamativa, que se alimenta de fuentes diversas entre las que se encuentra un lado “callejero”, irónico y/o reivindicativo. Una coctelera que da como resultado un álbum de lo más peculiar, inusual y sobre todo, interesante.
En la canción que abre, y da nombre, este trabajo nos encontramos con un Albertucho que “recita” sobre una cama musical hecha a base de bluegrass, dominado por una mandolina vivaz, y en la que ya podemos empezar a descifrar lo que se encuentra bajo el título genérico (“alegría te espero malsoñando todavía”). Con este tipo de ritmo desaforado también aparecerán otras composiciones como “Mi Compadre”.
Con sabor a rumba, eso sí acompañada de toda una instrumentación de los más “americana”, con su guitarra slide incluida, se desenvuelven “Muertecito Estoy de Ganas” o “Tiene Que Haber de Tó”, en la que dibuja a un personaje “outsider” y decidido a vivir su propia existencia aunque signifique escapar de la norma (“solamente admira al alcalde de Marinaleda”). Esta temática, común en el disco aunque presentada de formas diferentes, se presenta en “Superhéroe de Sillón” como una vindicación del hombre cotidiano y su lucha (“yo no voy a ganar pero canto una canción y doy sentido a cada da vuelta del planeta”), aderezado con un estribillo más rockero y asequible. Menos festivo, pero en un sentido similar, se desarrolla “La Gravedad de la Teoría”.
La parte más íntima, en lo musical, llega de la mano de temas como “Somos Pájaros”, uno de los momentos estrella de todo el álbum, con un puro ambiente country que va encaminándose hasta un estribillo a medio camino entre lo épico y lo emotivo. “No Tener Nada” es un medio tiempo reposado que encuentra precisamente en ese sentido su mayor cualidad. “Él No Murió” se acompaña de una letra (metafórica ejecución de animales) que facilita su ubicación en el terreno de las “murder ballads”.
Hace un par de años Howe Gelb, una de las voces más representativas del rock de raíces americanas actual, ya sea en solitario o con su banda Giant Sand, sacaba un disco junto a Raimundo Amador fusionando las visiones de ambos. Con un título parecido (‘Alegría’), Albertucho toma el mismo camino (aunque en dirección contraria) y consigue una mezcla, no solo de sonoridades sino de tonos (entre el “canalla”, el nostálgico o el humorístico), que reivindica una búsqueda de la felicidad que se aleja cada vez más de los caminos convencionales. El artista sevillano ha dado con este trabajo un nuevo salto mortal y, otra vez, ha caído de pie.

Olé!
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