Prosapiens (30)

Manifestaciones pacíficas, en Brasil, de sindicatos y asociaciones populares | Reuters

Manifestaciones pacíficas, en Brasil, de sindicatos y asociaciones populares | Reuters

Nueva entrega del poeta, ensayista y crítico literario uruguayo afincado en México, y que forma parte de un libro en curso –”un libro que escribo cuando me entra una especie de velocidad de ira”–, titulado ‘Prosapiens’.

Por EDUARDO MILÁN

Los poetas llaman a la acción. La acción descansa sobre un reguero. Se levanta, se para enfrente como una pregunta. ¿Qué hace el poeta? ¿Le cierra la palabra en la cara? La palabra está ocupada en sí misma. La palabra no paga peaje en las casetas de las nuevas autopistas, autopistas de la historia nueva, la historia con marca, no la historia marcada (“nuestra cita es la hora de la caída”, “un paso atrás, un paso menos”, “no te alejes demasiado”). La palabra se está mirando en un oasis. Ahora se está mirando. Se estira en su osamenta, tiene la parte sombra pelada por los pájaros que la esperan de cerca. Se diría: qué extrañas las palabras de hoy en día. No parecen las de poco tiempo atrás. Las de hace poco actuaban en silencio, un poco hablaban, otro no. El Potosí hace eso. Hasta hace poco hacían como el desierto. Ahora no sé. La acción está en la calle. Brasil juega bien. No es el de hace diez años. Pero Brasil juega bien al margen de la selección de fútbol. Si no, ¿qué son un millón de tipos en la calle pidiendo educación, salud, seguridad social? Pidiendo no, exigiendo. No es caridad: es un comienzo de justicia. No hay nada ganado para siempre. La palabra se está mirando en un oasis. Pero Snowden nos dijo que nos miran a todos. O pueden estarnos mirando. Ahora nos están mirando. ¿Le cierra la puerta en la cara? Una epistemología del sur, no dominante. Claro que sí. Los discursos progresistas pragmáticos que no abandonan el capital quieren crecer con él. Como si el capital fuera un niño de pecho que necesita amamantarse en los antiguos matriarcados de los Andes o en los más recientes patriarcados del Cono Sur. No bastan dos presidentas para dar vuelta la cara de la injusticia. Mucho discurso, mucha promesa. No es suficiente para cerrarle el paso al autoritarismo, una ya vieja necesidad de estas sociedades que no terminan de cuajar sin caudillo. Esto marca un repunte en la felicidad de los liberales, los verdaderos demócratas. Sin duda: son los verdaderos demócratas de estas democracias que no son democracias. La corrupción es la apuesta macabra que trabaja 24 horas sin parar. Creer que la corrupción es una acto mudo es la verdadera ingenuidad de los poetas de hoy. Creer que la corrupción no contaminó la palabra. Esas aguas están escamadas de azufre. Sobre la superficie de la palabra flotan peces muertos, sin más gravedad que lo que aguanta un balanceo que va de cresta a cresta, cuenco o palma en el medio. Lo cierto es que los poetas no llaman a la acción. La acción descansa sobre un reguero. Puede que la pólvora no esté lo suficientemente seca como para prender entera, prende por trechos. Es todavía el tiempo de la brasa en Brasil. Pero un millón de brasas puede dar un gran incendio. La acción no se levanta y viene porque la palabra poética llama. Viene la acción porque la palabra poética no llama.

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