Adiós, Europa

rayoefe

Por VÍCTOR M. DÍEZ

Primero fueron los egipcios, después los griegos y ahora… Roma. Como en un libro infantil de nueva historia antigua, vemos las viñetas a todo color, los cromos de un Mediterráneo humeante. Otra vez el fin del mundo, en el origen –presunto centro– de la civilización. Mare nostrum, negro charco.

Suena This is the end, my only friend, the end… y se oyen los helicópteros sobre la selva de Vietnam, como en Apocalipsis now; y podemos oler el veneno naranja del napalm al amanecer. Huye el Santo Padre desde la plaza de San Pedro en un helicóptero, después de entregar el anillo del pescador que un martillo debe destruir para volver a ser fundido. Se va, mientras arde Roma y toda Italia humea. Se derrumba Europa bajo los gritos de Grillo, la conciencia, y las muecas proto-fascistas de Berlusconi.

Dos fotografías de niños del coro vaticano, en el salpicadero del papa-móvil, lloran como diciendo “No corras, Papa”. Pero quizás el fin del mundo no sea necesariamente así, neciamente así. La imagen apocalíptica es un tópico operístico, teatral auto-otorgado.

Para el Nobel poeta polaco, nacido en Lituania, Czeslaw Milosz, que pasó toda su vida en un  perpetuo exilio: “El día del fin del mundo/ Las mujeres van por el campo con parasoles,/ Un borracho se duerme en la hierba,/ Los vendedores de verduras gritan en la calle (…) Y los que esperaban rayos y truenos/ Están decepcionados./ Y los que esperaban signos y trompetas de arcángeles/ No creen que ya se esté cumpliendo (…) Sólo un viejito canoso que podría ser un profeta,/ Pero que no es profeta alguno porque tiene otras ocupaciones,/ Dirá mientras vaya atando las tomateras:/ No habrá otro fin del mundo,/ no habrá otro fin del mundo”.

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