Carnaval

disfraz-carnavalPor ANTONIO BERMEJO PORTO

El Carnaval es probablemente la única fiesta pagana que sobrevive. Heredera de las realizadas en honor a Baco, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se hacían en honor del toro Apis en Egipto. Según algunos historiadores, sus orígenes se cifran en las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5.000 años, con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio Romano, desde donde se expandió la costumbre por Europa, siendo llevado a América por los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV.

La fiesta popular conserva una estructura y una función míticas: la repetición periódica de la creación, la necesidad del hombre de reactualizar un espacio, un tiempo, de recomenzar y renovar su propio entorno, la ilusión y la esperanza de que el mundo se renueva, implican la muerte de lo antiguo con el nacimiento de lo nuevo. En el carnaval romano, descrito por Goethe, se presenta la fiesta del fuego en la que los participantes portan antorchas marchando al grito de “¡Sia ammazzato chi non perta moccolo!” (“¡muerte al que no lleve fuego!”). El deseo de la combustión y de la resurrección. Morir como el grano de uva y resucitar en forma de vino, como Dionisos.

Superada la Edad Media, el carnaval viene a dividirse en cabalgata escolar con premios del Ayuntamiento y la verdadera fe que está en Brasil, en las chicas semidesnudas, en la resurrección de la carne a ritmo de samba y la estimulante lordosis natural o quirúrgica de las bailarinas. En el Reino de España –con su proverbial diversidad climática– a salvo de las Islas Canarias y alguna región sureña, el sueño lo trunca el inclemente frío estepario. Y si bien algunas jovencitas desafiarán el cruel clima en mallas, la prudente tónica general es vestir al niño de oso en prevención de la neumonía. En materia de disfraces hay dos tendencias básicas, ir de feo o de bonito, sin que se entienda bien a quienes eligen la pesadilla frente al sueño. La tercera posibilidad –solo apta para varones a partir de los treinta y tantos– es vestirse de tía –mamáriamente bien dotada– con barriga cervecera. Son los que más se ríen, sin que se sepa bien porqué.

Hablando de disfraces, en España el contribuyente asiste con frecuencia al desenmascaramiento de poderosos y poderosas que con apariencia de políticos, altos cargos, miembros de la Casa Real, empresarios de renombre y otras hierbas eran en realidad gentes de mal vivir dedicadas al saqueo de fondos públicos y privados. Por eso yo este año me voy a disfrazar de ciudadano despreocupado que va a resultar de lo más original.

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