Querido diario (45)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

“Ha pasado el uno de mayo. Estuvimos ese mediodía en la Plaza del Grano, donde los anarquistas celebran su fiesta alternativa. Javi Carbajo andaba preocupado porque no le había cogido el aire al nuevo cacharro para la paella…”

Por AVELINO FIERRO

Mañana de hospital. Sin pánico. Ya sé llegar bien a este culo de saco de la planta de dermatología. Me muevo con seguridad por ascensores y pasillos, como pez en el agua, como enfermo crónico que sabe su destino. Camino entre un agua turbia, un aire enrarecido cargado de miasmas, lamentos, oraciones, propósitos de enmienda, angustias que conjugan el pensamiento en pretérito imperfecto.

He recordado ahora el verso inicial de “Conversaciones poéticas”, de Gil de Biedma: “Predominaba un sentimiento de general jubilación”, porque todo en el ambiente habla de resignación, de frustración, y le da la vuelta a ese inicio eufórico del poema. Lo he recordado porque en el folio doblado que utilizo de marcapáginas en el libro que he traído para entretener la espera está impreso un texto remitido por E. el 11 de abril, a las 21:16, que se titula “Gil de Biedma”:

“Lo conocí, en casa de su hermano en Cardedeu. Personalmente, estaba amargado, pero los gil de biedma en el día de san luis, hacían una fiesta que empezaba el sábado y acababa el lunes, ininterrumpidamente, y llegaba y se iba gente, con bufet ininterrumpido y llegaron y cantaron habaneras de Calella de Palafrugell, y un trío de cuerda y Alicia de la Rocha con cuya hija yo tenía un romance de 7 días. Y fui muy amigo de Marta Gil, su sobrina y de Javier, su marido y opositor, que ya murió.

Y bajé desde Puigcerdà, y vi tanta cultura y tantas cosas bellas

Y me emborraché y ahora la 2 emite un reportaje sobre Jaime

Y todo pasó antes de conoceros, y la plaza del charco, y asun y parodi, y los geldes y el tenis y san Felipe y los gin tonic y la lenta e inexorable rueda de la justicia

Y

Vaya ud a saber

Qué raro es todo

Enviado desde mi iPhone”.

Sí, todo pasó, Ahora nuestras ideas sobre cualquier posible paraíso están bastante claras. En la sala de espera predominan los mayores. Sólo una jovencita inquieta, de pie, una representante de farmacia, hace garabatos con su cuerpo. Abro el librito. Es el diario de Sergio Fernández Salvador. Y cuando estoy acabando el prólogo breve ya vengo a oír mi nombre, pronunciado tan en alto que me ruborizo. Ya no resulto desconocido para los demás. Siento deseos de saludarlos y hablar con cada uno: “Hola, me llamo Avelino, como habrás oído: yo también tengo llagas, quistes, lunares malsanos, verrugas y forúnculos. Yo también soy tú”.

Sigue los pasos de la enfermera mi carne triste, mi primera persona de singular, mi presente camina ahora por la vida conjugando el verbo ser en forma perifrástica, pero en la sala de quirófano todo va a cambiar: cuatro jovencitas me acogen en su regazo, me tratan como a su peluche favorito. Firmo algunos papeles sin leer, a pesar de su insistencia. He rubricado manifiestos, alegaciones, peticiones, protestas, impresos, obligaciones subordinadas, siempre sin leer. Hay que creer en los demás, tener confianza en ellos.

Todo me conforta, el tono de sus voces, la luz, cómo se mueven. Me tumbo sobre una camilla y me ponen unas gruesas gafas de cristales ahumados. “Es por el láser”. Les digo que qué ilusión me hace porque al ser tan miope nunca las llevo de sol. Aprieto los dientes al sentir los pinchazos de la anestesia. Veo borrosas luces como si fuera reflejos de un sol en la playa y las manchas verdes de sus uniformes como palmeras meciéndose. Me siento como un agente secreto al servicio de Su Majestad la Reina con todos los gastos pagados. Un olor a carne quemada y un hilillo de humo de la barbacoa de mis dedos me recuerdan la canción de Gabinete Caligari. Una de las enfermeras me ha tenido cogido de la mano y me pasa la suya por la frente. Todo acaba en unos minutos. Me visto, un poco mareado de felicidad y agradecimiento. Me gustaría hacerles la ola o el ganso o bailar una reverencia. Así es, a pesar de todos los palos en la rueda, nuestra Sanidad pública.

Han pasado unos días. Ha pasado el uno de mayo. Estuvimos ese mediodía en la Plaza del Grano, donde los anarquistas celebran su fiesta alternativa. Javi Carbajo andaba preocupado porque no le había cogido el aire al nuevo cacharro para la paella. También el ambiente era un poco como el de mi quirófano, de resistentes, pacientes, no resignados ante la adversidad.

En la plaza brotaban, igual que esas tiernas hierbas que veía entre sus cantos rodados, sonidos del ayer (las madres de los miércoles y recuerdos más blancos que las legumbres ofrecidas en los ábsides, el país desolado de los censos, como nos recordó el poeta). Vi a Antonio Cid, Víctor y Camino, Toño F., Jokin, Angela

Llegaban murmullos del pasado. Alimentaban ese ideal ético y de ensueño, esa revolución moral que se eleva sobre formas de gobierno, monarquía y república, derechismo e izquierdismo, la multiplicidad de los partidos y sus etiquetas, su parlamentarismo y sus convenciones, la vulgaridad burguesa, la grosería plutocrática, el esnobismo falsamente señoril, la inconsciencia popular, la necedad de los comicios, los lugares comunes de la prensa…; hondura, educación, renovación, íntima austeridad… Palabras todas que extraigo de un texto de D’Ors sobre Charles Péguy, “Los aspectos de la revolución española”, de 1931. D’Ors, ese esteta zarandeado por las Ideas.

Mientras, Libertad corría entre los árboles y la fuente.

Y ahora estoy aquí, ordenando la biblioteca y mirando el calmo final del atardecer. En el libro de Julien Gracq que ahora ojeo, éste ve desde su ventana el verde valle del Mesnil, salpicado de sauces aislados, y enladrillado de amarillo apagado por la siega, lo que le recuerda un cuadro de Van Gogh. Yo veo los tejados de las modestas casas del barrio, el cielo tornazulándose, el rastro cada vez más hinchado de la estela de un avión. Y los vencejos que han llegado hace unos días. Los últimos de la tarde, presurosos en sus quehaceres. Como si anduviesen a la búsqueda de más mosquitos para la cena porque llegan invitados imprevistos… Ahora van quedando solo tres en el cielo, que hacen cabriolas, volatines, tirabuzones rompiendo el aire. Creo que se adornan en sus vuelos al ver que los miro; éstos lo tendrán todo preparado; calentar y servir. Ya se despiden. Las luces se encienden. La terraza está aún tibia y es dulce dejarse mecer con la música y la luna breve, difuminada, y una brisa suave que quiero creer que invita a alguna forma de esperanza.

  1. Muy bonito, Avelino. Esto va a dar para un libro gordote.

  2. de lo prosaico a lo poético con maestría. un abrazo.

  3. de lo prosaico a lo poético con naturalidad y maestría. un abrazo.

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