
Enfrascado en las ilustraciones y la maqueta de su segundo libro, el autor se topa con algunos autorretratos realizados hace ya algunos años, y se pregunta qué pudo ser lo que le llevó por aquellas fechas a dibujarse frente al espejo tan insistentemente…
Por AVELINO FIERRO
Para Carmen García
Es más de medianoche. Estoy de vuelta en casa, en la habitación alta, contemplando la reproducción de un pequeño dibujo del que un extraño sosiego emana. Está poblado –abigarrado– de seres marinos, rostros humanos, medusas y flores abisales. También transmite cierta turbación, el silencio de las profundidades. A veces, las imágenes pierden sus perfiles, se entremezclan y difuminan. Como los edificios, árboles y luces que acaricia la niebla en la noche, y que he ido encontrando en mi paseo hasta el Espacio_E, donde expone Carmen sus dibujos y grabados. Al entrar en la galería, con los cristales empañados de las gafas, he tenido esa visión como la del que se sumerge en la ondulación turbia del agua.
La fineza de los dibujos era tal, que he metido en ellos la nariz para observarlos con calma, y Carmen al verme me decía, “yo estoy igual que tú, creo que he ido perdiendo vista con esta serie tan miniada”.
Al rato, volví a restregarme los ojos por motivos diferentes. Se llamaba Cristina y era dominicana. Nos atendió en el primer bar que encontramos a la vuelta de la esquina. También dibujaba, pero en el aire: ondulaba con los brazos y caderas cuando le pregunté por el ritmo de la bachata. Estuvimos poco tiempo en el chiringo antes de que todo se complicase, se enturbiase todavía más la mirada. Pasado el río dirigí al grupo hacia otro bar menudo. En este no se respiraba. Había más niebla dentro que fuera, de los humos de la fritanga. Bueno, no veíamos los peces, pero el que más y el que menos boqueaba. Volvimos a medianoche, volvimos a casa. Algunas de las nuestras dijeron que aún no era fin de semana.
Yo también, en estos últimos días he vuelto a dibujar. Lo hice obligado, porque Alberto está maquetando el libro y no nos gustaba cómo quedaban reproducidas algunas fotografías. Parecían darle a las páginas un aspecto arrevistado, con un aire informativo, transitorio, no de permanencia. Semejaban ilustraciones para una revista de literatura, y nosotros nos hemos puesto un tanto ceñudos, trascendentes, y no queríamos eso, a pesar de que casi todo lo que he redibujado eran estantes con libros de mi biblioteca, algo perfectamente serio. También hay una imagen del baile de Bande à part, la película de Godard, y las fotografías de unos árboles con cigüeñas. El que ahí estuvieran esas fotos obedece en parte a la naturaleza de la publicación digital, a que yo acababa una nueva entrada de este “Querido diario” y exhausto, o con prisa por adentrarme en la noche del viernes, reparaba en que faltaba la ilustración.
Eso sucede las veces en que la musa de las palabras te ha zarandeado y, a la vez, abstraído tanto, que has tenido parte de la mente bloqueada para atender a los santos patronos del dibujo. Y hacer rápidamente una fotografía en la que aparece un recorte de Pound en Venecia, la primera página del libro de Gaziel del que has estado escribiendo, o los libros por el suelo cuando relatas el agobio de la falta de espacio y tiempo, es lo más desengañado.
El realizar los nuevos dibujos para la maqueta del segundo libro no ha sido, pues, muy creativo; ha sido artesanía: trasladar lo más fielmente las fotos a golpe de finísimos trazos del Pilot 04 o de la plumilla que he vuelto a utilizar. Cualquiera que entrase en la habitación podría confundirme con un pulidor de lentes, un joyero o un mecánico dentista: sin gafas, casi sin respirar, y con la nariz pegada al papel. Alrededor, lápiz, goma, tinta china, palier y plumilla… Andaba uno tan concentrado y absorto que, cuando levantaba la vista, algo mareado, había pasado sin sentirlo el tiempo, la luz del día había dejado paso al crepúsculo.
Muy distinto ha sido el buscar una imagen que sustituyera a la fotografía de la solapa de Una habitación en Europa. Entre las hojas de un álbum de dibujo, en el que están otros dos de los que ilustrarán el nuevo libro (viejos bocetos, de adolescente, de un verano pasado en el sur de Francia), apareció un autorretrato, una fotocopia en blanco y negro, de muy mala calidad. Pero se leía la fecha, 28-XII-2003. No conseguía saber de dónde procedía, dónde se hallaba el original. Rebusqué en los cajones y encontré un álbum que tenía dibujos infantiles de mis hijos en las primeras páginas; seguí pasando hojas y aparecieron cinco autorretratos míos, fechados entre el 7 y el 31 de diciembre de aquel año. Están hechos todos con rotulador, en blanco y negro, salvo el que había fotocopiado, que resultó estar pintado a pincel y con tinta sepia.
No recuerdo qué pudo ser lo que me llevó por aquella fecha a dibujarme frente al espejo tan insistentemente. Y hay en otros cuadernos dos series más de autorretratos de los años 80. ¿Qué puede llevar a alguien a dibujar su rostro repetidamente? La respuesta más evidente es el querer fijar un instante de ese tiempo implacable que fluye sin cesar, detenerlo.
Puede que en los antiguos imperase el motivo de querer dejar una prueba de la propia existencia, de algo que les sobreviviera. Esto, en el caso de Rembrandt, no tiene sentido: se retrata tantas veces a lo largo de su vida, sin duda para escrutar algo, no sabemos bien qué. No se trata de un ejercicio técnico, porque ya ha adquirido desde joven la destreza suficiente en su oficio. Ni necesitaba de esa comprensión que concede el encaje al que mira, de todas esas medidas, círculos, elipses; ese entendimiento geométrico que nos lleva a un conocimiento racional y también simbólico de las formas.
Es como si quisiera ver más allá, más adentro de los ropajes y la piel, de la carne, más allá de los reflejos del yelmo dorado, las cadenas de oro o la pluma de un gorro de terciopelo. Ese escudriñarse está ya en sus retratos de juventud. Escribe Élie Faure: “Sentía entonces pocas cosas y creía saberlo todo. Viejo ya, y pobre, tenía la cabeza envuelta en trapos, pero el dolor, el miedo frente al misterio de la vida, la desengañada certidumbre de lo vacuo de la acción, flotaban ante su mirada inquieta, su boca triste y su frente amargada… Y cuando ya lo sentía todo, creía no saber nada…”. Parece no haberse fijado en él, en su apariencia, en sus vestidos, ni en la carne que se va ajando, muriendo; pinta el paso del tiempo, las mellas que deja en el alma, en esa hoja en blanco que todos somos, y que va llenándose de horas y hollín, migrañas y sobresaltos, óxido y amaneceres, espasmos y crepúsculos, resignaciones y puede que amor, y que acaba perdiendo sus contornos, hasta ser una masa informe, de apagado color, hasta descomponerse.
No sé a qué interrogaba yo en aquellas series de retratos. Qué hurgaba o fisgaba en la imagen reflejada en el espejo. Puede que tratase de adquirir cierta competencia, precisión o seguridad, conseguir un parecido. Pero recuerdo sensaciones extrañas, casi de conversación con el reflejo –mudo e inerte– y sobre todo con los trazos del dibujo, siempre en movimiento, que iba conformándose. Quizá se manifestase en alguna ocasión con la forma, con el aspecto externo –a veces desaliñado, excitado, sereno, maldormido– algo del espíritu. En momentos de concentración, de fijeza de la mirada, parecían desaparecer de aquel rostro algunas máscaras, aquella imagen familiar se transformaba en algo extrañamente nuevo. Eran momentos de elevada intensidad, como en los versos de Antonio Cabrera: “escuchaba palpitar un corazón sombrío / bajo el radiante obstáculo de su piel clamorosa”. Y eso, aunque el resultado pudiera parecer desalentador, algo fallido.
Como decía Giacometti hablando con James Lord de algunos de sus bustos, “hacer una cabeza que tenga una apariencia verdaderamente natural es realmente imposible, y cuanto más se lucha por conseguir el parecido menos viva parece. Como la obra de arte es una ilusión en cualquier caso, si se realiza la cualidad ilusoria, entonces uno está más cerca del efecto de la vida”. Claro que a continuación, a la pregunta de su interlocutor sobre cómo se conseguía eso, Giacometti le contestaba “ese es el drama”.
En fin, seamos prácticos y no sigamos preguntando, no vamos a desentrañar el misterio. He vuelto a disfrutar estos días. Lo físico, la carnalidad… los sentidos –sobre todo mis pobres ojos, acercándose sin gafas al papel– han estado muy exigidos. Quizá por eso no se piensa; quizá por eso los pintores dicen que no saben hablar de sus pinturas, que todo lo han dicho ya en el cuadro, mientras estaban enfangados con sus pigmentos, sus veladuras, en su cocina de pintor, manchándose las manos, inmersos en el drama.
Enhorabuena, como de costumbre, Ave. Me ha sorprendido que alguien todavía use la tinta china (que casi aborrecí de joven al tener que realizar el dibujo técnico con ella… los «chinitos», ya sabes. A seguir deleitándonos con tus reflexiones.
Me gustaMe gusta
«No sé a qué interrogaba yo en aquellas series de retratos.» Espera unos años y lo sabrás. La costumbre de mirarse en el espejo desaparece con la edad. Lo que encuentras, tras atravesar la piel, ya no son promesas de un futuro incierto, tan sólo contemplas la inmediatez del futuro…
Me gustaMe gusta
Me encanta la redacción,aunque reconozco que lo releeré de nuevo,para sacarle el jugo adecuado.Si se me permite,tenías claramente más pelo en el autorretrato
Me gustaMe gusta
Amigo Avelino:
Como dices de Rembrandt: “…se retrata tantas veces a lo largo de su vida, sin duda para escrutar algo, no sabemos bien qué.”
No lo sabemos, no lo sabemos y así seguimos indagando.
Me gustaMe gusta