Por LUIS GRAU LOBO
Lo decían Jim Morrison y los mayas. Pero el gobierno de los USA, con mucha menos autoridad, se ha apresurado a negar que el fin del mundo esté a la vuelta de cualquier esquina. Este 21 de diciembre, por ejemplo. Dice su blog que ni siquiera lo ven factible para lo que queda de 2012. Qué pena. Y eso que ellos estaban poniendo todo de su parte para que así fuera. Y con ellos, with a little help from theirs friends, el FMI, el BCE, la UE, todas esas cosas con siglas en mayúsculas que antes daban pereza y ahora dan miedo… Contra todo ese equipo, los mayas no tienen nada que hacer, y uno se percata de por qué no supieron adivinar la que se les vino encima en su momento. Uno no tiene perspectiva de sí mismo. Aquello de la paja y la viga será…
Pero los mayas (y The Doors) tenían razón: el mundo se acaba. Como síntomas tenemos lo mucho que chochea y degenera. Y repite batallitas. Vean si no a Berlusconi. O a Putin, que ya está en ello. A Netanyahu. O el de China, que no me acuerdo de su nombre, y que si no es el mismo, se le parece como una gota de agua a otra gota de agua. Y no me refiero a su aspecto. En casa, Gallardón cada vez está más patibulario y Yáñez más ida; Rajoy se traga su propia lengua y Wert unas cuantas más. La religión retorna a las aulas y los españoles a la emigración y la miseria. Sólo falta Franco. O Primo de Rivera, Olivares, Chindasvinto o quién sabe. Así que con heraldos como estos, tenemos unos armagedones de coña, apocalipsis de baratillo que ni entretienen. Ni dragones de siete cabezas, ni el móvil de la Bestia, ni un Cordero cabreado, ni la puta de Babilonia. Nada que distraiga un poco. Un sindiós.
Pero el caso es que los mayas (dicen) se quedaron sin sitio tal día como un 21 de este mes para rematar su calendario perpetuo, que la perpetuidad va a ser demasiado tiempo para un calendario. Sobre todo si es de piedra. Aunque luego resulta que ni los mayas de entonces ni los de ahora se creían esto del acabose, que al fin y al cabo lo del calendario era un poco como quien se queda a medias y piensa: pues para otra vez. Pero gente dispuesta a creer en el discreto encanto de las hecatombes hay por doquier, y se calcula un nutrido porcentaje de población que da crédito al tema, otro no menos numeroso que se cachondea y otro que pierde su tiempo considerándolo a lo bobo. En este último batallón acabo de alistarme.
Ahora, no hay que inquietarse, es lo normal. Cada 21 de diciembre el mundo la palma. Eso lo sabían los mayas, los persas, los romanos y los de la Sobarriba. Y hasta Morrison cuando no estaba colgado. Lo sabían quienes aún desconociendo que el movimiento de los astros gobierna muchas cosas de este mundo, eran capaces de percibir y prever sus efectos. Por la cuenta que les traía, en especial desde el neolítico: ahí es nada. Nosotros (es un plural mayestático, entiéndase) creemos saber más de cuerpos celestes (y no me refiero a los anuncios de colonia). Más que ninguna generación, siempre y cuando consigamos mantenernos despiertos con los documentales de la 2. Pero hemos travestido solsticios, equinoccios y demás efemérides cósmicas enredados en fiestas y mudanzas de papel dorado y un nuevo mantra: compra-más-que-si-no-no-salimos-de-la-crisis. Pero siguen ahí: los finales del mundo acechan a la vuelta de cada calendario. El 21 (o el 31, que tanto monta) acaba uno y comienza otro. Empieza uno que termina en 13, número primo y malencarado, dicen también. Pero este también acabará. En 365 días, cuarto arriba, cuarto abajo. Bueno, pues eso, que this is the end. Bienvenidos al beginning.

Es genial.
From the beginning to the end
Me gustaMe gusta