Querido diario (59)

Grabado de Emiliano Ramos.

Grabado de Emiliano Ramos.

“El capitalismo ha fagocitado el arte”, anota el autor, citando a Lipovetsky, mientras vuelve a ver los dibujos de su amigo Emiliano Ramos y hojea sus notas de aquellos años…

Por AVELINO FIERRO

Un viejo diario que escribí a lo largo de 1993 comienza con dos citas. La primera es un poema del que copio ahora unos versos: “hasta las altas luces en donde muere el día / he bajado por verte, por sentir el peligro / más dulce que la vida cuando llegas ausente / y tomas posesión del aire que respiro…”. Quería que un tono similar impregnase mis prosas. El texto inicial es una breve anotación sobre las Variaciones Goldberg, en la versión de Glenn Gould de 1981, y en el siguiente se narra uno de los viajes que por estas fechas hacíamos a la feria de arte a la que estuvimos acudiendo muchos años. Y el retrato y recuerdo de con quien pasé la mayor parte del tiempo en aquellos días.

“Me alojo en casa de E. Es pintor. Lleva –como él dice– veinte años viviendo mal de la pintura. Es verdad, y eso me indigna. Es un buen pintor y, además, honesto. Tiene la edad por la que fue amigo de las gentes de la “movida” y no consiguió que se le pegara nada del resfriado de la posmodernidad. Fue algo así: esas obras fueron pasajeras y fútiles como estornudos, pero durante una pequeña época dejaron miasmas cual vilanos que iban a posarse en nuevos diseñadores, fotógrafos, músicos, pintores, arquitectos…, que a su vez se constipaban y soltaban burbujas de colores al aire. Y era obligatorio, como mínimo, ser bisexual.

E. no consiguió, a pesar de estar en la cuadra de una galería de aquellas, vivir nunca a la moda. Ni en lo que pintaba, ni en lo que pensaba. Había en todo lo suyo demasiado rigor. Demasiado excesivo: el año pasado, amenazado de desahucio, se permitió deprimirse, bloquearse para la práctica de la pintura al plantearse el estudio de ciertas cuestiones de perspectiva. Y no era nada pretencioso: ni la búsqueda de la Divina Proporción, ni reformular la Idea, ni un nuevo Colonna. Eran especulaciones muy prácticas para resolver casos concretos (en fin, quizá “prácticas” no sea lo más ajustado vista la parálisis productiva en que estaba sumido). Un amigo de posibles, animándole y adelantándole algún dinero a cambio de obra para una exposición, consiguió sacarlo de la angustia”.

He acariciado alguno de sus dibujos, interiores de museo, florestas de hojas enrtrelazadas, rostros como arquetipos de la belleza serena… Y le digo que pasearé con él viendo cosas bellas, que nos daremos un pequeño homenaje.

Entro en la mañana clara. Voy hasta los prados de la Serna. Miro desde allí los montes manchados de blanco. Está el río orgulloso; como una torrentera alegre bajan las aguas del deshielo. La noche de invierno ha dejado algunos cristales de escarcha en el adobe y en las ramas muertas de los negrillos. Viajo ahora en el recuerdo hasta aquel valle de sus orígenes zamoranos, aquella llanura de la que escribió el poeta, “cielo arrasado, con heces de naranja / y láminas de plata ennegrecida”.

Vuelvo a la ciudad por la trasera de la catedral; cruzo el murmullo y los colores del mercado; desde una ventana entreabierta en la calle de La Sal llegan las notas de una vieja canción de amor.

Entro en la exposición de José de León. Allí está, apoyado en una vara que acentúa esa pose suya de tratante de ganado, con su sonrisa franca de pillastre. En una de sus últimas grandes telas brilla un sol hecho con panes de oro. Le muestro el grabado de Plensa que llevo en la carpeta: es una pequeña carta del tarot que representa a la Muerte. Poco después estoy en la tienda de Frank tratando de elegir un marco para la Parca.

De aquellas primeras visitas a Arco han pasado más de treinta años. Para mí que entonces había menos falsas apariencias, insipidez y trivialidad. Y qué agradables eran aquellos días en Madrid, en aquella época en que la corrupción y la desigualdad no se mostraban con tanta obstinación.

Pienso en ello mientras me siento en el murete que rodea la plaza del Grano y miro el ábside de la iglesia. En el pequeño grabado y en estas piedras hay algo del temblor, del aleteo que desprenden los objetos bellos. Como en esta portada del suplemento semanal de un periódico en el que el director del Rijkmuseum posa con la mirada ida ante “El cisne amenazado” de Jan Asselijn. Tres imágenes que rezuman un extraño erotismo, que nos hacen contemplar el mundo de otra manera. Y que nos gustaría compartir contigo, que ahora lees este párrafo, ahora que estás sola y sientes cómo una luz de sombra viene a posarse en tus párpados cansados. (Algunos pensarán que esto queda algo trasnochado, esto de admitir a Kant y a su perrito de la estética idealista como animales de compañía).

Vuelvo a pensar en Emiliano Ramos, en su terca resistencia. Parece un buen ejemplo para ilustrar aquellas palabras de Rilke: “Dejad un solo día de ser modernos, entonces veréis cuánta eternidad tenéis en vuestro interior”. O cuando nos habla de descubrir el verdadero valor de las obras desde la soledad, de encerrarnos dos o tres días con un libro, un cuadro, una canción, y conocer sus hábitos vitales, observar sus peculiaridades, ganar su confianza, merecer su crédito y vivir un sueño, una nostalgia.

Si no es así, ¿cómo vamos a sentir esa mezcla de deleite y estupor que nos producen las obras verdaderas? ¿Cómo, si no, van a venir a socorrernos, a llevarnos de la mano con un poco de dulzura por la cinta del único sendero?

Hoy, en el mercado del arte, todo parece estar –como dice aquel personaje de La gata sobre el tejado de zinc– lleno de mendacidad. Los maestros antiguos miran estupefactos cómo una performance efímera alcanza precios exorbitantes, o escuchan a los especuladores decirles que ya no son sexys.

Puede que esos sean los dos ejes sobre los que se asienta la corrosión de las ideas antiguas, la muerte del arte clásico. Se ha eliminado la competencia artesanal y el virtuosismo, la destreza y la cocina del pintor. Eso viene ya de los puntillistas, del collage cubista y del readymade. Para describir esto, los críticos tienen una palabra: deskilling.

Y, hoy, el capitalismo ha fagocitado el arte. Escribe Gilles Lipovetsky en La estetización del mundo, que la sociedad contemporánea de la profusión estética ya no es portadora de un culto al arte al que se atribuyen altas misiones emancipadoras, pedagógicas y políticas: el arte ya no se considera educador de la libertad, la verdad y la moralidad.

En las páginas de cultura del periódico de hoy vienen igualmente tratados un desfile de alta costura, la última creación de un cocinero de moda y el anuncio de la representación en el Teatro Real del War Requiem de Britten sobre textos de Wilfred Owen.

Lo que nos espera quizá lo resuman bien aquellas imágenes de Blade Runner, la gran pantalla en lo alto de un edificio mostrando un bello rostro de mujer, que seguramente susurra el último producto en oferta de una gran mutinacional, mientras cae la lluvia y en las calles de la ciudad degradada reina la desdicha. Hedonismo y miseria, seducción y monotonía, vidas insignificantes formateadas –dice G.L.– por el consumismo.

     Vuelvo a ver los dibujos de Emiliano, el cuadro grande de los frutos rojos y violetas. Sale la luna sobre un manto rosa que dejó el último sol de la tarde. Vuelvo a hojear el viejo cuaderno y las notas de aquellos días. E. murió hace años. Todo aquello pertenece a un pasado que no volverá. Leo la otra cita que encabeza aquel viejo diario: “Para seguir viviendo he dejado mi nombre / sobre papeles grises y palabras vacías…”.

  1. Sergio Fernández Salvador

    Me apunto la cita de Rilke. Y siempre está bien recordar a un poeta como Javier Egea.

  2. Félix Páramo

    Enhorabuena como siempre, Avelino, sobre todo por el recuerdo de Emiliano. Una pregunta, ¿Crees que todos tus lectores saben/sabemos que detrás de “cielo arrasado con heces de naranja… ” está el Castra Petavonium de Colinas? Venga, un saludo y a seguir produciendo.
    F

  3. Fermin Gallego

    Tus recuerdos y nostalgias de lo cotidiano que a veces podrían resultarme lejanos por el desconocimiento de la complicidad que suele unirlos, llegan sin embargo frescos a este rincón de La Mancha.
    Por cierto, me ha hecho ilusión ver escrita la palabra pillastre, pues mi padre la empleaba mucho cuando era pequeño y hacía décadas que no me encontraba con ella.

    Fermin

  4. Avelino Fierro

    Con amigos tan instruidos da gusto.
    Bien, muy bien. Pero nadie dice nada de la cita del principio. La editora, Eloísa Otero, podía convocar un concurso -con premio, claro- para animar a los lectores a adivinar el autor de ese poema. Voy a proponérselo.

  5. Ja ja ja… Bueno, parece que hay dos botellas de auténtico rioja para sortear entre los acertantes. Lo que no sé es si el autor dejará participar a la editora, quien cree que los versos pertenecen a un poeta cuyas iniciales serían… J. G. ¿Voilá?

  6. Avelino Fierro

    Eloísa, varios lectores – entre ellos un compañero de trabajo, gran lector de prosa y menos de poesía- me han hecho llegar -a mi correo particular y antes de publicar las bases del concurso- la respuesta. Quizá debería vd. haber adelantado en su comentario que uno de los requisitos sería el de que no se podía consultar ningún buscador de Internet. Como sé que vd. es poeta, muy lectora – y memoriosa- y no ha recurrido a esa treta, me erijo en jurado, le adjudico el premio (y le sugiero que lo comparta con un servidor).

  7. Ay, no me lo merezco, sí que recurrí a la treta… pero brindaría muy a gusto con usted, señor autor, y con seguro algún otros lectores o lectoras más leídos y avispados que yo que a buen seguro atinaron sin trampa ni cartoné

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