Querido diario (2)

Dibujo de Avelino Fierro.
Dibujo de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

En el suelo, sobre la alfombra, tumbado boca arriba. Con los brazos abiertos, como un Cristo insepulto. Veo salir la luna amarilla, casi llena, fría, de este treinta de noviembre. Más arriba, una estrella también la mira, parpadeando. Ahora ella se ciñe una delgada nube. ¿Bailan los astros?

Hacia la sombra gigante del cielo quiere volar la música que escucho. No, no voy a abrir la ventana. Quiero que siga llenando  la sala, que vaya y venga, me envuelva, abra los poros de este viciado aire, me arrulle, se deslice entre los libros, vaya y venga. Si cierro los ojos puedo ver constelaciones negras, zarcillos de luz que se desperezan y mueren, pozas siderales, y no tener miedo. Sentir cómo quema y va cerrando una cicatriz en mi espalda, fluir la sangre desde el corazón. Delgados reflejos acarician el techo.

Furtwängler dirigió este tercer movimiento de la Novena el 6 de julio de 1951 en Bayreuth. Dicen que hay un adagio todavía más hermoso, grabado en Berlín durante la guerra, en marzo de 1942. Éste es de un lentísimo y problemático comienzo. Estoy respirando quedo y tratando de sentir “un atisbo de divinidad”, como lo describía Leonard Bernstein.

También cerré los ojos hace unos días en la gran plaza frente al Nationaltheater, pero no oía la música, sólo un rumor de abanicos y pestañas.

*

Estábamos en Munich. Íbamos a ver a Javi, que pasará dos años en la Hochschule für Musik und Theater. Uno no puede hacer esas siempre odiosas comparaciones con otras ciudades cercanas, porque nunca antes habíamos estado por esta parte del planeta. Josep Pla sí las hace en sus Cartas de lejos. Dice que la suntuosidad espesa, el confort ostentoso y la arquitectura pedante que la política de Bismarck y del último kaiser impusieron en Alemania apenas se ve en la ciudad. Aquí el neoclásico y las tradiciones gótica e italiana le dan gran carácter.

Pero vayamos despacio, tengo unos cuantos minutos. Aún no ha salido el sol, que ya se atisba entre las lomas, y pugna entre jirones de noche y otras manchas, que no acierto a distinguir si de nieve o lluvia.

He vuelto a poner el Adagio  molto e cantabile… La música influye en el tempo de la escritura. Ahora me detengo y atiendo al rompimiento de gloria. Como un incendio, el rojo perfila ya la raya del horizonte y recorta los pinares. Es una luz distinta a la del verano; más densa, espesa, como esas capas de pintura que cubren ya desde la primera mano.

A pesar de ello se distinguen todavía las luces amarillas del alumbrado de unas urbanizaciones. Aquí, en la ciudad, hace ya rato que se han apagado las farolas. Todo está en silencio, aunque oigo ahora la moto, pequeña y ruidosa, del cerrajero que tiene su taller una calle más arriba. Una pequeña bandada de gorriones salpica atolondrada el marco de la ventana.

Si pienso en un viaje, me gusta seguir yendo a las agencias donde te muestran esos voluminosos catálogos con posibilidades de elegir, por ejemplo, 4 días y 3 noches. Esta vez consulté en el ordenador ese barullo de compañías aéreas, horarios, trayectos sin escala o con ella (esto no lo concibo), hoteles…

Salimos desde Madrid, mal dormidos, y pasamos los estúpidos controles para viajeros. El avión entra y sale de las nubes, las sobrevuela. Ya descendiendo, se ven parcelas verdes y negras, pueblos ordenados y razonables, granjas, algún lago y bosques.

Leo el billete de metro que nos lleva a la Marienplatz y no entiendo nada, sólo el precio. Cae una fina lluvia gris. Caminamos por las calles del centro; mercados, torres sucias del ayuntamiento, agujas y campanarios. Comemos en la cervecería que recomienda René, la casera, la Georgenhof. ¡Qué agradable descansar en una atmósfera turbia, de color tenue, de aromas agrios de cervezas y coles! La última luz de la tarde acariciaba la madera de mesas y paredes y los adornos de cobre.

Bebemos las primeras cervezas y uno empieza a sentirse muniqués. Dice Camba, en Alemania, que escribió allá por el 16, que aquí es preciso que le gusten a uno las salchichas, la cerveza y las camareras. Y acariciar a éstas, llana y democráticamente, porque si no, le toman a uno por un hombre orgulloso y le sirven mal.

Al salir eran poco más de las cinco y ya entraba la noche en algunas calles anchas y avenidas. La iluminación es pobre y suficiente: tubos fluorescentes que sujetan unos cables. Así resaltan más los mimados escaparates, que ya muestran adornos de navidad. El mismo cuidado que ponen en el arreglo de un céntrico cementerio que recorremos y que cruzan ciclistas y señoras que van a la compra.

A la vuelta de una esquina entramos en la Königsplatz, y nos parece que las leves rachas del viento son saetas del mundo de los aqueos, que sus carros se oyen sobre la grava de los caminos que llevan a estos tres edificios del pasado. Desde lo alto de la escalinata de uno de ellos, fulge la estatua dorada de un dios guerrero.

Los días siguientes son de nubes y sol, agradables. Seguimos caminando sin demasiadas consultas al callejero. Vamos reconociendo calles y lugares. Amplios y llanos espacios; casas, hermosas y de poca altura; árboles y árboles. Miles de muchachas rubias pedalean con altiva mansedumbre y dibujan una lenta estela.

Recogemos hojas extrañas, de arce o falsos plátanos. Nos vamos acercando a través de caminos de tierra y espacios verdes a la Alte Pinakothek. Todo parece hecho desde siempre a medida de la vida sensata, nada ha quedado atrás ni nada por hacer si eso puede turbar a sus habitantes. Hay inteligencia y no avaricia a nuestro alrededor. La ciudad se acerca mansamente si te muestras honesto, se pone de tu parte.

Fue Durero el que dijo que el artista creaba igual que Dios. No sabemos si su retrato es muestra de destreza o desafío. La mirada es serena, pero de un aplomo lleno de orgullo. La filosofía griega ha vuelto a enraizar en el XVI y los artistas también están, como el Creador, llenos de las formas que Platón llamó Ideas, llevan en su interior la visión de la belleza. Pla decía recordar más a Cranach. Escribía que sus Venus estilizadas, con la cabeza un poco aplastada como las serpientes, olían a consumido; y que bajo la figura joven y la carne dorada se ve un esqueleto que pone la carne de gallina. También está aquí el Rapto, de Rubens.

Salimos a otros museos cercanos, también de arquitectura modesta, sin aspavientos. En la entrada de la Pinakothek der Moderne un joven componía pacientemente una esfera de claveles rojos. Anduvimos por calles y plazas donde las baldosas se mantienen firmes; entramos en baños de bares con grifos que no gotean; seguimos bebiendo weissbier a ritmo tranquilo; vimos las enormes lámparas de Ingo Maurer en la estación Westfriedhof; hacíamos de cada escaparate una tienda filosófica, como las visiones de Walter Benjamin en Calle de dirección única. Munich, cuatro días, tres noches…

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