Querido diario (25)

Avelino Fierro. © Fotografía: José Ramón Vega.
Avelino Fierro. © Fotografía: José Ramón Vega.

Por AVELINO FIERRO

José Ramón, gracias por la foto.

A las once y pico de la noche ya me la había enseñado en su móvil mi hija Marta porque se la había mandado no sé quién…, esas cosas, que también son “instantáneas”, de la Red, de las que yo no sé gran cosa.

En tu correo, junto al enlace a tu página, viene un breve texto: “Ahí estás con cara de circunstancias”. Ya sé que podría haber venido “sin palabras”. Eso consideraba yo al principio, que no eran necesarias porque una fotografía ya informa, representa, sorprende, “habla” por sí misma. Pero, al cabo de un rato, después de mirarme y remirarme, pensaba que me habría venido bien que me hubieras escrito más extensamente. Y no me refiero a los detalles técnicos, que ya veo que vienen sobreimpresos: cámara, objetivo, sensibilidad, prioridad de apertura…

Claro que estoy, como tú dices, con cara de circunstancias. Casi todos tus retratados están “posando” (les habrás tirado dos o tres carretes), y yo estoy “mirando”. No puede ser que tomemos un café y, de la manera menos esperada, me hagas dos fotos y pretendas llevarme de tu mano y de tu buen ojo a la posteridad, con todos aquellos que te han cedido algo de su tiempo y de su alma para ingresar en ese túnel de imágenes, en ese limbo que es tu blog de fotógrafo.

En el limbo, desde luego, están las fotos de los niños de mi época, de mi edad. Allí están las fotos que nos hacían con un fotógrafo profesional, la primera con unos meses de edad y sentados en una toquilla, tan emperifollados que aquel que las viera nunca podía distinguir –si el que miraba era ajeno a la familia– si era niño o niña. Luego venían las fotos de estudio, con cinco o seis años, en las que ibas de pantalón corto y zapatos de charol, y tu madre estaba muy pendiente de que quedasen bien la raya y las ondas del pelo. Por aquel entonces las fotos eran un acontecimiento, algo excepcional. Marcaban las edades y la historia de la persona (nacimiento, un día de escuela, la boda…) como el toque de las campanas marcaban el tiempo y las tareas diarias de la comunidad.

Sí, yo creo que todas esas fotos en blanco y negro, junto a pequeños juguetes de madera, pupilas gastadas y pies descalzos, cajitas de música que al abrirlas exhalan notas cansinas y unas décimas de fiebre, están en el limbo de los niños muertos.

Cómo no voy a tener cara de circunstancias: un retrato no puede ser nunca un sobresalto, el asalto de los paparazzi. Ni siquiera tuve ocasión de ir al baño a peinarme las cejas.

Cómo voy a estar. Uno no debe exponerse al objetivo –en el caso de los retratos– sin una preparación previa. Yo quería haber tenido la oportunidad, como en el caso de tu amigo el fotógrafo Andrés Edo, de elegir el jersey, el rincón de la casa, la butaca y el gesto. O buscar un espacio abierto en el que mirar lejos, ensoñándome, como esas otras de Eva, tu mujer. Porque las fotos son para siempre, tan para siempre que Andrés y otros muchos de tus retratados las habrán elegido para el más allá, para el carnet de las aduanas de la laguna Estigia, el purgatorio o como lo quieras llamar. “Pase, pase usted –le dirán–, no hay preguntas”, porque allí, en tus fotos, estará todo lo que han sido, todo lo que tienen que mostrar.

Cómo quieres que esté. Ese día tú estabas más a lo tuyo y menos a lo mío ¿recuerdas? Yo había salido de la oficina a tomar un café y te di una voz al verte al otro lado de la calle. Estabas de baja y dabas un paseo dudoso probando tus fuerzas y palpando tus cicatrices; era tu historia y tus preocupaciones las que arrastrabas. Andabas con las fuerzas justas.

¿Y cómo estoy yo? Pues sin aura, sin que flote a mi alrededor ese espíritu que es metáfora de la vida. Creo que estarás de acuerdo en que se ve que miro a la cámara –o un poco por encima de ella–, pero que no miro “más allá” y que tampoco tengo conmigo esa trama particular de espacio y tiempo, la irrepetible aparición de una lejanía, por cerca que ésta pueda estar, que era como más o menos Walter Benjamin definía el aura. Hegel diría que es una foto que cumple con el espíritu objetivo, una hermosa foto que expresa de forma correcta la cultura de la fotografía y la del momento que tú y yo vivimos, pero quizá le falte la parte en la que tiene que hablar más de nosotros, el espíritu absoluto. Para ese momento irrepetible a uno le hubiera gustado ir con más bagaje, al menos con un hatillo en el que estuvieran algunos efectos personales elegidos con cuidado: algún libro, algunos recuerdos, algunos objetos gastados por el uso –me habría puesto esos otros vaqueros tan zurcidos por mi madre–, una música de fondo, también algunas imágenes…

¿Cómo voy a estar si falta esa pizca de algo que no sé bien qué es: aire, deseo, tensión, expresión, personalidad…? ¿o lo que falta es ese plus de información que algunos sujetos revelan –y puede que yo no lo tenga–, eso que antes se llamaba fotogenia? ¿o lo que  necesita es un poco de fanfarria para que no resulte tan inane, tan “dormida”? ¿no estará, como tú aquel día, un poco justa de fuerzas? ¿no da la impresión de que no aguanta una segunda lectura; no le faltará un poco de retórica? Por eso busco otras ayudas para tratar de explicarla (aunque recuerde ahora que alguien escribió que tenemos que rendirnos a la  ley de que no es posible profundizar, horadar en la Fotografía) y me voy fijando en los objetos. Parece que estamos en un viejo café europeo ¿verdad?, en una hora incierta, nada concurrida. La taza sobre la mesa de mármol, el enorme radiador de hierro, ese extraño florero entre la moldura y unas fotos antiguas. El suelo –también antañón– se alarga hacia unos escalones, un pequeño mostrador, mesas y sillas, un ventanal ciego. Es un café vienés, de la Viena de fin de siglo. El Sperl, por ejemplo, en la Praterstrasse. Y quien así posa es un sobrino nieto de Otto Wagner.

En fin… podemos imaginarnos lo que nos apetezca, porque quien ahí está poco nos dice, sigue faltando algo en esa mirada. Por cierto, ¿qué les diría August Sander a sus modelos antes de retratarlos? Todos ellos miran a la cámara con la misma expresión en los ojos. También es cierto que lo suyo fue una especie de tesis, un trabajo de campo. ¿Pero les diría que aquello era algo importante, que la historia les contemplaba? Tú únicamente dijiste, recuerdo bien, “mira hacia aquí”, sin especificar. Puede que yo no mire por ello hacia ningún lugar, que mire hacia tu voz.

La cabeza está un poco ladeada, como el cuerpo. Estoy mal sentado. La mandíbula, un poco tensa. Y no sé qué hacer con las manos.

Esa complicada mirada frontal de un miope ¿es expresión de la verdad? ¿dice algo del sujeto, refleja algo de su vida, de su moralidad? Insisto en que no la “veo” bien, no es demasiado explícita. Incluso, ¿es serena o esconde –por ese rictus del que te hablo– una cierta amargura, una íntima crispación? Todo esto es bastante complicado, porque puede que a todos nos suceda que no nos reconozcamos, que no podamos decir demasiado de nosotros mismos, que sintamos la misma extrañeza que cuando oímos grabada nuestra propia voz.

Por ello sigo buscando, y tampoco encuentro aquello de que hablaba Barthes en su libro La chambre claire, algo que atraviese la foto, algo que le dé un valor superior, un detalle, el punctum. Él pone algunos ejemplos: los zapatos con tiras en el “Retrato de familia” de James Van der Zee, los dientes estropeados del muchachito en la foto de William Klein, los brazos cruzados del segundo grumete en otra de Nadar, la rugosidad de una calzada en una aldea rumana en la foto del violinista de Kertész, ese detalle que le punza y no sabe bien cuál es de Robert Wilson en la foto que a él y Phil Glass les hace Mapplethorpe. Si no hay mirada tendríamos al menos que buscar ese detalle que haga que la foto no sea algo inerte. Y, ojo, no digo que una determinada mirada hacia la cámara sea necesaria: ahí tienes, si no, el Truman Capote de Irving Penn, o muchos de los retratos –aunque no sea su fuerte– de Cartier-Bresson (me gustan los de Bonnard, ¿quizá porque me gusta su pintura?).

En algunas de tus fotos de mujeres ellas pueden mostrar su belleza sin que se les exija el “carácter” –ojo, que tú también lo muestras–, pero ¿qué hago yo aquí? ¿qué puedo mostrar si no sé si estoy ausente o me entrego a ti? Y, si lo hago, es demasiado desnudo, despojado, vacío como una radiografía.

En fin, vamos a dejarlo. Me he distraído al salir un instante a la terraza a la que da la biblioteca. Y casi lo agradezco: no sabría por dónde seguir, no he acertado a escrutarme a mí mismo; no íbamos a llegar a ninguna parte. Ahí quedará tu foto para siempre y de poco sirven mis palabras.

Hace, además, mucho calor. Aunque es más de medianoche. Abajo, en el parque, algunos jóvenes deben de estar jugando al balón. Ese es el rumor que llega. Se habrán quitado las camisetas y, de vez en cuando, se acercarán a la fuente, porque siento que cambia el sonido del agua. Tienen que tener poca luz, parte de las farolas ya no están encendidas y otras sobresalen por encima de la copa de los prunos. Jugarán de memoria o de oídas. Llega ese fulgor movedizo desde la fronda. Bullen las falenas en los cercos de luz… hay un clamor en calma. Aire estanco y sofocante junto al susurro tenue de las noches de verano.

Buenas noches, Vega. Me ha venido bien tu envío; un regalo inesperado en uno de esos días hollados y sucios, un poco malos.

Un abrazo.

7 Comments

  1. Querido Avelino. Como ya te comenté en privado, esta imagen no era precisamente un retrato formal sino una foto de situación. Estamos tomando un café, departiendo amigablemente, veo un momento, una luz, llevo la cámara en el bolsillo del pantalón, mido y disparo. No obstante te diré que así hago la mayoría de mis fotos, no soy hombre de estudio, de retrato trabajado, ni intento llevar a una reflexión profunda sobre el artista y el modelo. Me gusta fotografiar a la gente, me gustan las personas y más si son amigos. Busco su lado más natural, su mirada sincera, frontal si es posible, que se sientan fotografiados, pero no suelo preparar las fotos ni adornar la escena, simplemente limpiarla, buscar la luz adecuada y centrar la atención en el sujeto. A veces se consigue y otras veces no. No es fácil.
    Es cierto que esta foto fue un “aquí te pillo, aquí te mato”. A mi me gusta, me gusta la escena, pero el sujeto está tenso, fijo en el momento y el objetivo y a la vez algo ausente. Otras ocasiones tendremos, querido amigo, para trabajar más la puesta en escena, contextualizar al retratado y ahondar en remotas profundidades, aun así unas veces hay foto y otras ni hay foto, ni química, ni niño bendito, pero habrá que intentarlo y poner empeño. Vete buscando tus vaqueros remendados, tu jersey más querido, peina las cejas y relájate un poco que te veo muy preocupado con tu imagen.
    Como dice Rodera, el retrato y en especial el femenino, es un género muy desagradecido. Pocas veces uno se gusta a si mismo.

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  2. Vega, recuerdo que cuando recibí la foto, hace unos días, me emocioné un poco: me pareció hermosa, perfecta (hablo de tu trabajo).
    Ante ella, todo lo que he comentado en estas páginas del diario es un ejercicio inútil de plumífero, palabras de vuelo corto, gallináceo; palabras para hablar del torpe modelo que soy -aunque ya sé que no «perseguías» el retrato-; palabras para contar lo que tú con las tuyas, con tu comentario, expresas mejor que yo.
    Si algún día reúno estas prosas para publicar en papel, irán tu foto y tu texto. Yo estoy sobrando.
    Ah, y te confieso algo, pero que quede entre nosotros: si he traído aquí, al TamTam la foto, ha sido por pura coquetería, sí que me «he gustado».
    Gracias de nuevo. Un abrazo.

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  3. Avelino Fierro.Hay que ver lo que da de sí el retrato de un interior con figurante.Un espacio hueco tras otro,un radiador de fierro colado,una mesa de mármol que vista en planta debe ser redonda e inmaculada.La taza del café limpia y reposada.y una luz cenital rebotada que procede de algún vaso de licor que refleja un sol de medianoche y…..el personaje haciendo equilibrio sobre el canto de la silla.Te han pillado cubriendo el cierre de la emisión. Una joya de foto. sendo.

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