Los seres imposibles de Jorge Morgan

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Exposición de la muestra pictórica y escultórica ‘El jardín de los cactus y las odaliscas’, de Jorge Morgan, en el Palacio Ducal de Medinaceli (Soria), del 5 de abril al 24 de mayo.

Por MARÍA MORUETA

Existen seres que habitan lo imposible, espacios donde esos habitantes inexplorados conjugan la quietud de sus formas con la inquietud que desata su presencia, la belleza de sus volúmenes con la violencia que expresan, la serenidad de su pose con su latente indefensión.

Y uno de esos mundos imposibles bien podría hallarse en los jardines de cactus de Jorge Morgan Jorge.

La belleza hiriente se percibe al adentrarse en un escenario inquietante de una profundidad verdinegra, con el confuso trazo de una foresta agreste de la que escapan planos de color, profundos fucsias, emergentes amarillos… son preámbulos de una flor exótica escondida bajo el tapiz armado de los cactus.

Y en ese mismo caminar de la mirada entre las frondosas criaturas del sol, la arena y los cielos infinitos, la mente del creador evoca el mar.

En todo arte subyace lo imposible, el canon a derrocar, la norma a romper, la libertad espoleada por el aliento joven e intrépido de la rebeldía.

Y un jardín de cactus guarda ese mismo secreto de la creación. Aunque enraizado en la tierra seca, vieja y cálida, pero amada por el sol con una pasión que devoró su fértil belleza para labrar luego una insólita hermosura, el jardín transita hacia lo imposible y se sumerge bajo la paleta insurgente de Jorge Morgan hacia las profundidades azules y acuosas del mar.

Es un mar nocturno y cimbreándose entre los fieros puñales de los cactus y los presentidos pétalos de las orquídeas, la mirada descubre sorprendida hojas que son peces, peces que son hojas, sueños de lo imposible.

Quizá sea la perfección de sus formas, la resistencia a las conjuras del cielo, el orgullo de su porte, la fiereza contenida. El cactus, forjado en acero o en bronce, es un soldado vegetal, que se muestra distante, preparado para la contienda, inflexible al sol y al viento, casi tan hermoso como violento, esplendente y que, sin embargo, guarda bajo su metálica piel un cuerpo cálido, acuoso, débil, anhelante de una caricia…

Acaso no es eso mismo un hombre…

Acaso un hombre no es un ser imposible.

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