Claros de bosque

Cancamusa 28. Marzo 2017. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 28. Marzo 2017. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la vigésimo octava entrega:

Claros de bosque

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Marzo 2017)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Al amanecer, corrían desnudos por los trigales y se hacían diminutas heridas que les ayudaban a recordar las lindes de su cordura. Se perdían, se reencontraban, caían exhaustos y se tomaban unos a otros, con la ceguera que da la noche entera bailando y tomando, como si la vida no fuera más que ese instante. La ceguera ante la luz que asciende. Nadie recuerda ya cómo llegaron allí, a qué vinieron, por quién fueron convocados. ¡Cómo no iban a esperar nada del alba!, quienes cada tanto ofrecían su cuerpo a la ebriedad dorada como una ofrenda. Ellos y ellas corriendo entre el cereal hasta llegar exhaustos, más allá de lo que puede ser visto, a una alberca imaginaria que parecía un lago imaginario. Allí, lavaban sus cuerpos de la pequeña sangre que los había unido y lavaban los ojos para devolver las pupilas a su tamaño original. Y había vino y había queso y había uvas… Y volvían a hacer el amor bajo el gran árbol. Aquello no tenía nombre, sólo colores imposibles de describir ahora.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Lo digo en flamenco: ‘no soy más que un mueble viejo, arrumbaíto a la pared’; lo digo en tango: ‘y mañana, cuando seas, descolada, un mueble viejo y no tengas ya esperanza en el pobre corazón…’ Pero la casa abandonada no es triste. Más bien es un organismo desvencijado, de órganos dispersos e inservibles. Más triste es la casa tomada, siempre amenazada por un murmullo externo. Lo de dentro, crea imágenes humanas, como esa mesa patas arriba de la primera alcoba. O animales, como la alfombra reptil o el colchón varado de la habitación del fondo. O vegetales, como ese papel pintado que adorna todas las estancias. La casa no ha muerto, la casa está enferma de muerte. Pero ¿no lo estaba cuando fue habitada? Quien construye una casa, crea un monstruo moribundo. El aparato de televisión con las tripas abiertas y la cara contra el piso, parece decir: visto y no visto.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

El espíritu centrífugo del bosque hace temblar la figura del hombre. Nuestro eterno `pecado de haber puesto al hombre como la medida de todas las cosas, hace refulgir, como un grito, la clorofila del humedal. Los molinos saben cómo susurra el musgo, cómo barritan las trepadoras, a qué suena el texto picadito de los pájaros. El camino desaparece cada tanto para que sepa el hombre lo fugaz de su paso. Pensamiento y espesura. ¿Fuimos atrapados en una selva como laberinto o somos protegidos en el seno de la fronda? ¿Aprenderemos a cruzar con la levedad del que fue invitado y apenas se hace notar? María Zambrano se me aparece en los claros del bosque. (1) 

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(1)
EL CLARO del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego nos se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención. Un templo, mas hecho por sí mismo, por “Él”, por “Ella” o por “Ello”, aunque el hombre con su labor y con su simple paso lo haya ido abriendo o ensanchando.

La humana acción no cuenta, y cuando cuenta da entonces algo de plaza, no de templo. Un centro en toda su plenitud, por esto mismo, porque el humano esfuerzo queda borrado, tal como desde siempre se ha pretendido que suceda en el templo edificado por los hombres a su divinidad, que parezca hecho por ella misma, y las imágenes de los dioses y seres sobrehumanos que sean la impronta de esos seres, en los elementos que se conjugan, que juegan según ese ser divino. Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada. Ya que parece que la nada y el vacío –o la nada o el vacío– hayan de estar presentes o latentes de continuo en la vida humana. Y para no ser devorado por la nada o por el vacío haya que hacerlos en uno mismo, haya a lo menos que detenerse, quedar en suspenso…

(Claros del bosque. María Zambrano)

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