La Isocarro de los helados

El heladero con su Isocarro.

El heladero con su Isocarro.

Por TOÑO MORALA

Aquel era un hombre tranquilo y bonachón; uno de esos inventores de la posguerra que se buscó los garbanzos y que aprendió el oficio de pastelero y heladero; y así pasó una vida entre dulces y sonrisas. En una ocasión, a mediados de los años cincuenta, le contrataron la compra de helados para una gran boda de postín; el día señalado preparó todo, y a media mañana cogió su Isocarro llena de helados y puso rumbo al pueblo donde se celebraba la boda; a medio camino le salió un macho espantado, seguramente por la picadura de un tábano… tuvo que hacer una maniobra… y sí, volcó… menuda escabechina. Dolorido, puso de nuevo la Isocarro en pie, limpió la bujía, purgó la gasolina y se encaminó todo preocupado hacia la boda. Cuando llegó todo eran alabanzas para el heladero; nunca en aquellos años se tomaba de postre helado. Al finalizar la comida, el heladero se puso en pie y comentó:

—¡Esta es una gran boda, y para rematar la comida, les he preparado un nuevo postre a la italiana… helado revuelto de varios sabores, con obleas por encima, y se sirve en plato…!

No dejaron nada; aquella escabechina le dio renombre por toda la comarca, y fueron muchas las bodas que contrataron sus buenos servicios de helado revuelto y oblea partida.

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