Querido diario (49)

© Ilustración de Avelino Fierro.

© Ilustración de Avelino Fierro.

“Cuando el editor me dijo que escribiera un relato para un libro sobre aluches, le dije que no”, recuerda el autor. El cuento, sin embargo, decidió que quería ser escrito a uña de caballo… Se titula “Octubre” y está dedicado a Ignacio Guereñu.

Por AVELINO FIERRO

Hace un par de días compré en la librería de Paco unos libritos de Simenon. Lo hice pensando en que me podrían servir para aprender a escribir algo de ficción, un relato breve. Encontré cuatro del autor, alguno con puntos de óxido y con el precio anotado a lápiz y en pesetas. Elegí dos porque los personajes tenían nombres no ingleses, sino franceses, Marcel Féron y Charles Alavoine; y es que llevo una temporada dedicado –y es pura casualidad– a “lo francés”. Hasta puedo decir que ojeando ese día las estanterías, en busca de nada, porque estaba distraído pensando en una desgracia que minutos antes en la calle me había contado una de esas personas que se deleitan con las minucias de las tragedias —el muy capullo sería buen escritor: ya sabemos que la literatura está en el detalle—, posando la mirada en los lomos de libros, reparé en uno de color amarillo-huevo de corral y descolocado. Con ánimo de devolverlo a la ordenada fila lo cogí y pude ver que era una guía de Saint-Germain-des-Près, de Boris Vian. Lo francés me seguía acosando. Lo estoy viendo ahora mismo, en mi mesa, mientras escribo en esta mañana de viernes gris de vacaciones.

Estábamos en que uno no se siente escritor de ficciones, no es su fuerte, y anda buscando autores que le enseñen algo. Y por eso sólo insiste en este registro de escribir —de llevar— un diario. No anda uno peleando a brazo partido con las metáforas; esto es algo más modesto, una especie de registro de acontecimientos, un acta notarial: abres la ventana, calibras el oído y la vida te va impregnando de imágenes, sonidos o siluetas esa sutil y fina membrana que anda por alguna parte del cerebro y que trata de atraparlas, como el negativo de una cámara oscura.

Y, sin embargo, en el origen de mi libro Una habitación en Europa están los cuentos. Porque yo había escrito tres o cuatro para que algunas reuniones de amigos pudieran recordarse mejor. Luego imprimía varios ejemplares y se los mostraba a los que habíamos estado unos días en los Ancares o habíamos tenido alguna noche tremebunda y canalla.

Les entregaba esos folios con cierta vergüenza. Algunos ya eran escritores añejos. Pero es la necesaria modestia del escribidor. Así creo que deben ser las cosas, salvo que uno sea un animal literario (como Umbral, “yo he venido a hablar de mi libro”), o un animal auténtico (como Cela, “si me pone usted ahí esa palangana le aspiro el agua con mi trasero”). Eran los míos relatos austeros, fotos fijas de una parte de nuestras vidas, escenas cotidianas. Y esto me ha recordado la frase de Blanchot, “el diario es el ancla por medio de la cual el escritor se ata a la realidad cotidiana”. Pero en mi caso también los relatos y cuentos marchan acompasados al paso de los días, son poco imaginativos, la realidad está en ellos como un chicle pegado a la suela del zapato.

El escribir enfrentándose al lenguaje, tratando de doblegar el peso de la sintaxis, cuestionando el poder o las vidas múltiples de las palabras no está hecho para mí, es una complicación que no quiero abordar. Seré un tanto cobarde…

Los dos cuentos del libro son sucios, ásperos. Parece que la ficción a mí no me muestra su cara angelical, amable; me viene esquinada o de culo, con pedorretas. Uno narra una refriega tremendista en una casa de citas; el otro, como dice Yago, es un “falso Carver”.

Y es que escribir ficción es algo agotador, que te encabrita los nervios. Eso, un refregón del que uno sale siempre con raspaduras o hasta despellejado. A veces, cuando me he puesto a ello, la contienda no es una simple escaramuza, es una auténtica batalla. Y yo, en esos casos, prefiero quedarme en la retaguardia, inactivo. Como Napoleón en Borodino, pues dicen las crónicas que “todo el día estuvo en una hondonada caminando de un lado para el otro y sólo dos veces subió a una colina”.

Cómo no va uno a esconderse en la trinchera si cuando te da por asomarte caen en tus manos cuentos como “Velocidad en los jardines”, “El Congreso” o “Tarpanes”, que te ciegan y te hacen caer de nuevo en la zanja. O te da por instruirte un poco sobre las teoría del oficio, a ver si aprendes, y ves que lo que buscan y consiguen es “jibarizar el mundo”, crear “piezas a las que no les falta ni sobra nada, precisas, breves, intensas”, “ejercitar una prosa burilada”, “hacer que lo terrible aparezca entre líneas, asomándose y escondiéndose como un monstruo apenas atisbado”… Y te sientes impotente, asustado… y regresas a tu cubil. Y vuelves de nuevo a tu cuarto, a tu ventana, a tus nubes y palomas, a los tejados de las casas del barrio. Y tomas notas para el diario de esos días, levantas acta de lo anodino, de tus rutinas.

Por eso, cuando el editor me dijo que escribiera un relato para un libro sobre aluches, le dije que no.

A los pocos días de negarme a ese encargo, un sábado, tuvimos que ir a Palacio. Era un día gris, desapacible, de comienzos del verano. Yo madrugué y estuve un tiempo con la luz del flexo y las persianas bajas, leyendo. Ignacio celebraba su cumpleaños y nos invitaba, como otras veces, a comer.

Pensé que estaría bien hacerle un regalo, además de las dos botellas de rioja, y ponerle unas palabras largas de felicitación en un sobre. Y escribí un cuento. Un cuento sobre el tema que me habían propuesto y que había rechazado.

De la sombra de la habitación llegamos a la casa en penumbra. Habían montado la mesa con unos tableros en el portalón y cerrado una parte con plásticos porque caía una lluvia intermitente con un viento racheado que hacía que el agua salpicase los tobillos. Éramos menos invitados que otras veces. El lugar era como el de mi relato.

Como diría un crítico, con esas palabras que parecen importantes y hasta verdaderas, pero difíciles a veces de entender, se había establecido una topografía, la literatura había producido un lugar y allí se asentaba la significación. Todo se recomponía en otro contexto. Había cedazos y aperos de labranza y un mueble del juego de la rana desvencijado. De una viga alta, resistente, colgaban una cuerda y un quinqué.

El cuento, escrito a uña de caballo (nada quiero decir con ello, nada más que eso, que lo redacté en unos instantes porque si le hubiera dedicado más tiempo lo corregiría, rompería y habría acabado en la papelera), lo titulé “Octubre”, recordando el poema de unos de mis autores preferidos, del que aproveché un par de frases que a la postre son las que levantan el texto, y dada la manía del anfitrión a disertar en las sobremesas sobre los años venideros y el más allá, la dedicatoria rezaba “Para Ignacio Guereñu, que tanto nos habla sobre El Final”.

“Aquella tarde, mientras un viento insidioso hacía batir el ventanuco de la cuadra, Adelmo pasaba las hojas de aquel libro lleno de fotografías. Era un libro grande con la historia de la lucha. Se lo habían regalado junto a una medalla, un diploma y un sobre con tres mil pesetas en aquella final provincial en el Palacio de Deportes.

De vez en cuando levantaba la vista hacia la lumbre y el humo tenue que subía chimenea arriba. O miraba a través de la ventana hacia el camino que se pierde entre los primeros árboles. Por allí, recordó, encontró aquella tarde de verano a Elvira, que volvía con un hatillo de hierba y cómo se atrevió a dirigirle la palabra. Recordó los días escolares en La Vecilla, y por qué no pudo seguir estudiando al tener que ayudar a su padre con la granja, que nunca acababa de ir bien del todo, renovando siempre papeles en el Banco.

Todo se le embarullaba ahora en la cabeza. Miraba hacia adentro, en las páginas de un libro imaginado en el que se sucedían deprisa imágenes o fotos cual fogonazos, sobreexpuestas, la mayoría de ellas en blanco y negro.

Dejó la colilla sin apagar y se aflojó los cordones. Cuando el crepúsculo fue como de herrumbre se levantó, cogió la cuerda nueva que estaba enrollada en un gancho tras la puerta y se dirigió a los establos. Vio que el nudo funcionaba bien. Iba despacio, tranquilo, a oficiar aquella insensata celebración de la desdicha.

Más o menos a esas horas, en el tanatorio de la ciudad, Jose Carlón despedía en silencio a su madre. En aquel momento de calma, sin asistentes ni amigos que vinieran a estallarle la mano.

Encontró a la salida a Gus Berrueta y fueron caminando, un poco molestos por el aire, hasta el hotel Quindós, donde yo esperaba en la barra hablando con una chica de uñas pintadas de verde y un poco bebida.

Estuvimos tiempo por los bares de la zona. En el Puerto Chico, al ver aquellas fotos de la montaña vieja e imaginarme a sus pobladores astures, recordé el encargo de Héctor, el editor, y les hablé de ello. En unas servilletas de papel anoté algunas de sus palabras y bastantes expresiones, “garabito”, “dedilla”, “trespiés”, “voleo con remolino”… También mi recuerdo de una bombilla de luz mortecina sobre el prado y cómo no había llegado a aquel corro, que Julio tanto ensalzó, por entretenerme en Casa Chana.

Me despedí de Jose en la plaza del centro y le dije que no estaba bien que pasara tanto tiempo sin vernos. Reparé en que ya no llevaba las servilletas en el bolsillo de la cazadora. Y aunque en aquel momento creía recordar todas aquellas anécdotas e historias de luchadores que mis amigos me habían contado dejándome hilvanado el relato, supe que no cumpliría el encargo, que no escribiría el cuento.

En ese mismo instante de la noche triste de octubre, el land-rover de la guardia civil, seguido por el coche en el que iban el forense y el juez de guardia, cruzaba la vaguada que está cercana al río. Asterio, un vecino del pueblo, que volvía con las vacas, había llamado tras parar en la granja al ver que el perro ladraba y los animales se removían inquietos.

El agua arrastraba unos zapatos viejos, letras protestadas y en un cadozo, un trozo de cartón con un florón de sangre del lacre no conseguía soltarse de una rama de palera. Estaba empezando a llover”.

  1. Sendo

    Me has liado a leer el capítulo 49, apurando hasta el final, para no decidirte a escribir un cuento sobre la lucha leonesa. Muy mal. Es un deporte desequilibrante, vigoroso, de vértigo y fugaz; con un atrezzo impropio.Con claras connotaciones con la lucha de la Bretaña, la Turca, la Canaria… pero con un marco grandioso como es la montaña leonesa. A las tierras bajas solo nos llegan los apodos de los campeones. Escribe un cuento Avelino, aunque sea sobre una oropéndola sobre el mar. De Sendo en La Judiega

  2. Manuel Guereñu

    Me gusta el capítulo 49 de tu diario, quizás por el recuerdo de esa comida en un día que mas parecía otoñal que veraniego, o también porque al caer la tarde salió el sol. A pesar de tu miedo a la ficción, supongo que ese cuento estará en camino. Un abrazo. Manuel.

  3. ignacio

    Efectivamente, la manía del Final que nos da sentido y es el guardián de nuestra conciencia.
    Gracias de nuevo, a la vuelta del poblado de Dñª Blanca, del origen, de la bahía.

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