Femdom o las penetradoras de hombres

© Ilustración: Guillermo Robles García.

La autora, graduada en Filosofía y sexóloga, continúa con su serie de artículos de temática filosófico/sexológica bajo el epígrafe de “Sexosofía trashumante”. En su tercera entrega reflexiona sobre algunas “peculiaridades eróticas” como la dominación sexual femenina, la voluptuosidad del dolor, el erotismo doliente…

Por DIANA GONZÁLEZ ROBLES

“Beber de la perversidad de los demás a veces
nos devuelve ligeros reductos de humanidad”.

Los encuentros con los valientes son eventos extraordinarios que nos suelen dejar, en gran medida, trastocados. Aquellos que saben lo que quieren, cuándo lo quieren, de qué modo y además saben o pueden expresarlo y compartirlo, brindan a las mentes francas los mejores momentos de experiencia que, de algún modo obsceno y puro, siempre los acompañarán. Si le prestamos atención a la boca de Eros, la energía que mueve nuestro deseo, a veces podemos ver cómo se abre y habla, pero pocos se atreven a escuchar lo que profieren sus controvertidos tonos. ¿Qué nos dice? Complicado llegar a comprenderlo, no estamos acostumbrados a hablar y a escuchar el idioma del deseo erótico. Más bien, solemos adherirnos a clichés caducos que, muchas veces, han dejado de tener todo que ver con nosotros. Existe un esfuerzo por alcanzar deseos ajenos, vivir excitaciones ajenas, por no encontrarnos en la intimidad con el otro supra vulnerabilizados a causa de no saber lo que nos gusta, ni cómo expresarnos. Porque no sabemos ni quiénes somos ni por qué estamos ahí interpretando y desarrollando ese guion marcado. Pero llegamos a los encuentros eróticos totalmente desarmados, qué decir de las mujeres. El guion fue escrito del lado del patriarcado…

De ahí el reducto de humanidad que nos brinda la perversidad ajena, a los que aún no logran traducir el idioma de su propio Eros, hablando por sí mismo en ellos. Humanidad refinada y salvaje, recodos de los que no ha logrado apropiarse la norma social. Líneas de fuga al más puro estilo deleuziano, líneas que pretenden escapar a la conceptualización de un único mundo: el de lo normal, lo cuerdo, lo sano. Líneas que trastocan las barreras que invisibilizan todos esos otros mundos posibles por los que transitar, desde nuestros deseos, desde nuestra fuerza creadora. Esos recorridos de fuga han sido comúnmente devaluados y satanizados: “parafilias”, “patologías”, “trastornos”, “fetichismo”. En algún momento alguien decidió ir al rescate y nos brindó un nuevo modo de comprenderlos: “peculiaridades eróticas”. Es como, hoy en día, llamamos los/as sexólogas/os a esos deseos de los sujetos sexuados, como rasgos que los hacen únicos. Se deja a un lado lo patológico, pensando que lo patológico en materia de deseo erótico ha sido conceptualizado como lo que se aleja del modelo reproductivo, de la cópula. Todas aquellas prácticas que nos separan del engendramiento de una progenie, son consideradas sospechosas y fuente de peligrosidad. No obstante, y pese a los esfuerzos históricos por despatologizar estos deseos y prácticas peculiares, a día de hoy en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V) aún perviven las clasificaciones: masoquismo y sadismo sexual, entre otras muchas otras que nosotros, simplemente, nos limitamos a incluir entre la infinidad de peculiaridades eróticas que caracterizan a todos los sujetos sexuados.

Como manera de valorar nuestros deseos y prácticas, se oponen los criterios de diversidad y diversión (Amezúa, 2010) a los de normalidad y anormalidad, tan asentados en la cultura contemporánea occidental. Diversidad porque nuestros deseos son diversos, diversión porque su búsqueda y exploración nos muestra un potencial infinito de relación y vinculación con el otro

Por momentos tropezamos con uno de aquellos valientes de los que hablábamos al comienzo, nos enseña a jugar a su juego. En esta ocasión el apelativo es “Femdom”, una relación de dominación en la que la mujer es la que somete y el hombre es sometido, agacha la cabeza y obedece. Forma parte del imaginario BDSM (bondage, disciplina, sadismo y masoquismo) y su práctica produce empoderamiento y transgresión.

Frente a los grandes titulares que enarbolan psicopatología y anormalidad como rasgos característicos de estas prácticas, preferimos proferir estribillos que escapen de la dialéctica normal/anormal y nos sitúen en otro marco teórico de comprensión. El dolor huye de una sala que ya está repleta: no hay espacio para el dolor en un encuentro erótico repleto, desbordado, ocupado por el placer. Que no es tal dolor si la significación es otra. Si le cargamos de un sentido erotizado, si disfrutamos de sus sensaciones, no hay lugar para el dolor, estamos repletos de erotismo. Las señales, los impulsos nerviosos que normalmente nuestro cerebro interpreta como dolorosos, se transforman en deleitables muestras de afecto. Un afecto que resplandece, cuya imperfección lo hace temible y a la vez extremadamente deseable.

Cuando las dominatrix blanden su látigo al viento, en el amarre, están inscritos todos los símbolos de su liberación. La opresión huye de una sala que ya está repleta: en un encuentro en el que se dinamitan todos los roles asignados cultural y socialmente a cada sexo, la vuelta de tuerca al juego de poderes deviene júbilo y emancipación para ambos. Existen nuevos papeles, nuevos roles que desentrañar. Ella domina, él obedece. Pero en este acto de dominación, pactado de antemano y acordado hasta en el más mínimo detalle, el sumiso le entrega a su ama mucho más que su voluntad. Le devuelve lo que durante tanto tiempo perteneció a las mujeres y se les quiso arrebatar: el agenciamiento de su propio deseo. Como argumentan Martínez y Martínez (2018), el orden patriarcal encuentra una fisura de sentido a través de los roles de dominación y sumisión en una relación Femdom. De tal modo constriñó el orden tradicional el deseo de las mujeres, obligadas a ser sujetos deseables y negada su condición de sujetos deseantes, que a día de hoy gran parte de las consultas de los/las sexólogos/as las ocupan aquellas desconocedoras de su propio deseo, pues siempre han vivido a expensas del deseo del otro.

Parece que las dominatrix tienen muy claro lo que quieren, cuando lo quieren y de qué modo lo quieren. Además, saben y pueden expresarlo a la perfección ya que la base de su acción consiste en convertir la dominación –las órdenes, los mandatos– en un deleitante juego que desentrañar. Es, por tanto, que este juego esconde una pequeña trampa: ella nunca le pedirá al sumiso que haga algo que él no esté deseando hacer con todo su corazón. En las entrañas de este intercambio de roles reposa el más absoluto cuidado, respeto y sentimiento de honorabilidad hacia la otra persona. Ella calcula cada acción y movimiento y avanza a cada paso con extrema cautela. Ni el más mínimo límite ha de ser traspasado. Cada insulto proferido, cada frase de desprecio ha de sonar a dulce melodía en los oídos de su partenaire. Él solamente ha de dejarse hacer, dejarse ordenar, mandatos que le resultarán tan sublimes como la mejor de sus ensoñaciones.

En lo que respecta al rol del sumiso, Martínez y Martínez (2018) nos muestran la problematización de su hombría, ya que socialmente se le considera como afeminado, poco masculino u homosexual. Con el intercambio de roles, existe una presunción de cambio de orientación del deseo y hasta de identidad sexual. Sin embargo, esto no es así de ningún modo, ya que los roles que desempeña cada cual, sean social o culturalmente considerados de uno u otro sexo, nunca definen la identidad ni la orientación sexual de los sujetos. Además, hemos visto cómo en el fondo de esta puesta en escena, el deseo del hombre permanece intacto y él no dejará de ser sujeto de su propio deseo. Nunca se pretendió que así fuera.

Algolagnía proviene de algas dolor, y lagneia, voluptuosidad y es otro concepto de esos que nos rescatan, cuando todas las luces se apagan y sólo nos imaginamos monstruos en la penumbra. La voluptuosidad del dolor, el erotismo doliente…

“Estaba erotizada de los mordiscos y los tortazos, de las bofetadas en los genitales, de sentirme poderosa, como una diosa.

Las señales moradas hacían las veces de guías. Quería dejar tu piel repleta de golpes y con suerte alguno de ellos traspasaría tus músculos y se quedaría contigo permanentemente, como un tatuaje depravado a través del que siempre verías mi nombre. No quería que un manual me dijese cómo tenía que desgarrarte las entrañas, porque la violencia traspasaba la carne y yo quería que traspasase la historia. No quería aprender aquello de los libros, ni verlo en algún vídeo, no quería beber de la perversidad de un otro tan ajeno a mí. Quería ser yo la que reinventara el dolor, la que vomitara la rabia y te la azuzara a través del placer. Salió de ti aquel día y parecía un simple juego. Realmente lo fue, algo con lo que crear calor en el desierto glacial que se había convertido mi cuerpo.

No es que sólo viera el juego de la relación femdom a mi alrededor, es que podría haberme olvidado de que vivía en un mundo en el que aquello no era la norma. Pero lo que yo quería dominar no era un culo de un alguien que se dejase pegar, no eran veinte tipos a los que poder escupir. Mi ansia de dominación había encontrado su reducto de humanidad, a través de un personaje peculiar que se dedicaba a pasear perros con los mismos collares que usaba para dejarse azotar.”

Referencias bibliográficas:

Amezúa, Efigenio (2010) Dos nociones muy útiles en sexología: dificultades comunes y peculiaridades eróticas. Revista española de sexología, nº 160.

Martínez, B. y Martínez, J. (2018). Sexualidades no normativas y su problematización. Una aproximación sexológica. En transpsiquiatría. Abordajes queer en salud mental. Madrid: Asociación española de neuropsiquiatría. AEN-Digital.

Ullerstam, Lars (1999) Las minorías eróticas. Revista española de sexología, nº 93-94.

 

 

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