Miramientos (9)

© Fotografía-Composición: Santos M. Perandones.
© Fotografía-Composición: Santos M. Perandones.

[Verano de 2010]

 Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Me dice eso un amigo, que sus broncas conyugales terminan todavía como las tormentas: con un largo y dulce olor a ozono que vuelve a reconciliarte con la vida.

Paseando por las calles de mucha memoria inglesa en Ciudadela, vemos en una esquina a dos niños, dos hermanos, vendiendo cosas hechas por ellos como dos pequeños chamarileros. Su madre, al lado, los azuza para que cobren bien, envuelvan las mercancías suficientemente, etc. Ella se lo toma muy en serio y los niños obedecen como si les fuese la vida en el negocio. Quienes les compramos (piedras pintadas, dibujos, composiciones de plastilina) lo hacemos, desde luego, por simpatía hacia los niños. El papel de la madre mediatriz lo enfosca todo un poco del color oscuro del interés. Y, sin embargo, me agradó esa estampa precisamente ahí, en el mundo fenicio. Es lo que en mi tierra ocurría antes con los campesinos, que se llevaban con ellos a sus hijos para que aprendieran cuanto antes el corazón del oficio, el lenguaje de la naturaleza y ciertos asuntos de pericia con los animales. Pero eso ya no sucede. Así que cuando esa madre con mañas de maestra (probablemente lo sea) pugnaba por que los pequeños comerciantes lo hicieran todo bien, yo sentía que todavía no se había roto del todo ese vínculo según el cual el hijo ha de tener conocimiento preciso de cómo tratar con las cosas en el mundo complejo de los adultos. ¿Y cómo hacer comprender esto en la sociedad actual, donde el mimo y el recreo inane lo presiden todo? No se entendería bien, seguro…

Mi barbero, un hombre tosco y de ademanes brutos que ni se pone uniforme para trabajar, pretende convencerme de la conveniencia de no irse de vacaciones con estos argumentos de un machismo insoportable: “¿Quién aguanta a la mujer diez días seguidos? Porque mire usted –prosigue haciendo aletear vertiginosamente las tijeras a un palmo de mi nariz, lo que me amedrenta aún más–, para qué nos vamos a engañar; yo me paso el año haciendo lo mismo: salgo de aquí a las dos, llego a casa, cuatro palabras, la comida, me echo un poco de siesta, vuelvo aquí, cierro a las ocho, me entretengo por ahí un poco, vuelvo a casa, pongo la tele, ceno, un poco más de tele y a dormir hasta el día siguiente. Así resisto”.
No le digo nada. De pronto, me entran unas ganas enormes de acariciar a la mujer de mi barbero.

Esta soledad especial de las ciudades calcinadas de interior, abandonadas en el verano a toda prisa por sus habitantes. Hay, al pasearlas, esa sensación dulce de sentirse por fin (todo cerrado; nadie por las calles) habitante y no usuario, como dejara dicho Aníbal Núñez en aquel poema, “Madrid”.

Hacer. Recordar. Desear. Los tres verbos capitales. Presente, pasado y futuro. Quien pueda manejarlos con soltura en cualquier momento habrá de vivir sin miedo hasta el final. Todos los demás verbos son defectivos e irregulares.

Qué cómica me ha parecido de siempre esa escena de las estaciones. Hay una despedida. Y luego el que se va sube al autocar o al tren y el que ha ido a despedirlo persiste a pie firme en el andén. Entonces empieza el juego, casi siempre por parte del viajero, que hace ostensibles ademanes con una mano como espantando al otro. “Que te vayas”, quiere decirle. Pero él, pie en tierra, dice que no con la cabeza. Y sea porque se le hace largo el ratito intermedio o porque hay que deshacer lo ridículo de la situación (dos seres tan cercanos hasta hace un momento y ahora separados implacablemente por un cristal), uno de los dos empieza a dar un nuevo recado manoteando progresivamente, como un fantoche más o menos congestionado, tratando de hacerse entender. Pero, ay, el otro encoge los hombros, hace el mohín del que no comprende… Y la escena vuelve y vuelve a repetirse cada vez con nuevas aportaciones gestuales, a veces subrayadas desesperadamente con palabras que no suenan: solo trazadas en la encerrona de una gimnasia bucal. Si definitivamente no se entienden a lo largo de la escenificación, el vehículo arranca y ahí terminó todo. Sin embargo, si el mensaje es por fin atendido, viene lo peor: el que contesta lanza un nuevo mensaje ininteligible y los papeles se intercambian; ahora el que antes se esforzaba tanto es el que agita los brazos y manda repetir, haciendo molinetes con las manos como si diera carrete al aire.
Los espectadores van siguiendo el ping-pong primero estupefactos, luego ya interesados y hasta diríase que al final le ponen ganas al diálogo imposible y aportarían de buena gana ideas, con tal  de ayudar a esa pareja de gestos enardecidos.
A mí siempre me gusta irme de una ciudad con estas escenas divertidas y estrambóticas, casi alegres en su oscuridad expresiva. Es como si el lenguaje se volviera arena que se escurre entre las manos y todos los asistentes supiéramos cómo detenerla. Pero no quisiéramos estropear la escena de cine mudo.

Era tan miope que se veía obligado a acostarse con las gafas por si soñaba. Si no lo hacía así, no se enteraba de nada. Eso decía con socarronería convencida.

La escena insólita, llena de patetismo silencioso. Mañana España juega la final del Campeonato Mundial de fútbol por primera vez en su historia. Y el país entero está eufórico. Se han colocado banderas por todas partes. Y la gente lleva signos rojos –lazos, cintas de muñeca, prendas complementarias– como para empujar en diferido a los futbolistas. Y de pronto lo veo a él, al mendigo. No muy mayor, con barba larga y pelo hecho trizas. Está a la puerta de un hipermercado, hincado de rodillas, detrás de una cajita de cartón donde recoge las monedas que se le tiran. Y lleva una camiseta roja, de la selección, con el escudo y todo, y un número a la espalda. ¿Qué era aquello? ¿Cómo había que entenderlo? La escena me conmociona. Cuando la comenté, me dijeron que su sentido era fácil de comprender; incluso en ese espacio último de lo desechado, alguien –aquel mendigo– había encontrado una razón para ser como los otros: ponerse una camiseta roja. Y con ella seguía mendigando, seguía demostrando que era un excluido pero que participaba de la alegría congestiva de los demás. Lo comunal, aunque fuese una simple camiseta roja, lo salvaba de hacer creer a la sociedad que más allá de ciertos márgenes no había posibilidad de estar entre los otros. Aunque fuese así, simplemente así, con una camiseta roja que ya era un vínculo entre el reino de lo sobrante y el de la intemperie y los desaires.

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