Silencios

Cancamusa 17. Abril 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 17. Abril 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la décimo séptima entrega:

Silencios

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Abril 2016)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Un silencio de diapasón. Quizás el grifo goteando. Hay una geometría inquietante en el norte. Lo funcional, congelado en cubos. Cubitos, piedras de hielo que enfrían la escena, como si la habitación fuese un vaso bajo. Como si los edificios fuesen neveras perfectas.

La mano que el ojo pone y que remueve el agua de la marmita, crea una pequeña marea en la imaginación. La cama deshecha comienza a contar una historia. La ausencia es un personaje inquietante. Se cuela por debajo de la puerta la trompeta de Miles Davis, como el humo de un incendio. Oscurece. Alguien no vuelve a la hora convenida.  Quizás un hombre pase la noche atrapado en un ascensor entre dos pisos. Quizás dos jóvenes roben un coche en un edificio de oficinas del centro. Quizás el cielo de Jean Moreau se esté convirtiendo en un infierno. La trompeta de Miles Davis teje la jaula de un ascensor entre dos pisos y los barrotes de una celda. Quizás alguien nombre ese sombrío futuro como estancia en el hotel.

El silencio cómplice de los objetos  perfectos. Ascensor para  el cadalso. El cine mudo de las sábanas blancas.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

En el  silencioso traductor de los sueños, la palabra Lagerflächen significaba: tierra bajo el viento. Así denominó a ese monstruo construido, mudo,  abandonado, que parece  ser una amenaza para sus vecinos. Da qué pensar esa enorme mole de barro ante una niña inocente. La muchacha, la hija de Berth, sonriente y despreocupada, no sabe que un siniestro reverendo la busca y que tendrá que huir río abajo. Pobre huérfana soñadora, la guerra del amor y el odio se ciernen sobre ella como una onírica espada de Damocles.

Esas cifras de la otra orilla, un simple número de teléfono en nuestro mundo, nos remiten a la cábala judía.

Remontando el río de la tradición, encontramos aquella leyenda medieval hebrea en que el rabino del gueto de Praga creaba un monstruo de barro, llamado Golem, para defender a su pueblo pero que, después de un par de situaciones funestas, acababa descontrolado sembrando el terror en el gueto. Esta suerte de Doppelgänger, o doble del protagonista, recuerda también aquel otro monstruo romántico, imaginado por Mary Shelley: el Dr. Frankstein da vida a un ser inicialmente inocente sobre el que pierde el control hasta convertirse en una amenaza. Ambas historias confluyen, en sus versiones cinematográficas más interesantes: El Golem de 1920 de Paul Wegener y Carl Boese y la versión de Frankenstein, realizada en 1931 por James Whale en Hollywood, protagonizada por Boris Karloff, mostrando al monstruo en una escena con una niña, con la que ambos tienen un momento de ternura y cuyo encanto e inocencia desactivan la maldad de ambos extraños seres. No a la manera de La noche del cazador, ese cuento de hadas onírico y perverso, imaginado por Charles Laugton y resatanizado en los nudillos de Robert Mitchun. En esta nueva versión, el monstruo es insobornable e insensible a los encantos pueriles.

Por eso, la hija de Berth debe huir pronto, porque el falso reverendo sólo busca el dinero que su padre escondió en su muñequita, antes de ser detenido y ejecutado por sus fechorías. Pero ella mira al monstruo de barro en silencio, despreocupada, dejando que el agua se lleve los malos sueños y los miedos.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Parece un oxímoron: ‘tiburón familiar’. Pero me resulta imposible ver uno, por más que sea de color azul celeste y de corte hogareño, sin pensar en Alain Delon. El Delon de los sesenta en El silencio de un hombre (el samurai). Un asesino a sueldo que sólo habla matando. Ese silencio que le hace invisible inunda toda la película. Un silencio bajo la lluvia de París, dentro de su Citröen DS tiburón o sapo, como también se le conocía, esperando a su víctima. ¡Qué diferencia! La imagen actual, como si el asesino y su coche hubiesen entrado en un programa de protección de testigos, con una nueva identidad y un aspecto de buen ciudadano y de auto bonachón, nos remite a otro país, a otra ciudad y a una vida aburrida e intachable. ¿Dónde quedan el diseño futurista del italiano Flaminio Bertoni y la tecnología innovadora del DS: suspensión hidroneumática con corrector automático de altura? ¿Dónde aquellos ojos del bello Delon? Dos ancianos que se miran en silencio.

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: