Querido diario (37)

© Fotografía de Avelino Fierro.

© Fotografía de Avelino Fierro.

A partir de una lectura de poesía en el Bar Belmondo, en León, el autor reflexiona sobre lo que allí acontece: “Parecen también estos tiempos impíos y desolados. ¿Vuelven por ello los poetas? ¿Empezamos a sospechar que necesitamos la poesía para vivir?…”

Por AVELINO FIERRO

Estaba adelantada la tarde cuando M.M. me llamó para pedirme que me ocupara de sus asuntos al día siguiente en la oficina. No se encontraba bien; tenía unas décimas y me dijo: “Estoy ronca como un ganso.”

Al rato salí hacia el Belmondo, donde se celebraba una de las lecturas del festival poético de invierno. Yago tenía puesta una música francesa de aquella época en que todo eran preguntas, Anna Karina nos enamoraba con sus ojos grisazulados y los pasquines sonreían desde los muros de ladrillo. Acodado en un extremo de la barra, había empezado a recitar un joven que lucía un pelo ensortijado a lo Dylan Thomas. Leía bien, como el galés, y engarzaba los poemas en un papel sin fin, con el tono de un chelo que no desfallece, sin vanidad en el decir, con un punto escaso de voluptuosidad y obligado distanciamiento. No en vano eran poemas llenos de reproches a los días y los nombres del pasado. Había poca luz y mucho silencio. En el concierto de la naturaleza podría haber sido la voz de una alondra.

En el libro con la correspondencia entre Tomas Tranströmer y Roger Bly, Air mail, hay muchas referencias a las lecturas en público de ambos. Son los años sesenta y algunos poetas parecen ganarse la vida dando recitales. Ya lo dijimos: tiempos de interrogantes, de revoluciones cotidianas, una época en la que –como alguien escribió–, entre la cabeza reventada de John F. Kenedy y el casco numantino de Salvador Allende hay diez años prodigiosos.

En una carta de 23 de abril del 68 Roger le dice a Tomas que está en Thaxted, en una casita frente a una bandada de gansos que se pasan toda la noche graznando en voz baja y ronca, como divorciadas neoyorkinas. “He leído –sigue escribiendo– libros taoístas que emiten sonidos puros y diáfanos, como flautas. Mi voz, por desgracia, ocupa un lugar intermedio.”

Los recitadores antiguos se hacían acompañar de flauta, o cítara, o lira. No sucede así con nuestros rapsodas de hoy, que sólo se ayudan, las más de las veces, de un micrófono siempre mal orientado. Y si la lectura es en un bar seguirá el tintineo de los vasos, y las conversaciones y los clin-clon de la caja registradora.

Parecen también estos tiempos impíos y desolados. ¿Vuelven por ello los poetas? ¿Empezamos a sospechar que necesitamos la poesía para vivir? Roger Wolfe lo escribió en uno de sus diarios y pedía una poesía relevante, íntimamente relacionada con la vida real de cada ser humano, una poesía necesaria como ese cigarrillo, como ese primer café, como ese periódico de cada mañana.

Cristina trajo al poeta a leer a la ciudad. Leyó en un bar y leyó bien. Luego, lo hizo en un salón a media luz y no resultó. Yo creo que no había elegido bien los poemas, de entre dos enormes carpetas, y no encontró desde un principio el tono adecuado. Quizá le agobiaba su propia voz, “mi propia monótona milonga para dormir a un muerto”.

Aquélla fue una de las primeras lecturas en público del año. Después, han venido otras guiadas por la mano de Rafa Saravia. Los oyentes nos repetimos, aunque en el último recital en el Tribeca había caras nuevas e incluso algunos de entre el público, animados por los organizadores, salían a leer sus largos poemas compuestos unas horas antes. Uno recuerda entonces los diarios de Seferis. El 28 de octubre de 1929 anota que pide diez días de vacaciones para terminar un poema que le viene torturando desde hace tiempo con su ritmo; el 20 de diciembre de 1930 vuelve a pedir un permiso para tratar de acabarlo. El 31 de diciembre ha finalizado el poema, “Canto de amor”, sudando sangre, sin exageración –dice–, después de trabajar diez horas diarias.

En esa sesión nocturna, en una terraza vagamente techada, yo atendía más a mis pies fríos y a la luna; Manilla me prestaba sus oídos y sonreía ante los sinsentidos y las cacofonías. Leyeron bien los invitados, animaron el acto con sus voces –mirlos, ruiseñores, hasta alguna corneja– los espontáneos. Un muchacho desorientado y absorto también desbrozó unos apuntes escolares sobre el escepticismo. Era el único que parecía dudar. “Otro día traeré algo mío”, dijo, mientras volvía a su asiento y fijaba la vista en un punto indeterminado.

Leen los poetas sus versos y alumbran de nuevo el momento de su creación; fulgen destellos de aquel momento inicial de la espera. No sucede a menudo. Jordi Doce dice haber vivido ese instante en algunas lecturas de Antonio Gamoneda, la última en El Escorial, en el verano de 2003. “La voz había cambiado sutilmente con los años, se había hecho más grave y espesa, fluía con más lentitud, pero no había perdido la capacidad para hacer el silencio a su alrededor; un silencio atento, erizado como un gato, lleno de tensión y expectativa. Antonio leía y en muchos rostros –los tenía frente a mí, no podía ignorarlos– se iba dibujando una expresión de asombro, de sorpresa contundente, que ni siquiera el aplauso final borró del todo. Creo que muchos tuvimos la impresión de haber vivido un acontecimiento, algo cuyo sentido profundo se nos escapaba sin dejar de interpelarnos. De aquella semana es quizá lo que mejor recuerdo, junto con la lectura también inolvidable de Eugenio Montejo, otro poeta capaz de jugar a voluntad con los silencios.”

No todos tienen derecho a sentirse vecinos del eco o compañeros de la bruma, como René Char, pero el verdadero poeta “oye voces”, percibe el conflicto entre la identidad de la obra consigo misma y su transformación durante el proceso de expresión y recepción. Ese murmullo leve, ese hilillo de la corriente creadora que discurre subterráneo y de vez en cuando aflora, esa intuición de un potencial numinoso que cristaliza en su voz, es privilegio de unos pocos.

Y oyen esa especie de canto que pedía Valéry, oyen a quienes han cumplido antes ese rito, ese estado de tensión casi irresoluble. Oyen a Coleridge, su voz sonora y musical, mientras camina por un terreno accidentado o abriéndose paso entre las ramas enmarañadas de un bosque, o a Wordsworth, por un camino recto de grava, con su mezcla de acentos claros y efusivos, con su entonación gutural y un fuerte tinte de habla rústica, como los describió Hazlitt.

O a Claudio Rodríguez, corrigiendo o modificando sus poemas mientras va por el campo, encabalgando versos mientras sube a una loma con pasos largos. O a Brodsky, su voz poderosa y quebradiza a la vez, la voz de un solitario en tantas habitaciones de hotel o en estancias frías, que es segura y contundente tras haber dudado tanto. O la voz de Unamuno, que transformaba sus versos poco musicales, que les daba su verdadero tono, su verdadero rostro, su auténtica grandeza. O a Tranströmer, que llega un día de noviembre del 67 a aquel simposio de escritores en Berlín, sale tropezando del taxi y lee “Nach einem Tod”, de manera que –le cuenta a R. Bly– “no quedó un ojo seco”. O la voz del padre de Borges en la biblioteca familiar, pronunciando palabras que un pequeño no entiende, la “Oda al ruiseñor” de Keats, y que ese niño recordará siempre. La voz de Zbigniew Herbert, sorprendentemente profunda, grave, fuerte, hermosa y bien impostada. Oyen a Lowell leyendo en Washington sus versos contra la guerra, con McNamara contemplando la escena desde un entreabierto balcón del Pentágono. O a Lorca –como recuerda Alberti–, recitando su “Romance sonámbulo”, su misterioso dramatismo, más escalofriante aún en la penumbra del jardín de la Residencia de Estudiantes susurrado de álamos.

El lenguaje emocionado que transmite algo de sentido,  que a veces alcanza a frotarse contra la piel de los otros… que hasta puede meterse en nuestras bocas como un hueso de cereza tecleándonos los dientes…

Voy ahora a la oficina. Pasan nubes con olor a ropa tendida y risas de mujer. Luego iré a la librería a recoger los libros de Pablo Fidalgo Lareo, nuestro primer lector. Atiendo mis asuntos y los de M.M. También estoy algo afónico, pero mi tono habitual es para provocar bostezos. Quizá por eso nunca seré poeta. Ni siquiera leeré en público poemas de los autores que amo. No quiero darle la razón a Roger cuando escribe que la poesía es una de esas actividades que se acaban convirtiendo en refugio de farsantes, charlatanes y chiflados… vistas las legiones de chapuceros intrusos del “todo vale” que acapara en su seno.

A los lectores nos queda la Voz para los bares. O el trabajo. Hace unos días llegaba a la oficina el anuncio de un manual de “Estrategia de oratoria práctica para abogados” o “Cómo hablar eficazmente en el proceso civil, penal, laboral, ante el Tribunal del Jurado y Juntas de Comunidades de propietarios”. Un logopeda para los que se traban. No les pasa a quienes llevan su asunto bien estudiado.

Vamos pues a leer, ahora que hemos regresado a casa para escribir esta coda con un poco de estruendo, como cuando Ramón Gómez de la Serna leía versos en un circo de París a lomos de un elefante. Vamos a olvidarnos de los charlatanes y palabreros. Vamos a esperar al fin de la canción de Nick Cave, “Jubilee Street”, otra retorcida narración de las suyas, con hermosos arreglos de cuerda y su voz escasa, lenta, de inflexiones que sólo traen el poso de los  años.

Vamos a ver la luna, que hoy está llena y juega a dibujar el contorno de las nubes que se cruzan y la ocultan en este momento de la noche. Vamos a quedarnos en el silencio, quietos, callados, como en  esos retratos velazqueños en los que, como diría el personaje cervantino, “el mismo silencio se guarda silencio a sí mismo”. Silencios mudos. Vamos a sentir y a oír pasar la triste y lenta caricia del tiempo.

  1. tino

    Ahí, ahí… leyendo este último párrafo me he recordado sentado en la solana de una casona, en Pido cierto día de un diciembre, sobre una gran piedra arrimada a la pared (o tal vez fuera un leño), forgando un palo y escuchando todo lo que se podía escuchar, más algún vagido intranquilo. Ninguna labor, ningún beneficio.
    Y lo vuelvo a guardar, quizá tenga tiempo de necesitarlo otra vez.
    Gracias.

  2. joseluisconty

    Escribir es perder intimidad, dejar abierto un resquicio, una hendidura por la que el lector puede intuir tu “yo”, y creo que ese “yo” tuyo, que lee en silencio, disfruta con los juegos del lenguaje, se emociona con las palabras y las ideas y, sobre todo, con el ritmo de un buen verso.

  3. Hace días te he leído. No estaba para ti. Volví a mis quehaceres profesionales. Hoy he regresado de ese exilio cotidiano. No te había olvidado. Me has enseñado mucho pero poco es lo que he aprendido. No eres tú el culpable.
    Este 37 es redondo, como a mi me gusta, lo que espero de una buen autor. Tu oficio de lector, aunque vas mucho más allá, avanza entre poemas y recitales, describe a los proganistas. Podemos intuir cómo visten, cómo huelen, cómo se encumbran y cómo fracasan, y sin aludir a lo específico de cada situación. Nos hablas de poesía y de poetas, incidiendo en que no es lo mismo.
    Este 37 lo presentas como un entreparéntesis de tu vida laboral, los corchetes se hallan al comienzo del texto y al final donde deben estar. Y así nos vas describiendo. Siempre habrá un M.M. al principio y al colofón de cada uno de tus análisis. Y así es ese tu discurrir mecido por las olas de tu propio mar.
    Parece que todos estuviésemos posando para ti. Esperando el destello de tu flash.

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