La conquista del imperio estadounidense

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Por CARLOS TRIGUEROS

Cartelera repleta de películas americanas que son doblemente americanas. Quizás sea por la inminente llegada de los Oscar, quizá porque son tiempos de adoctrinamientos, pero la realidad es que el espíritu de Washington brilla por doquier. Las más destacables, por producción y promoción son “Django desencadenado”, “Lincoln”, “Argo” y “Zero Dark Thirty”, cosecha de 2012 que han sido estrenadas durante el presente año. Distintos discursos de expiación moral frente al mundo árabe, por un lado, y a la raza negra por otro.

Las dos últimas tratan de la relación de los Estados Unidos con el mundo árabe, más que para justificar su afrenta para mostrar el poder “superior”. Entre ambas se muestran dos polos complementarios del conflicto. “Argo” (Ben Affleck, 2012) reconstruye un acontecimiento del pasado en el que el cambio de gobierno iraní supuso el asalto de la embajada, persecución de seis fugados y rescate in extremis a través de un gran bulo. La nefasta interpretación del protagonista es camuflada a través de una trama interesante con tensiones muy bien administradas (favorita para los Oscar), que comienza con el reconocimiento de que la base del problema en Oriente Medio es el petróleo y lo causaron ellos allá por 1953.

Sin embargo “Zero Dark Thirty” ([La noche más oscura] de Kathryn Bigelow, 2012) parece cerrar esa brecha abierta con el mudo árabe a través del asesinato del “demonio” Osama Bin Laden. Aunque Irán y Pakistán son países completamente distintos, para la mentalidad americana son uno, el de los terroristas islamistas (al que también unen Irak, según Sarah Palin —imprescindible ver la ilustrativa serie de dos capítulos “Game Change” [Cambio radical], de la HBO en 2012) que causaron el trauma colectivo del 11S. (Por cierto, aparecen reconstrucciones de los atentados de Al-Qaeda desde 2001 y se olvidan del de Madrid).

Si bien en la primera los hostigados son los americanos en la segunda se vuelven las tornas deleitándose en mostrar distintos tipos de tortura que éstos infringen a un solo sujeto árabe y atisbos de otras a otros. Aunque tras tanta caña se muestran recatados a la hora de mostrar el cadáver de Bin Laden (confirmando las sospechas conspiparanoicas de que no se lo cargaron, que ya estaba muerto o de parranda en Hawai con Elvis, Cobain, etc.). La suma de vejaciones es de una repugnante crudeza, hasta el punto de tener ganas de salir del cine, pero se ve mitigada por un sinfín de reuniones y burocracias que justifican el desenlace, edulcoradas con planos de recurso sobre la cotidianidad en las calles de Islamabad y demás localidades de la zona para demostrar que estuvieron allí.

Dato curioso, coincide que el día anterior había visto la infumable “El árbol de la vida” de Terrence Malick (2011) donde los valores cristianos dan soporte a una magnífica y preciosista fotografía de una familia en los años cincuenta y de su próspero hijo en la actualidad. Película en la que se mezclan flashbacks y flash desfasados donde aparecen todo tipo de nebulosas y planetas e incluso ¡¡¡unos dinosaurios!!!. Todavía estoy buscando algún sitio donde me expliquen que pintan los dinosaurios en un retrato costumbrista de una familia del siglo XX. Como ya decía, una esteticista puesta en imágenes en la que cada secuencia daría para un anuncio de una aseguradora. El caso es que la actriz protagonista, Jessica Chastain, que durante toda la película está rogando a Dios y dándole gracias, es la misma que al día siguiente me la encuentro como implacable torturadora y obsesiva rastreadora de Bin Laden (aunque es bastante más blanda que la brutal y sutil Claire Danes en la aclamada serie “Homeland”). ¿Casualidad o realmente a través de esta coincidencia se puede observar el verdadero espíritu de la cruzada americana?

Tarantino y Spielberg

Y retrotrayéndonos en el tiempo, el segundo tándem es el formado por “Django desencadenado” y “Lincoln”. En la primera, del magnífico Quentin Tarantino (2012) remendando el fiasco que supuso su relectura de los pastiches italianos de los años setenta sobre la segunda guerra mundial en “Malditos bastardos” (2009), consigue una acertada relectura de los mismos pastiches del spaghetti western. Las referencias son múltiples, no me voy a parar a describirlas, pero en toda la película flota un aire de redención ante la inhumana esclavitud negrera. Los blancos quedan fatal, como paletos sanguinarios, aunque los negros tampoco se salvan excepto Django y su colega. Una redención sin solución, es como decir «qué malos fuimos pero mira esta película en la que se nos despachan a gusto para exorcizar nuestros pecados con gracia y desenfreno». Un mea culpa efímero que conforma la idea de nación plural, aunque no conlleve un auténtico exorcismo.

Y, unos años después en la misma época, la gran apuesta americana de la temporada “Lincoln” de Steven Spielberg (2012). Épica y dramática, además de soporífera moralista, sin dobleces incapacitando cualquier otra opción, como solo podía dirigir este redentor de la historia. Y con un Daniel Day-Lewis, que será un estupendo actor pero cierra el personaje sin dar opción a ambigüedades. En ese sentido están mejor los secundarios (Tommy Lee Jones, John Hawkes, etc.). Película con la remarcada voluntad de crear una pintura de historia de gran formato en donde se ilustra una hazaña, la firma de la Decimotercera Enmienda que abolió la esclavitud, a través de personajes míticos mezclados con el pueblo, amparados por el contexto de la época. Una trama se basa en las vueltas que hay que dar para comprar y conseguir votos. Una potencial alegoría de la actual legislatura de Obama (ambos en la segunda). Tildada con lecciones de moral americana que cincelan las ideas, como justificar la muerte de miles: «Lo único que hicimos es demostrarle al mundo que la democracia no es el caos», y las diversas histerias de su mujer. Muy Spielberg. Así que me parece más interesante la ficción sobre este personaje histórico que se narra en “Abraham Lincoln: Cazador de vampiros” (paradójicamente dirigida por un ruso, Timur Bekmambetov en 2012) donde se muestra la ambigua personalidad del 16º presidente estadounidense, ofuscado con acabar con los chupasangres y dando rienda suelta a su latente homosexualidad.

Este paquete cargado ideológicamente se diseminará como esporas de aceptación neoliberal por los valores del imperio amo del mundo e intentando afectar a cualquier tipo de conciencia. Como comentaban unos extraterrestres en la desafortunada “Green Lantern” ([Linterna verde] de Martin Campbell, 2011): «Los terrícolas son los únicos seres que piensan que su planeta es el centro del universo». Ante la evidencia tendrían que rectificar y señalar a los estadounidenses como los únicos seres que piensan que son el centro del universo.

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