Trillos: los trineos del estío

Qué tiempos de olor a mies y de veranos muy laboriosos.
Qué tiempos de olor a mies y de veranos muy laboriosos.

Por TOÑO MORALA

La nostalgia siempre juega con los recuerdos –a veces–. Quién no recuerda aquellos veranos de mies y era, y trillo, y beldadora… Los niños trabajaban y se divertían a la vez, aunque con el trillo había que tener cuidado; cuidado de que no te cogiera un pie, una mano, cuidado de que los animales de trabajo no se espantaran por la picadura de un tábano y te volcara patas arriba… y el cubo y la pala siempre a mano, que algunas veces los animales iban al trono sin pedir permiso. Después de una corta siesta había que ir a trillar con todo el sol dándote en la cabeza, y poniéndote la piel morena. Los animales de tiro sabían de sobra su trabajo, así que apenas si tenías que hacer nada. Aquel chiquillo era espabilado y casi nunca dormitaba encima del taburete del trillo, pero en aquella ocasión, y debido al cansancio… y a aquel susurro de las lajas del trillo sobre la parva, se fue durmiendo y comenzó a soñar… Soñó que estaba en el Norte, rodeado de nieve fresca, y encima de uno de aquellos trineos tirados por renos… acompañando a Papa Noel y parando en todas casas para dejar bonitos regalos… al poco rato llegó el abuelo y sonriendo le dijo: —¡Qué, te has traspuesto…!; el niño sonrió también y comentó: —¡Estaba rodeado de nieve!

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