Nombres

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

Hace algún tiempo, una compañera abogada me comentó que le habían encomendado un asunto de turno de oficio por el que una pareja forcejeaba con el Registro Civil para poder ponerle a su hijo el nombre de “Deivid”, ya que no estaban dispuestos a que figurara como David que puede pronunciarse al menos de dos formas, la anglosajona y la española. Como la legislación del Reino es bastante flexible, supongo que acabarían consiguiéndolo. Esta es una muestra del concepto patrimonial y exclusivo que los progenitores se arrogan respecto de lo que algunos consideran el sonido más dulce que pueden escuchar: su propio nombre.

Hace años, Ramiro Pinto –político leonés– y su esposa Yolanda, mantuvieron largo pleito para inscribir a su hijo como Rayo (fusión de las primeras sílabas de los papis), creo que lo lograron, y sin duda no se plantearon en el pitorreo que tendrá el niño en las clases de gimnasia si resulta ser el gordito del aula. Claro que peor sería si la idea se le ocurre a las parejas de Pilar y José, Ramón y Tamara o los gallegos Mercedes y Daniel. En Hispanoamérica, con legislaciones muy permisivas en la materia, hay mandatarios que se llaman Evo, en el muy igualitario convencimiento de que todo nombre puede declinarse en masculino y femenino, pero prueben con Ana.

Otros padres optan por la tradición y traspasan a la prole nombres como Alcibíades y Resurrección que poco contribuirán a la integración social de los marcados. Cambiarse el nombre no es tarea fácil, pero aún más complejo es cambiarse el apellido. En todas las reseñas jurisprudenciales españolas aparece una familia andaluza apellidada Gallina, cuyos miembros alegaban las continuas vejaciones sufridas como base de su pretensión. Las combinaciones de nombre y apellido dan también mucho juego, desde el clásico Dolores Fuertes y Gaspar Melchor, hasta los más recientes de Debora Cabezas y el sugerente Consuelo De Los Mozos.

El optimismo del natalicio puede invitar a llamar al niño Zeus o Hércules y que a los 18 sea un tapón de metro y medio con camperas. Sara Montiel y Pepe Tous le pusieron a su hija Thais. Cuando el maestro pasaba lista y decía: “¿Thais Tous?” los niños contestaban: “¡sííííí!”.

Para atajar estos excesos, el Registro Civil alemán prevé un control judicial de nombre y apellidos que no lesionen derechos del niño. En Argentina, la Ley del Nombre rechaza aquellos que sean extravagantes, ridículos, contrarios a las costumbres, que expresen o signifiquen tendencias políticas o ideológicas, o que susciten equívocos respecto del sexo. Aunque conociendo a los argentinos, aún con esta sensata norma, no sería raro el registro de ciudadanos rioplatenses llamados Anakin Skywalker Sabatini.

Hay quien pone el nombre por los que vienen en el almanaque de mesa con el peligro de elegir un taco laico e inscribir al niño con el compuesto de Día Laborable.

Un Comentario

  1. Pájaro

    Divertidas las reflexiones del autor sobre los nombres.

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