Tiempos Nuevos Teatro (TNT): 20 años de actividades en El Salvador

Miguel Ángel Pérez, María Calleja, Julio César Monge y Carmen Duce. Foto: L. Fraile.
Miguel Ángel Pérez, María Calleja, Julio César Monge y Carmen Duce. Foto: L. Fraile.

Julio César Monge, que aunque nació en Bilbao lleva una veintena de años trabajando en este país centroamericano, realiza un recorrido por su experiencia en este ámbito y por su trayectoria como maestro popular durante la época de la guerra en El Salvador.

Por LAURA FRAILE
(ultimocero.com)

Aunque Julio es vasco de nacimiento, su acento y su manera de expresarse son puramente salvadoreños. 23 años en este país le han dejado su huella; la misma que ha conseguido dejar esta mañana en Valladolid, donde ha aprovechado para difundir su trabajo dentro del ámbito del teatro comunitario en lugares como el Área de Cooperación Internacional para el Desarrollo de la Universidad, la Fundación Segundo y Santiago Montes o la sede del grupo de teatro La Quimera. Julio llegó anoche a Valladolid, ciudad donde se quedará un día más para conocer y dar a conocer experiencias similares a las que viene realizando al otro lado del Atlántico a través de unas visitas en las que está siendo acompañado por Miguel Ángel Pérez (Maguil), amigo y compañero al que conoció en un taller sobre gestión de proyectos culturales y marketing cultural impartido en El Salvador por este vallisoletano.

Julio se presenta como un bilbaíno reconvertido en salvadoreño por adopción, aunque también alude a sus raíces palentinas (parte de su familia procede de Dueñas, aunque varios de sus integrantes fueron fusilados por el régimen franquista). A Julio se le puede presentar a partir de unas coordenadas geográficas, pero lo que de verdad le hace justicia en su presentación es su vínculo vital con el teatro comunitario, la educación popular y las experiencias que entremezclan el arte con la voluntad de hacer de ellas una herramienta para la transformación social. Según cuenta cuando se le pregunta por sus orígenes en este ámbito, una vez hubo terminado sus estudios de Magisterio en el País Vasco, se compró un billete de ida con destino a El Salvador. Allí se ha quedado hasta la fecha. «Llegué allí en 1990, en pleno conflicto armado, para participar desde el ámbito de la Educación popular en los procesos insurreccionales. Desde allí mamé la pedagogía de la liberación de Paulo Freire, al que tuve ocasión de conocer. En todo ese tiempo estuve en el otro Salvador, el insurgente, en el lado correcto», comienza explicando.

Ubicado en Chalatenango, allí ejerció como maestro popular de los niños que consiguieron sobrevivir a las masacres. «Estábamos en una zona controlada por el FMLN, dentro de la población civil. Nosotros también éramos un objetivo militar, al igual que un guerrillero con una AK-47. Los que acudimos allí pertenecíamos al movimiento internacionalista que había comenzado con la revolución sandinista de Nicaragua para derrocar al tirano Somoza, un movimiento que se fue extendiendo por la región centroamericana. Hablar de esa revolución es hablar también de la revolución salvadoreña. Aquello era como un volcán en erupción, todos vivimos ese entusiasmo por los procesos de cambio de los años 70″, continúa Julio, cuya historia bien podría ser la de una de las protagonistas de un documental llamado `La lucha en la mochila´, un trabajo dirigido por Dan Ortínez en el que se recogen las experiencias de una serie de doctoras españolas que marcharon esos años a Centroamérica para apoyar la misma causa.

El Salvador es el país al que muchos acudieron a colaborar, aunque muchos de ellos fallecieron también en el proceso (conocidos son los casos de los jesuitas españoles Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes o Ignacio Ellacuría, a los cuales asesinaron por su afinidad con las ideas de la Teología de la Liberación). «Yo no quería seguir esos procesos de cambio por la televisión, sino que quería verlos en vivo y en directo. Marché sabiendo lo que esa decisión suponía, ya que era consciente de que mucha gente se había quedado allí enterrada», advierte Julio. «Cuando llegué había más de treinta escuelas populares en la provincia de Chalatenango. Los niños habían estado parte de su vida guindeando; es decir, por el monte, tratando de que no les matara el ejército», continúa.

Una vez allí, entró a formar parte de un equipo técnico que tenía una doble función: por un lado, dar clases de cuarto grado. Por otro, identificar a los jóvenes que se encargarían de formar a los más pequeños, generando así un grupo creciente de maestros populares. Por añadir una cifra, al final de la guerra había 200 maestros populares. Impartir clases en un contexto de guerra, como se puede suponer, no fue una tarea nada fácil: «Éramos un objetivo militar. Muchas veces tuvimos que recogernos y situarnos en otro sitio. Dábamos las clases en unas estructuras de adobe. Los cuadernillos estaban prohibidos, eran considerados subversivos. Nosotros los metíamos clandestinamente con mulas y a media noche con la ayuda de los guerrilleros, para así evadir los controles«, continúa Julio, que estuvo impartiendo clases hasta el año 1992.

«Una vez terminada la guerra, el Frente nos planteó a los maestros populares hacer una reinserción, para así reubicarnos en la vida civil. Yo estaba interesado en seguir acompañando a estos procesos de cambio a través del arte y la cultura, así que fundé junto a los salvadoreños Irma Orellana y Juan Serrano la compañía de teatro popular TNT, Tiempos Nuevos Teatro, que tenía un radio de acción en veinte comunidades«, explica Julio. Así narra estos orígenes: «Un médico brasileño nos engañó vilmente para montar un grupo de teatro que sirviera de acompañamiento a un proyecto de salud comunitaria. En esa época, con el fin de la guerra, se había disparado el alcoholismo, ya que durante esos años había estado prohibido. También volvió la violencia intrafamiliar, sobre todo cuando el ejército guerrillero pasó de estar en el monte a regresar a su casa con su mujer y sus hijos».

Esta incursión teatral fue, en palabras de Julio, a «puro descaro y atrevimiento», ya que reconoce que carecían de experiencia en la dramaturgia o en la promoción cultural. Sus primeras obras, creadas de manera colectiva y sin la ayuda de fuentes bibliográficas o de Internet, hablaban de problemas como el alcoholismo, de lo que fue ejemplo el texto de `El caudal de la agüita loca´, nombre que hacía referencia a un alcohol elaborado clandestinamente. Un punto decisivo en estos primeros pasos fue su toma de contacto con el grupo de teatro profesional salvadoreño Sol del río, el cual se encargó de suplir sus carencias formativas en este ámbito. Corría el año 1993, y así fue como estos actores pasaron a convertirse en sus mentores teatrales. «En esos años no había una Escuela de Arte Dramático oficial en El Salvador. Muchos se habían formado en el exterior, adonde habían ido por el exilio, acudiendo a países como Guatemala, Honduras, Cuba o Panamá», aclara Julio, ayudando a entender un contexto muy concreto.

Una compañía atípica

«Nosotros somos una compañía atípica, ya que somos la única que no está radicada en la capital, sino en Chalatenango. Contra todo pronóstico hemos conseguido mantenernos, ya que la gente nos decía que cómo íbamos a sobrevivir en un pueblecito de la montaña e incluso cumplir veinte años», continúa este bilbaíno, aludiendo a continuación a la necesidad que sintieron desde un principio de formarse en su sostenibilidad y en cuestiones como la formación teatral, el «mercadeo», la elaboración de proyectos o la captación de público, todo esto sin ningún tipo de subsidio gubernamental. Con el paso del tiempo, la compañía acabó adoptando la forma de una asociación, que actualmente es la modalidad que acoge todos sus proyectos.

Su supervivencia ha sido y sigue siendo posible gracias a una intensa presencia en redes internacionales que les permiten vincular su municipio de apenas 1000 habitantes con la Red Latinoamericana de Teatro en Comunidad, la Red Latinoamericana de Arte Transformador o la Asociación Internacional de Teatro Amateur. A esto hay que sumar una activa participación en festivales y congresos, así como en giras que les ha llevado a actuar en prácticamente todos los países de Sudamérica, Cuba, Bélgica, Holanda o Alemania. En quince días, por ejemplo, acudirán a un festival de teatro comunitario de Montevideo, donde pondrán en escena su obra `Las olorosas aventuras de William Calderón´. «Somos una compañía integrada por media docena de jóvenes de extracción campesina, muchos de los cuales no conocían ni siquiera la capital», indica Julio, aludiendo a lo que supuso para sus integrantes la oportunidad de asistir a este tipo de giras y encuentros de cultura comunitaria.

Uno de los puntos fuertes de la asociación Tiempos Nuevos Teatro ha sido su apertura a otras cuestiones sociales y comunitarias que inciden en el tejido local desde muchas más vías que el teatro. Desde hace seis años, su sede está ubicada en San Antonio Los Ranchos, un municipio situado en la provincia de Chalatenango. «Nos ubicamos en una infraestructura de la comunidad que estaba en desuso. Allí nos cedieron un espacio que se convirtió en el Centro Cultural Jon Cortina. Él fue un jesuita de Bilbao, de la quinta de Segundo Montes, Ellacuría o Martín-Baró, que consiguió salvar su pellejo la noche del 16 de noviembre de 1989. Él fundó una asociación de Derechos Humanos llamada Asociación Pro-Búsqueda de Niñas y Niños Desaparecidos, que se centró en los niños que habían sido arrebatados a sus padres como botín de guerra durante el conflicto armado. Falleció en el año 2005 a consecuencia de un derrame cerebral que tuvo durante una charla en Guatemala. Fue nuestro primer presidente de la asociación cultural», explica Julio.

«Nuestro centro tiene demanda de actividades de música, teatro, circo, acrobacias… Es un equipamiento abierto a toda la comunidad, donde también se hacen asambleas. Desde allí se dinamiza la vida política, social, económica y partidaria. Para entrar en el TNT no pedimos ningún carnet de un partido, pero todos somos del Frente por razones históricas», aclara Julio. Este trabajo en, para y con la comunidad les ha hecho participar en campañas contra el analfabetismo. «El nuevo gobierno ha hecho un esfuerzo por erradicarlo a través del método Yo sí puedo, facilitando el trabajo con voluntarios. De momento hay 16 municipios libres de analfabetismo. El nuestro se convirtió en el sexto en conseguirlo«, apunta este bilbaíno.

Actualmente, la asociación Tiempos Nuevos Teatro (TNT) acoge múltiples actividades que van mucho más allá de su trabajo teatral. Por ejemplo, disponen de una biblioteca desde la que realizan proyectos de promoción de la lectura. Uno de ellos ha sido la apertura de las bibliotecas familiares, una iniciativa consistente en repartir por las casas unos lotes de una quincena de libros que ellos mismos colocan en unas cajas de verduras reconvertidas en estanterías. También acogen visitas pedagógicas dirigidas a centros escolares, las cuales permiten a esta población infantil un acercamiento a las artes circenses y teatrales. En la sede de TNT realizan exposiciones de artistas locales y disponen de una sala de cine en la que han llegado a proyectar documentales en 3D (las gafas, por cierto, las han fabricado ellos mismos). Allí han iniciado el proyecto `Vamos al cine´, donde cada sábado se realizan proyecciones en una doble sesión para público infantil y adulto. A esto hay que añadir la realización de talleres con grupos específicos (por ejemplo, imparten talleres de biodanza destinados a mujeres y en su momento impartieron sesiones con personas con discapacidad). Además, su sede está abierta a la acogida de personas que deseen realizar sus prácticas en este ámbito (eso sí, previo acuerdo de las partes interesadas).

La asociación Tiempos Nuevos Teatro, cuyo lema es `Haciendo cotidiano el arte´, ha llegado así a sus veinte años de andadura con el doble reto de seguir creciendo y mantener proyectos como el de su Festival Artístico Chalateco, que va por su decimoséptima edición. Todas sus iniciativas, según reconoce Julio, reciben una financiación que proviene mayoritariamente de la cooperación internacional de países como Holanda, Alemania o España. También han establecido convenios con editoriales como Santillana (en este caso, esto les ha permitido recientemente publicar el primer manual de teatro aplicado al aula, destinado a profesores que imparten su docencia en el ámbito de la educación formal).

Proyectos como éste, que trabajan desde un firme compromiso con las culturas vivas y comunitarias, vienen a sumarse a otros como el que desde Perú realizan Arena y Esteras, el que desde Nicaragua llevan a cabo el Colectivo de Mujeres de Matagalpa, el que se mantiene desde Bolivia con el nombre de Martadero o el que desde Uruguay realizan con el nombre de Saludarte. Eventos como el `Congreso de Cultura Viva Comunitaria´, que se celebró el pasado mes de mayo en Bolivia, son una buena oportunidad para dar a conocer el trabajo de todas estas experiencias que, en su trabajo diario, aspiran a hacer de la cultura un buen camino para una verdadera transformación social.

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