Querido diario (57)

© Fotografía: José Ramón Vega.
© Fotografía: José Ramón Vega.

El autor se reúne con los amigos cómplices de su primer libro, «Una habitación en Europa»: Berrueta, Vega, Héctor, Rodera, Cardo… en el bar de Aldo y Vicky en Coladilla. Rodera prohíbe mentar tópicos sobre la nieve. El autor se come la lengua pero cuando llega a casa empieza a construir su pequeña antología poética de la nieve…

Por AVELINO FIERRO

El primer día que la nieve llegó a la ciudad comenzó con un fulgor inusitado. Como si alguien estuviese soldando las aristas del cielo una luz blanquecina entró en la habitación, donde yo buscaba los papeles con los datos de la cita para el hospital. Era una luz uniforme, densa, opaca, nada hiriente. Como si esos operarios celestes hubieran puesto una gasa rodeando la zona de obras para que los humanos no fuésemos deslumbrados por la luz ultravioleta.

Esos momentos de una hermosísima naturaleza descontrolada, casi inquietantes, armonizaban estupendamente con mi lectura de aquellos instantes: “Porque lo bello no es nada / más que el comienzo de lo terrible, justo lo que / nosotros todavía podemos soportar, / y lo admiramos tanto porque él, indiferente, desdeña / destruirnos. Todo ángel es terrible”.

Allí estaba yo con el poeta, había llegado a él después de buscar en la prosa de su Diario florentino unas referencias que, días atrás, había anotado –y perdido– sobre la escultura. También allí hay un párrafo sobre la luz de la piedra, de su blanca y atemporal soledad, y sobre una luz apacible que aplaca con su blanda ternura dubitativa el bullicio de las cúpulas y azoteas del Palazzo Vecchio, que están como empedernidas en su viejo orgullo.

Bajé de estas ensoñaciones instantes después cuando, al llegar al garaje, un salto mal calculado hizo que no alcanzase el bordillo. Un agua gélida y terrosa, no sé si de sal flotando o de pequeños trocitos de hielo, metió un escalofrío en mi pie derecho. Iba, como siempre, con el tiempo justo y no podía volver a casa a cambiarme.

En aquel momento debieron de acabar las obras siderales y la luz cambió. La atmósfera vibró y los paseantes quedaron absortos de nuevo con la salida de los rayos de sol. Porque a cada uno parecía acompañarle como un lazarillo, y acariciarlo, el suyo. Sí, era cierto, llegaban a la tierra desperdigados, saliendo cada uno por los agujeros de un cedazo inmenso. Posiblemente ese había sido el encargo del Ángel: “Evitadme el espectáculo ingrato de los hombres. Ponedme una rejilla entre yo y el mundo; nadie grita, salvo los poetas, pidiéndome que llegue hasta su corazón”.

Enfilé la larga avenida hasta los hospitales. Aquel instante de la divinidad tuvo una última resonancia: la ciega que atiende la cabina de lotería de la plaza había presentido los rayos. Es una mujer joven, de unos treinta años, de largos cabellos rubios. Estaba enfundada en un anorak marrón que llegaba casi hasta el suelo. Se fue a la parte trasera y levantó el rostro hacia el Este. Llevaba grandes gafas negras. Encendió un cigarrillo, dio una calada lenta, profunda; el hilo de humo ascendía; abrió los brazos. Su rostro se iluminó y empezó a sonreír; en unos metros a su alrededor todo brillaba. Yo la observaba desde la parada del semáforo que marca una travesía absurda hacia unos prados. Allí estaba pasando algo que no acertaba a explicarme. Puede que ella estuviera en aquel momento intercediendo ante el Ángel, o ante otros mortíferos pájaros del alma.

Llegué a tiempo a la consulta de dermatología; tuve que esperar. Mientras tanto pude leer el capítulo trece de Ciudad abierta. Conseguí abstraerme hasta de mi zapato derecho, que todavía rezumaba bastante. Me estaba entreteniendo la lectura, porque el autor narra con muy buen tono el olvido del número secreto de su tarjeta bancaria –algo que a mí me había sucedido hacía unos días– al asociarlo a la película de Wong Kar Wai, 2046. Me decía que este tal Julius, un psiquiatra nigeriano, padece en Nueva York cuitas parecidas a las mías, que también tiene problemas así de idiotas y que esa obsesión por el film quizá lo llevaría a ver todos los días, como a mí, algo parecido a la foto de Tony Leung y Zhang Ziyi, los amantes en esa obra, abrazados, a los que yo he colocado en un bote de lápices, como un pequeño gallardete ondeando y publicando la imagen del amor.

Unas páginas más adelante nuestro escritor presencia la primera nevada de ese invierno mientras toma la línea N de metro para asistir al Carnegie Hall, donde la Filarmónica de Berlín, dirigida por Simon Rattle, interpretará la Décima Sinfonía de Mahler, el genio –dice nuestro autor– de las despedidas prolongadas.

Yo tenía consulta en el mismo Servicio, para revisar mi mano y mi espalda, en dos horas distintas. No sé si era casualidad o razonabilidad del sistema público de salud. Sin embargo, en la primera, el retraso llegaba ya a juntarse con la llegada de la segunda; ¿Me tendría que dividir? ¿Disputarían por mi piel extraña, me despellejarían las dos doctoras? Oí de pronto repetir mi nombre en el cuarto de al lado. Carmen, la enfermera de la segunda consulta, llamaba al móvil de mi mujer para anular la cita, para decirle que la doctora Elia había quedado atrapada por la nieve. Otra enfermera comenzó de pronto a hablar: “¿Avelino, Avelino Fierro? Pero si lo tengo ahí fuera esperando”. Pensé que esta era una nueva y peculiar forma del “cruzado de datos”. La Sanidad empezaba a funcionar tan bien como la Inspección de Hacienda.

Carmen salió sonriente y se puso en jarras: “Mira que tú y tu manía de no llevar móvil”. Me llamaron al poco tiempo. Mostré mi mano; mi quiste volvía a aparecer. La doctora dijo: “Esa es una de las posibilidades: recidiva”. Y anotó esa palabra en mi historia clínica. Sentí el sabor amargo del fracaso. Dócil que es uno, había dejado que me incluyeran en un proyecto novedoso de uso del láser. Para nada. Si hubieran cortado, sajado, con el método tradicional… Mientras me hacía unas fotos del bultito comenzó a hablar con la enfermera de los regalos que les había traído un residente colombiano para celebrar el embarazo de su mujer y de cómo venía acompañado de una mucama, puesta por su suegra para que vigilara la gestación. La enfermera habló de algunas tradiciones parecidas en su lugar de origen y de una novela de García Márquez. Yo metí baza en la conversación, que acabó con el inaudito asunto de la adopción de gallinas chinas que un ventorrillo en las afueras de la ciudad ofrecía a desnortados y snobs ociosos.

Nuestro hospital me pareció, por momentos, tan cosmopolita como el neoyorkino de Julius. La doctora finalizó preguntándome por mi nivel de satisfacción personal. Miré mi mano y vi que la cirugía no había dado ningún resultado. Pero después de aquella animada charla sólo podía dar una cifra: “Diez”.

Como me había ahorrado la segunda consulta subí unos pisos y pasé un buen rato viendo nevar desde un gran mirador acristalado. Vi las enormes chimeneas de ladrillo, los desmontes y ejidos que fueron los de mi infancia. Un chico de barrio miraba mucho tiempo después, a vista de pájaro, y reconocía aquellos suburbios estremecidos, algunas callejuelas, prados, casi hasta el viejo árbol de juegos al lado de las vías, y sentía demasiada tristeza y un frío antiguo en las rodillas como para seguir allí, recordando.

Hoy hemos vuelto a ver los campos nevados cuando íbamos a comer al bar de Aldo y Vicky. Invitaba a los amigos que colaboraron en Una habitación en Europa. Héctor, Vega y Agustín habían salido antes. Alguien había dado el soplo de que había un sillón rojo abandonado en unos pinares y Vega quería fotografiarlo. Yo salí después con E. Rodera y J. Cardo. Ya a la altura de San Feliz, Ernesto nos leyó el pensamiento y nos prohibió mentar ninguno de los tópicos sobre la nieve. Desgranó algunos: silencio, memoria, manto, lentitud…

Pero ahora que estoy solo, después de lo que tuve que aguantarme y no decir –teniendo también el pie caliente–, la boca y el recuerdo se me hacen agua.

Ha sido fácil. He cogido de un estante cercano varios libros casi al azar. En el poema “La prosa del mundo”, Zagajewski describe el lugar de París en el que está viendo el cuadro de los saltimbanquis picassianos y recuerda que sobre él escribió nuestro poeta del inicio, Rilke. Y sigue: “La nieve yace en torno nuestro. Cubrió la arquitectura del poder. / La nieve envolvió como una funda los edificios monumentales / e incluso las estrechas cabezas de los obeliscos son ya del todo / blancas. / Bajo la nieve respiran sigilosos los árboles provincianos / y los brotes de hojas nuevas duermen muy juntos esperando la señal”.

Panta rei”, de Antonio Manilla, comienza así: “Únicamente nieve / la sangre, el tiempo y los imperios: nieve / que, al deshacerse, va dejando un rastro / que primavera borra con sus brotes / de luz apenas apuntada”.

En “Día de nieve”, de Rodrigo Olay, leo: “Eres tú, nata fresca / o labios de cristal, / silencio desplomado…”.

En Walden, H. D. Thoreau escribe: “Quien vino a mi casa de más lejos, a través de fuertes nevadas y tenebrosas tempestades, fue un poeta. Un granjero, un cazador, un soldado, un periodista, incluso un filósofo pueden acobardarse, pero nada podría detener a un poeta, pues obra por amor puro”.

En Átomos y galaxias, Miguel D’Ors recuerda en uno de los poemas las nieves del Bisaurín y de la Punta Agüerri y la Llana del Bozo, la convertida en cristal inexpugnable en la Brecha Latour, la turquesa en los ibones de Bachimaña, la pisada y sucia, mezclada con hojas de haya, en Zuriza y Tacheras; nieves de Sulayr, de Gredos, nieves cultas del Guadarrama…

En un poema de La Galerna, de Blas de Otero, la nieve alisa el pensamiento, lo sosiega y serena. La nieve, la compasiva nieve.

No quiero dejarme llevar por otro de los tópicos blancos, la tristeza. Así que pongo, muy alto, a Future Islands, su “Seasons (Waiting on you”), y dejo salir al aire de la calle las notas de los sintetizadores gomosos mientras abro al balcón y miro las montañas. Ayer me llamó Ruth, de Greenpeace, para decir que siguen con sus campañas de salvamento de las abejas y del Ártico. Me pidió un aumento de mi cuota mensual. Pensé en Libertad y en que quizá algún día recuerde cuando su abuelo la llevó a ver el hielo, los grandes icebergs. No me podía negar.

6 Comentarios

  1. Curioso, esta misma mañana pasó Aldo por casa y me enseñó una foto de vuestra reunión en Coladilla, degustando el mejor cocido de chivo de toda la provincia y de toda España y probablemente del mundo entero… en la que también aparecía Yuste el quesero… Pero qué bien os lo pasáis! Eso sí, no puedo dejar de observar que es una reunión «de chicos» en toda regla… y eso no quiere decir nada, ¿eh? que no. También me gustó mucho ver otra foto de Rodera junto a su Carpanta, sí, bien simpáticos los dos. ¡Ole por los chicos! Pero lo que más me ha gustado es esa elección de versos y poetas sobre la nieve. Preciosa. Y la foto de Vega.

  2. Puro, luz, sosiego, envolver, blancura, pisada y cristal. Que, junto con la dichosa memoria, el silencio, la lentitud y el manto… ahí andan. Todas. Muy rico el chivo y muy simpática la reunión, pero aquí nadie me hace ni puto caso.

  3. Héctor, Vega y yo salimos antes para hacer una foto a un sillón perdido en un pinar nevado… y para no escuchar poesías sobre la nieve (¡¡—-!!)

  4. Me ocurrió una vez que se me olvidó el número secreto de la tarjeta. Lo curioso es que lo usaba casi a diario desde hacía años y se me quedó la mente en blanco. Quedé preocupado por el tema durante unos días.
    Me gusta la nieve. Me gusta mucho. Y el relato.

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