Prosapiens (12)

gongora

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

A nadie le importa nada. Es mucho más abierto que decir: “nosotros, los humanos”, mucho más fraterno, un abanico que abarca en un solo pase –casi de magia– un reino gastado, el de las oportunidades. Tal vez nos encontramos –¿quién es, quién es?– en nuestro terreno verdadero, el desolado y contiguo, codo a codo con la nada que importa precisamente ahí donde no importa nada. Viene el mundo balón, vuela un pájaro azul cuyo nombre no conozco, el viejo se sienta contra la pared y el sombrero cae sobre sus ojos, un gesto del tipo “quiero a la sombra de un ala”. Ahora duerme, desde una pared acribillada a principios de la primera década del siglo XX hasta esa serenidad andina que inmortalizó la burocracia implantada en América por Felipe II y que, si levantas la vista, un cóndor sin ruido rubrica en el cielo –seguramente un cóndor, su vuelo entró en la música, no un águila, su mirada entró en la carne, su mirada circulante sigue el paso de ganso bajo los estandartes. Desde que el segundo Bush la manchó, siguiendo la tradición norteamericana de las oportunidades. “Tal vez no haya armas de destrucción masiva. Pero seguramente surgirán oportunidades”. Siempre dejan la puerta abierta, esa puerta inexistente, raíz del pragmatismo, después del saqueo. Salto al después pasando por encima del inmediato. El presidente norteamericano es esa construcción impávida que resiste cada vez más a las embestidas del exterior. Algunos no resistieron. Kennedy, que no era un santo. ¿Por qué tendría que serlo? ¿Habrá pensado Obama que el resto de los mortales que le tocaron en suerte como compañeros de vida van a morir como él? Bin Laden no escapó de la emboscada con vida. Tampoco Obama escapará con vida de esta incertidumbre llamada vida. No sé nada de sus cielos ni de sus paraísos. Sé que Góngora dialoga con Virgilio alguna noche de claridad en que la luna baña el águila de su nariz, el águila que engancha la mirada que la ve. La pregunta es: ¿el águila imperial es la misma que el águila de la cara de Góngora? ¿Y ambas la misma que vuela fuera de toda consideración? Estuve parado frente a la puerta de su casa. “Aquí vivió Góngora”. No pude entrar porque la estaban remodelando, toda duración exige un mayor o menor grado de apuntalado. La capacidad de ausencia que tiene una casa, una capacidad necesita apuntalarse, la ausencia necesita apuntalarse, hay una luz espectral que se traduce al día.

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