Querido diario (35)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

Pasan cinco minutos de las ocho. El librero y uno de los conferenciantes deciden esperar. Ya hay más de media entrada –tampoco hay muchas sillas, unas treinta–, pero se quiere dar tiempo a los rezagados de siempre y a los que están saliendo ahora de sus trabajos. Son cuatro los que leerán los poemas: dos de ellos tienen programas en la radio; más un profesor y poeta y un escritor más joven, que se retrasa.

A mi lado se sienta una chica con pelo a lo garçon y pendientes con espirales de oro. Tengo la espalda desvencijada y no encuentro buen acomodo. Tampoco la lectura atropellada del primero y sus explicaciones algo tediosas me abstraen del dolor. No oigo ninguno de los poemas que más me gustan; trato de recordar alguno, pero no paso de los primeros versos. Siempre he sido mal aprendiz para ello. “Quizá mis lentos ojos no verán más el sur / de ligeros paisajes dormidos en el aire, / con cuerpos a la sombra de ramas como flores / o huyendo en un galope de caballos furiosos…”

El más joven cuenta una hermosa y mentirosa historia. Estuve –viene a decir– mucho tiempo en un hospital, en coma, y luego, a menudo, inconsciente. La enfermera me leía poemas de Cernuda y, cuando recobré la salud, me di cuenta de que unos versos estaban dentro de mí, los sabía de memoria, me acompañarían para siempre. Dicho esto, nuestro joven escritor, leyó con dificultad, como por vez primera, como si de repente habitase en él el olvido, aquel poema tan querido, esos versos tan sabidos para siempre, tan dentro que los tenía.

También nos hizo saber que había estado en un congreso de filosofía “queer” en la universidad de Toronto –“en Canadá”, recalcó–, y allí tuvo otra especie de iluminación. A este queridísimo autor hay que leerlo, decía, desde un nuevo prisma, desde los márgenes, desde la transexualidad.

Entonces noté –yo, esas cosas, puestos a iluminarnos, las noto– que el corpachón de Harold Bloom, el crítico norteamericano, se removía inquieto en su lecho, donde a buen seguro estaría en ese momento.

Dice el autor de El canon occidental que mucho hay que esforzarse ahora para no ser irónico con esas modas universitarias (las llama, a veces, la Escuela del Resentimiento) donde los criterios estéticos e intelectuales han sido abandonados en nombre de la armonía social y el remedio a la injusticia literaria. Los objetivos sociales tienen que estar fuera de la historia literaria, de los mejores, del canon. Por muy admirables que sean moralmente, uno sólo debe irrumpir en el canon por fuerza estética.

El multiculturalismo no sirve para nada, no da ni para una nota a pie de página en la tradición canónica de la excelencia. Suena un poco a “materialismo cultural”, a las zarandajas del espíritu del pueblo, de lo identitario, del “derecho a decidir” y a “todas las opiniones son respetables”, o a la política de cuotas en la novela.

No intervine en el coloquio, pero le dije luego al joven autor que algo había oído yo de esas teorías, por las que un pobre bosquimano al que se le ocurre un canto para la danza de caza de la tribu y que ha sido preterido en los estudios literarios, tiene que estar a la misma altura que Shakespeare.

Nunca nos libraremos de esa caterva de especialistas del ordeñe de los fondos públicos que nos hablan de la opresión de las lenguas vernáculas y las tradiciones muertas y piden que se acabe con la injusticia, que las instituciones promuevan, no la lengua de Cervantes, sino el tsacianego, no la música de Beethoven, sino el chiflo y el tamboril.

La escena fue esa y no tiene un más allá. El auditorio no se enteró de qué era aquella escuela filosófico-literaria que anda pidiendo por ahí su parte del pastel sin pasar los mínimos controles de calidad, sin aprobar siquiera un pequeño examen de urbanidad.

Únicamente quedó claro que nuestro joven conferenciante había viajado muy lejos, a Toronto, en el mismo Canadá.

En estos días se cumplen los cincuenta años de la muerte de Luis Cernuda, y los periódicos traen la foto de Walter Reuter, del verano del 37, en la que el poeta aparece con Altolaguirre y otros amigos (Vitín Cortezo, Blanca Pelegrín, Carmen García Lasgoity y Carmen García Antón) en la playa de Valencia. Se les ve corriendo, risueños, hacia la cámara.

Andrés, en “Hemeroflexia”, en su entrada del 8 de noviembre de 2013, un blog en el que podemos encontrar detalles eruditos, viejas postales halladas en el Rastro, paseos por un Madrid ensimismado y taciturno, la imagen que le envía uno de sus hijos de las hojas caídas del otoño, la voz baja de las verdades grandes…, cuenta la historia de esa foto, desaparecida durante más de sesenta años. Una foto inconveniente, nos dice, al no expresar una situación de miedo, angustia, muerte o incertidumbre y tan alejada de la propaganda republicana del momento. Un mes antes la censura había tachado algunos versos de la elegía que Cernuda había escrito a la muerte de su amigo García Lorca. Lo he comprobado ayer mismo al consultar mi ejemplar de Hora de España, el número de junio de 1937, todavía intonso, y encontrar en él una línea de puntos en el lugar de los versos prohibidos.

Risas, verano, la caricia de los cuerpos. Sol y alegría. Pero en ese mismo número, Cernuda, en otra colaboración en prosa, habla de las dramáticas noches madrileñas del pasado invierno: “A oscuras la ciudad, las calles desiertas y ciegas y más cerca o más lejos, según las ráfagas del viento, las descargas de fusilería, el chasquido rítmico de las ametralladoras y de vez en vez los cañones densos y opacos. En el pecho la angustia, la zozobra y el dolor de todo y por todo.” Oscuridad y terror.

Ese momento de la fotografía es una pequeña tregua de felicidad. Se va a celebrar en Valencia el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Cernuda no participaría, molesto por esa acometida del censor. A los pocos meses, el grupo de la foto se dispersará.

Hora de España no era sólo una revista de propaganda. En muchos números había más páginas de creación literaria que de belicosas arengas. Pero los políticos metían en ella las narices para su griterío interesado. Ya sabemos lo que les importa la Cultura, lo que hacen con ella, lo vemos hoy mismo.

Eran las diez cuando la lectura de poemas finalizó. Le pedí a Javier Lostalé que me firmase su libro, de hermoso título que parece elegido  por H. Bloom, “Quien lee vive más”.

En la calle las luces estaban naufragando entre la niebla. En el poema de W. H. Auden “Gracias, niebla” se habla de las pequeñas cosas, del retiro en el campo un fin de semana de Navidad con amigos, de los pájaros que refrenan por ella su piar alegre, no de “la total oscuridad / vertida en los periódicos, / que vomitan en una mala prosa / los sucesos inmundos y violentos / que la estupidez nos impide prevenir.”

Camino despacio acompasado a esa “enemiga implacable de la prisa”. Todo está como suspendido en este aire viciado, todo se vuelve más espeso y turbio, sin tintineos. Las luces de las farolas llegan filtradas y tenues, como a través de una gasa amarillenta. Una tregua en la guerra, en el vocerío de los días; hasta el ruido de las bocinas parece más amortiguado. Como en el haiku de Natsume Soseki, “Por la ciudad me muevo, / entre ocres de neblina: / mera silueta.”

Hay una estampa borrosa en el Jardín del Cid, casi como aquella que recuerdo de una luz difuminada y la nieve cayendo lentamente. Todo tiene ese halo de misterio. Todo es por unos instantes más manso, monótono, sin aristas: los celos de los amantes, la aterida verdad del paraíso, la avaricia de los deseos y –como diría Pla– las agrias y febricitantes angustias del futuro.

Un Comentario

  1. José Luis Avello

    Avelino, me gustan tus sonrisas irónicas de medio lado mientras la otra parte permanece impasible. Pienso en tus ojos febriles mientras escribes los primeros párrafos. Noto que, esta vez, te ha costado poco trabajo escribir. Te lo dieron todo hecho. Gracias porque me has liberado de un peso. Estoy en una fase de retroceso que creí que era consuetudinariamente propia de mi edad. Fíjate que he vuelto a Miguel Torga a buscar sus mis raíces ibéricas. He vuelto para rebuscar las razones de la sinrazón de nuestros políticos. Me alejo de la modernidad para escarbar y excavar en la sinceridad de los autores que se fueron sin dejar de irse. Gracias, de nuevo, por resucitarme de este mundo del que me estaba alejando pero sin apartarme de él.

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