El trompetista de la nostalgia

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Por TOÑO MORALA

Manuel era un trabajador de ferrocarriles estrechos; su trabajo era el de guardafrenos en aquellos largos  trenes  de vagones con carbón para la industria vasca. Salía de los muelles de carga de las minas leonesas en el medio o en el último vagón, y dentro de una garita pasaba horas y horas en soledad, frío, calor, hambre… A la señal convenida con el maquinista de la locomotora de vapor, Manuel giraba y giraba el manubrio para ayudar a frenar el tren en bajadas y curvas; y así pasaron muchos años. En su juventud le tocó ser corneta en el frente nacional, y de ahí le vino el gusto por la música, y sin saber nada de solfeo, compró una vieja trompeta y se puso a tocar de oído. Ahora ya está jubilado, vive solo en una de esas pequeñas casas de ferroviarios detrás de la estación. En un repecho cercano tiene una pequeña huerta y un cubil que hace años que no alberga ningún animal, y en esa chabola disfruta tocando su trompeta.

Adelina, “la Capataza”, es una mujer que también trabajó de guardabarreras durante muchos años en un paso a nivel. Era hija de un capataz gruñón pero buena persona, moza guapa y de buena planta, pero se quedó soltera para cuidar a su padre ya fallecido. Lucas fue minero durante más de treinta años, se quedó viudo hace unos años, y su soledad le lleva a dar largos paseos por el monte. La imagen era como sacada de una película de Fellini. En ese respirar, las hojas de los cerezos se balanceaban entre una tenue brisa, los manzanos olían fugazmente, mientras el sendero moría en el horizonte; detrás de él, apareció LucasAdelina subía lentamente; a la altura del cubil se encuentran, se sonríen levemente, mientras por la trompeta de Manuel salía… “Dos Gardenias para ti”. Sin decir palabra se pusieron a bailar. La brisa se paró, nada ni nadie osó romper la bella estampa; los pájaros se pusieron a mirar encima del pequeño tejado de tabla, mientras la tarde moría en el regazo de… “Bésame mucho”. Al finalizar, se miraron, sonrieron de nuevo, mientras Adelina se perdió  entre la tarde roja. Manuel nunca supo lo que había pasado en aquel tiempo habitado por la soledad compartida; el trompetista de las nostalgias, nunca supo que del corazón de su música, salió el perfume de la melancolía.

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