Teresa y Juan

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS 

“Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a mí,
No andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a mí buscarme has en ti.”

Teresa, paciente, recita los últimos versos de su poema. La tarde de abril es fresca en el pequeño patio del claustro. Una frescura que agradece y que espabila levemente su sopor. Casi no ha comido, pero su cuerpo leve abandonó el lecho a las cuatro de la madrugada, esa hora mágica de ausentes en que cree que su comunión con todo aquello que excede lo racional de todo conocimiento humano es más fuerte. Ese momento en que se siente conectada a la estrellada techumbre cósmica y sus pies viajeros apenas rozan la piedra venerable del convento. Su corazón es en ese instante una plegaria que atardece con el día. Una muy simple que se solaza en el deseo de los días pasados, celebra el aguardar presente y paladea el encuentro del inmediato futuro. Un rezo mínimo, que contiene todo el deseo que ese pecho incandescente es capaz de albergar. Desea. Desea un desvanecimiento en el océano de la mirada de aquel a quien espera. Ir de la mano de ese amado aún incógnito con los ojos cerrados y el ánima alerta.

Trae al regazo sus quince años y los mira compasiva recordando aquella tarde casi perdida en alguna despensa de la memoria. Con su amigo Alonso, cómplice buscador impenitente de nidos de mirlo, de charcas con nuevos renacuajos, de atardeceres como éste de brisa ajazminada. Los corazones batiendo excitados por los nuevos olores de la vida que, embadurnando el bosque, distraían los olfatos y los oídos y hacían rozarse despistadas las manos y era tan buena la idea de robar manzanas. Saltar aquella prohibición. La linde de lo ajeno. Dejar atrás a los niños que hasta entonces fueron. Y al otro lado el olor asidrado del edén prohibido. De lo desconocido. De lo intensamente deseado y esperado. Y la certeza de que en aquellas fincas cualquier fruta podía ser robada. Ofrecida. Saboreada.

Bajo el áspero sayal que cubre hoy el cuerpo de Teresa florece un instante aquel otro cuerpo de manzana fresca y la consciencia de ese roce le devuelve al presente. Bate su corazón como aquel día aunque la fruta que hoy ofrece es aún más rara y más preciosa. Como una novia, con la espera y el deseo en el rostro, forma inconsciente un cuenco con las manos. Y se deposita en él. Al mirar aquellos dedos de ofrenda ella misma se sorprende. Nunca se sintió más rica, con la elevada dote de quien lo tiene todo y todo lo ofrece. “Llego a este enlace de todo desprovista y sabiendo al mismo tiempo que nada ha de faltar…”, reza en el murmullo de un murmullo…

Ese saberse hace que se rompa el cordón que la une a sí misma. Desaparece el roce del pesado manto. Desaparece la fatiga del corazón entumecido. Desaparece el duelo de las articulaciones agotadas. Y el trabajo de respirar desaparece. Nada corpóreo es ya una tarea ni un afán para ese día. Vaciada la vasija descascarillada que tanto rodó por los caminos queda sólo la habitación viviente, morada incluso ya en su profundo centro antes de la llegada del huésped.

En ese preciso momento se abre la pequeña puerta del claustro. Teresa levanta el rostro y dice con dulzura: “al fin estás aquí, Juan…”

© José Pajares Iglesias 2015

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