Pelos

pelo en pechoPor ANTONIO BERMEJO PORTO

Se atribuye a Platón la definición del hombre como bípedo implume, tras lo cual ya dos o tres colegas de simposio andaban pelando un pollo para ridiculizar al maestro. Cierto es que los humanos no tenemos plumas, bueno no todos, ya me entienden, pero sí tenemos pelos y este asunto es abordado con desdén, cuando no ignorado, por los tratadistas que únicamente suelen referir el tema a la mujer. Sin embargo los humanos masculinos también tenemos una larga y compleja historia capilar de la que intentaré compendiar sus principales hitos.

De muy niños el pelo no existe, hay algo en la cabeza y las cejas pero poco más, te lo corta la mamá como le parece y no hay debate posible. A los 5 o 6 el niño puede empezar a preocuparse de su peinado, flequillo sí o no, aspecto de pelo pincho o pelao como los astros del deporte. Sobre los 8 o 9 uno observa con sorpresa la aparición del vello púbico y en mi época el gracioso del grupo preguntaba ¿sabes quien se ha dejado perilla?: Mi colilla.

Entre los 12 y los 14 surge una sombra sobre el labio superior, acompañada de otras en las patillas. Ante la duda de si afeitarse o no lo mejor es preguntar al padre o al abuelo. Los míos se mostraron abiertamente partidarios del afeitado semanal. Mi abuelo me tranquilizó argumentando que en clase solo se darían cuenta los que también se afeitaban, que guardarían cómplice silencio. Luego sobre los 18 viene la época en que o vas hecho un guarro o te dejas un bigote o una barba que no cierra ni tiene perfil, un desastre. Más tarde comienza la dura rutina del afeitado diario y el frío viento castigándote la cara tierna.

Lo peor viene en la madurez con la paradójica batalla por conservar el pelo de la cabeza y eliminar el hirsutismo de las orejas, la nariz, las cejas y esos pelillos que misteriosamente aparecen en el dedo gordo del pie y solo se observan en los íntimos momentos posteriores al acto sexual. Las cejas, en los morenos estándar, tienden a unirse en una sola línea de la que Gila decía que en los mozos de su pueblo era signo de luto por la inteligencia. Si no tomas medidas acabas teniendo unos tejadillos protectores que recuerdan a las cejas de Brezhnev (lo siento pero no se me ocurre un ejemplo más espectacular ni menos antiguo).

En la piscina se plantea el problema del pelo de las axilas que sobre la cuarentena adquiere tal desarrollo en algunos individuos que resulta inexplicable que puedan bajar los brazos. Pero si te lo afeitas, pica mata, y lo mismo si en un arranque metrosexual se te ocurre afeitar el vello púbico que a esas alturas embosca los varoniles atributos. Además, como la depilación es cosa de mujeres y ciclistas, el varón tiene que contentarse con los instrumentos tradicionales, poco efectivos en determinados recovecos del cuerpo.

Mención aparte merece el pelo en el pecho –tradicional símbolo de virilidad– sobre cuyo atractivo para las chicas no hay acuerdo posible. La mayoría dice que les horroriza, pero tras esa declaración casi universal, muchas entrecierran los ojos para insinuar que bueno, que un poco no está mal. Así que no hay manera de saber si gusta o no. El cine con las amantes mesando el vello del torso de Connery, Heston, Redford o Clooney tampoco arroja mucha luz y además Newman –que se quiera o no es siempre el referente– casi no tenía.

Pensaba que esta columna no iba a dar mucho juego, pero la verdad es que entra en el espacio concedido por los pelos.

Un Comentario

  1. ya te vale, columnista por los pelos, esta cuestión me parece una puritita frivolidad… aunque no pienso hablar en nombre de quienes nos negamos a depilarnos el sobaco, entre otras cosas tan así para ciertos hombres y ciertas mujeres también. ja ja rajuá!
    ¡Que vivan el mono y la mona!

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