Balada de las tres emes (Morris, Mura, Mauro)

Cancamusa 24. Noviembre 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 24. Noviembre 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la vigésimo cuarta entrega:

Balada de las tres emes
(Morris, Mura, Mauro)

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Noviembre 2016)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

El recorte de la instantánea sugiere Roma y un decorado de cine antiguo, a la primera. Pero ¿qué película? Pruebo a ver si ajustan algunos nombres. Desde luego, por mucho que Roma se imponga, no vale cualquier film de los muchos en que la ciudad eterna fue la protagonista. No cabe, pongamos por caso, la maravillosa Roma, Citta aperta de Roberto Rosselini. No cabe en esta imagen el dramatismo de la ocupación nazi, aquella agonía en blanco y negro, no cabe el rostro doliente que todo resumía de Anna Magnani. Tampoco encaja la bohemia, poética y melancólica de Las noches de Cabiria, de Federico Fellini, con la inconmensurable Giuletta Masina.

El tono de la imagen, el color, la superposición de elementos diversos: el coche inglés, el samovar ruso o la minutera… crean un collage elegante y sofisticado, un decorado de cartón piedra que sugiere más bien un cuento de princesas enamoradas, como el de Vacaciones en Roma, protagonizada por la inolvidable Audrey Hepburn y Gregory Peck y dirigida por William Wilder. Un Morris Minor de los años cincuenta a la puerta de un hotel, esperando a una princesa de un país centroeuropeo, que llega a Roma para olvidarse de sus obligaciones regias y el avezado periodista a la caza de una exclusiva que cae fascinado por sus encantos. Un cuento de hadas sobrevuela esta postal.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Suena Mahler y se recrea el desamor en esta arquitectura del abandono. El toque neoclásico de la fachada, el fantasma de todos los que cenaron allí a la luz de velas, parece hacer botellón ahora, en la gran plaza sucia de escrituras y borrones. Corazones por el suelo como hojas muertas. Un homenaje a la ciudad Lombarda de Mura jalona la cresta del antiguo café restaurante, como una carta desde el norte de los antiguos propietarios. Y parece que no hay nadie ni nada, que el viento suave dice nunca más. Sin embargo, dos muchachas ríen al fondo con una risa que huele a hachís y a renacimiento.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Al amanecer, la obertura de Mauro hace presagiar una obra dramática, una ópera que empuje al sol raquítico a mostrar sus débiles raíces y sus endebles tallos entre las hojas húmedas por el rocío. El trajín de los cuadradillos metálicos, las maderas planas, las cajas, las cestas, la cobertura de metacrilato saliendo de bambalinas, crean la carpintería escenográfica.

Pero Mauro prefiere los dos movimientos contundentes de la sinfonía inacabada de Schubert. Sólo Mauro lo sabe, sólo él oye en Allegro moderato la sinfonía de frutas que va tarareando sotto voce: arándano, frambuesa, grosella, zarzamora. Pomelo, mandarina, aguacate y plátano. Kiwi, dátil, mango, papaya. Níspero y albaricoque. Melón, lima y mango. Fruta, tanta fruta, fruta de la pasión.

De la huerta, Andante con moto, el segundo movimiento viene lleno de hortalizas: brócoli, colifror, rábano. Alcachofa, boniato y escarola. Calabacín, calabacín y calabaza. Guisante, maíz, haba, maíz y judía verde. Acelga, apio, borraja y endivia… abrid las hojas que llega el día.

Cuentan que Mauro, a veces, se pone delante de su orquesta frutal y hortelana para dirigir la sinfonía inconclusa de su expositor en flor. Pero lo cierto es que Mauro prefiere ser el humilde frutero de su calle muda, con dos luces, donde apenas resuena la cháchara de los vecinos. Tendero en si menor de la tierra.

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