El jeroglífico egipcio

Una mujer participa en la manifestación de Tahrir en apoyo al golpe de Estado de los militares contra Mursi. (AFP).

Una mujer participa en la manifestación de Tahrir en apoyo al golpe de Estado de los militares contra Mursi. (AFP).

Por ANTONIO BERMEJO PORTO

La riqueza que aportaba el fértil limo tras las inundaciones anuales del Nilo y el aislamiento del valle –flanqueado por desiertos– permitieron el desarrollo de una de las primeras y más brillantes civilizaciones del planeta. Según la leyenda, Pitágoras viajó a Egipto para aprender matemáticas, geometría y astronomía.

Al ver la pirámide de Keops, siempre me planteo qué haría al mando de un ejercito invasor si me encontrara con un enemigo capaz de erigir –por puro placer y en mitad de la nada– un poliedro de 146 metros de altura, recubierto de lisa piedra caliza de plateado reflejo y dorada cúspide. Probablemente quedar deslumbrado y volverme al pueblo donde lo más alto conocido es una palmera datilera.

El jeroglífico egipcio tiene mucho que ver con la matemática y la geometría. Se trata de un país con más de 80 millones de almas, 15 en El Cairo, 5 en Alejandría y las demás en una zona equivalente a Valencia. Con lo que la actual densidad de población podría justificar las incómodas poses de perfil y la falta de profundidad de su antigua pintura. No producen lo que consumen, extenúan sus recursos naturales y no les llega con el peaje del canal de Suez. Esa vía marítima que el coronel Nasser nacionalizó, aunque para ello tuvo que ganarle una guerra a tropas conjuntas francesas, inglesas e israelíes. Hay que ver como se une la gente a favor de las autovías y en contra de las autopistas. En cuanto a turismo, la regresión es inevitable allí donde los monaguillos de Mahoma andan repartiendo estera a las guiris que enseñan los tobillos.

Siguiendo con las matemáticas, en las últimas elecciones los integristas (Hermanos Musulmanes y salafistas) coparon más del 70% del Parlamento, con lo que la única disensión entre los vencedores fue si se declaraba ya la Republica Islámica o se esperaba un poco. Las chicas que tanto sacaban en primera fila de las manifas fueron inmediatamente enclaustradas en los ropajes represores y de nuevo quedó claro que los occidentales –que tanto poetizaron con las primaveras árabes– siguen siendo unos papanatas que aún creen que Egipto pasó de los faraones al protectorado británico sin que nadie le rezara una salve al Profeta.

Los militares han recobrado el poder con ese halo laicista y patriótico que tanto gusta en el primer mundo. Salvo Turquía –donde hablar de poder político militar es como mentar la soga en la casa del ahorcado– no ha habido condena internacional por el cuartelazo. Quizá todos preferimos las estrellas de los coroneles a las medias lunas de los ayatolaes, pero la nueva cuestión matemática es durante cuanto tiempo ha de masacrar al fanático integrista el duro militar egipcio para que en las próximas elecciones no vuelva a arrasar. Históricamente la solución fue someter al país a una Ley de Emergencia (como un estado de sitio light) desde 1958 hasta que se cargaron a Mubarak. Los militares parece que quieren mantener indefinidamente el poder pero nombrar a civiles que se pringen con el desgobierno. Para tan temerario viaje, lo mejor es que asuma la Presidencia el más veloz de los taxistas de El Cairo.

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