
Por AVELINO FIERRO
He continuado con la lectura de un libro con poemas y cartas de Rilke comenzado ayer. Son las 8,21 horas de la mañana y, como en su poema ‘Ardor’, se incendia el horizonte. Es algo fugaz, porque tras los primeros rayos de sol que pintan de un carmín rabioso la panza de las nubes que cubren todo el cielo y un alboroto de pequeñas aves migratorias, todo se vuelve sombrío de nuevo. “Dios se oscurece”, dice el poeta en una de sus cartas y en uno de los versos de “Canción segunda”, otro de la serie de seis escritos para Lou Andreas-Salomé, encontrados en las páginas finales del Diario de Worpswede.
No es esa la única casualidad que acaece durante la lectura de las cartas de este volumen sobre los viajes de Rilke a Rusia, que de alguna manera dan continuidad a su vida en el ambiente eslavo de Praga durante su niñez y parte de su juventud. Suena ahora en la música que también me acompaña, una danza eslava de Dvorak, en una grabación de 1930.
Estas cartas son de treinta años antes. En una, dirigida a Frida von Büllow, escribe que no hay que seguir en ellas un plan determinado, deben escribirse por sorpresa, sin revelar lo que va a ocurrir. Así escribo hoy en mi diario, sin una idea ni siquiera aproximada de lo que irá surgiendo sobre el papel. Leo unas páginas, subrayo a lápiz algún párrafo, anoto una palabra o una pequeña frase aparte para encaminar, enhebrar algo en este texto, darle sentido.
Reparo en que en la carta que escribe el 5 de febrero de 1900 a Leonid Ósipovich Pasternak, el padre de Boris Pasternak, figura en el remite: Schmargendorf, junto a Berlín, Villa Waldfrieden. Me llama la atención ese “junto a Berlín”, que parece depositar tanta confianza en el mensajero, en el servicio postal de la época. O quizá no era tanta, porque, unas páginas más adelante, Marina Tsvietáieva le escribe e inmediatamente vuelve a hacerlo: “¿Recibiste mi carta? Te lo pregunto porque la eché en un tren en marcha. El buzón era muy poco fiable: tres dedos de polvo y un enorme candado, como de prisión. Ya la había echado cuando me di cuenta, la mano había sido demasiado rápida. La carta se quedará sufriendo hasta el día del Juicio Final.”
Las cartas con M.T. son de 1926, el año en que el poeta muere. Ella le dice que la proximidad de las almas es más real que la fusión de los cuerpos. Para ella, como para Rilke, el amor exige distancia, porque es la distancia la que permite ahondar en el sentimiento. El amor –escribe ella– vive en la palabra y muere en las acciones.
A su historia podría servirle como banda sonora la música que acabo de escuchar, el tercer acto del Tristán e Isolda wagneriano, el drama que expresa la fuerza vivificante y creadora del amor.
La lectura de cartas literarias en estos últimos días no ha sido buscada a propósito, responde también –lo pienso ahora– al azar, a la casualidad. Leí con gusto la correspondencia entre Tomas Tranströmer y Roger Bly (1964-1990). Hay muchas referencias en ella a la traducción de la poesía y a su gran complejidad (Rilke, en carta a su editor, dice que es imposible traducir ni siquiera la mala poesía; que sólo puede traducirse la prosa), a poemas y cartas que no llegan a su destino y piensan que han sido secuestradas por el F.B.I., a la tardanza, a lo caro que resulta el franqueo por avión y que obliga a Bly a mandar su revista The Sixties y algunos libros hasta Suecia por barco.
Entre 2008 y 2011, Paul Auster y J. M. Coetzee también se escriben cartas. Es el libro menos interesante de los tres. Deciden escribirlas, reunirlas y publicarlas. Parece obedecer más a una necesidad de publicar que de comunicarse. Traen a ellas asuntos de poco interés, buscan pretextos para parecer inteligentes o ingeniosos, aunque no lo consigan casi nunca. Las hay con sello, y remitidas por fax.
Pero ninguno alcanza la intensidad de otro epistolario del mismo Rilke, las cartas dirigidas desde París, en 1907, a su mujer Clara Westhoff, contándole sus paseos por la ciudad y las repetidas visitas a la exposición antológica y póstuma de Cézanne. Insiste en ellas Rilke en el “siempre poder trabajar” que le ha inculcado Rodin, ahora con más lucidez, alejándose del lema de la inspiración romántica, e intuye ya entonces lo que casi al final de su vida le dirá a von Salis: “Lo terrible del arte es que cuanto más se avanza más fuerte es el compromiso de alcanzar los confines, lo casi imposible.”
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En mi cuarto entra la noche. He pasado el día embebido en estas lecturas. Miro afuera y veo la luna con un velo de niebla o un halo de nieve. Rilke veía desde sus habitaciones en Moscú las cúpulas plateadas de la Iverskaia.
Los periódicos del sábado siguen esperándome; cada día siente uno más rechazo a saber lo que pasa. En el ordenador tampoco tendré cartas, sino esos mensajes y vídeos sin gracia que hay que eliminar sin abrir. Si tuviera móvil me pasaría algo parecido con los tuits, esos balbuceos.
Tengo razón, porque veo que las hermosas “cosas rusas” de Rilke (die russische Dinge), el Volga –fluyente mar tranquilo–, y el vasto territorio del este, las cosas –como él dice– hechas a la medida de Dios Padre, se han convertido en el periódico de hoy en una imagen del actor francés Gérard Depardieu anunciando una tarjeta de crédito del banco Sovestky o en la noticia del proyecto de ley que tramita la Duma para castigar la “propaganda homosexual”.
Al lado, veo la foto de ese ministro español de orejas de soplillo y gafas de colorín, que no quiere dar explicaciones sobre la corrupción y, para más inri, se hace el ofendido. Pero si es que tendrían que andar todos avergonzados, con las orejas gachas…
Al menos, en la última página del diario local la foto de María y la noticia de que ha sido repatriada desde los campamentos de Tinduf ante el peligro de guerra en la zona, nos alegra el día. Momo aullaba por su vuelta; todos estábamos preocupados.
(Acabo esta entrega entre paréntesis, con una noticia que tiene que ver con esa agitada parte del planeta. El periodista que reseña la exposición de cerámicas de Barceló en una galería madrileña, anota: “Miguel Barceló empezó a trabajar con arcilla en Gogoly-Sangha, en Malí, un día en que el viento era tan fuerte que no podía pintar.” De nuevo el azar cazoleteando, entrometiéndose en los asuntos de la creación. Es una bonita anécdota).