Esas galaxias

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Antenas del observatorio “Atacama Large Millimeter/submillimeter Array (ALMA)” en Chile. Al fondo, a la izquierda, la Vía Láctea.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

A nadie debe extrañar el enésimo retorno de la saga galáctica que nos invadirá durante este fin de año con todo su despliegue publicitario y comercial. No es un hecho aislado, sino que se inscribe en una renovada forma de mirar al universo bien distinta de la que nuestros ojos alumbraban allá por 1977, cuando George Lucas firmó la primera entrega. Agotado entonces el Programa Apolo como buque insignia de la colonización lunar, otras crisis económicas anteriores a la actual pusieron muy en cuestión el gasto que se efectuaba en las aventuras espaciales y toda aquella odisea, sustituida por iniciativas menos espectaculares, se convirtió en melancolía o en romanticismo. Triunfó, por continuar con el ejemplo cinematográfico, el espíritu de ET o de Encuentros en la tercera fase: en lugar de viajar al exterior, era éste el que venía a nosotros de un modo mucho más barato y familiar.

Mas, como hemos dicho, no fue el fin ni muchos menos de esa tendencia tan humana que nos anima a conquistar el espacio, ya sea con un telescopio rudimentario, ya sea con un invento robotizado. Y ocurrió entonces, tránsito entre centurias, algo muy propio de la fiebre romántica: fuera por simple casualidad o por intención oculta de las agencias de noticias, coincidiendo con las fechas que servían de puente interanual y sólo con ésas, quizá por un sentido apocalíptico o iniciático, los medios de comunicación solían llenarse de galaxias recién descubiertas, de satélites en fuga, de exoplanetas y de agujeros muy negros. Todo era misterioso y narrado como sin atractivo, de un modo más que rutinario, donde sólo se salvaban algunos nombres sugerentes de las sondas espaciales Voyager y Pioner o del robot marciano Opportunity.

Sin embargo, todo ha vuelto a transformarse a medida que hemos ido cayendo en esta edad poscontemporánea. Tal vez sea a causa del efecto psicológico de todas las crisis que nos agobian y que nos llevan a buscar respuestas más allá de lo cotidiano en una fe fundamentalista, en una aldea desconectada o en la basura espacial que cae sobre los campos españoles como un maná achatarrado. O tal vez sea, con mucha mayor probabilidad, que el planeta se agota y no queda otro remedio que volver a mirar al universo con afán de supervivencia, guiados en unas ocasiones por la voz metálica de Stephen Hawking y en otras por la cámara de Ridley Scott como en The Martian. El caso es que de nuevo todo ha vuelto a sufrir un giro copernicano y tornamos a hacer de ese más allá una realidad al alcance de la mano o del sueño, según convenga. Así, un grupo de científicos de Teruel, ahí al lado, han conseguido identificar nada menos que la materia visible escondida y perdida desde el Big Bang; así también, las redes se pueblan de iniciativas y apoyos para dar el nombre de Cervantes y de toda su troupe a un conjunto de estrellas; y así, por último, en esta incompleta enumeración de cuanto nos sucede, hace apenas un par de años, después de otros cuatro de observación, nos dejó boquiabiertos una estrella, a 1.500 años luz de nosotros y oficialmente designada KIC 8462852, que podría albergar una civilización tan desarrollada que habría construido una especie de huerto solar espacial de dimensiones cósmicas.

Es la mirada mágica o mítica la que se ha impuesto al fin sobre aquella otra de pura ciencia-ficción o la estrictamente romántica. Y, puesto que todo es escepticismo, no nos queda otro remedio que acudir a la magia o al mito, porque al cabo también en materia científica somos incrédulos o austeros. Eso sí, a pesar de las crisis de todo tipo, al contrario de lo que ocurrió en la década de los años setenta, ahora nadie cuestiona las noticias del universo. Será también necesidad de creer.

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