Encantos de cantina

Cancamusa 23. Octubre 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 23. Octubre 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la vigésimo tercera entrega:

Encantos de cantina

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Octubre 2016)

¿Quién, de niño, no se ha asomado por debajo de las puertas de una cantina buscando los zapatos de su papá? Allí todos se conocen, todos se saludan y todos tienen debilidad por la bebida. Es el lugar en todo su sentido. Llámenlo bar, cantina, tasca, café… Todos fuimos aquel niño con la ñata pegada al cristal, deseando acceder a ese mundo que se desordenaba, que se deshacía como un dulce ante nuestros ojos, entre sabihondos y suicidas. Oh, cafetín de cualquier parte, cómo olvidarte, si tú eras lo único que nos recordaba a nuestra vieja.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Naturaleza muerta. Los objetos duermen como en la vidriera aquella de los cambalaches. Y heridos por trofeos sin remaches, ves llorar calendarios sobre un arcón. El tiempo haciendo luz de gas, desde la catalítica a la bujía azul. Convocando a un coro de cartones, latas, botes y chirucas que repiten como un eco las voces de los paisanos.

La bombilla muda dice que en el viejo molino de Ferramulín, a orillas del Selmo, hubo una pequeña central eléctrica. El generador comprárase en los años cincuenta a Dositeo, el de Lugo, y hubo que traerlo en un carro desde Piedrafita hasta Brañas. Otro carro fue allí desde Ferramulín a transportarlo hasta la aldea. ‘Era o mellor camiño que había’, solía contar Miguel Lemos. ‘Tamén había o de Cruz de Outeiro para ir a Quiroga, o Camiño Vello, pero estaba moi mal. Xa dicían daquela: o que vai a Cruz de Outeiro é como o que vai ao inferno’. Eso cuenta la muda bombilla mágica, cuya luz venía del agua, allá en el Courel.

Ay, Courel del lobo Uxío Novoneyra, oigo tu canto agujereado de oes:

Cousos do lobo!
Caborcos do xabarín!
Eidos solos
Onde ninguén foi nin ha de ir!
O lobo! Os ollos o lombo do lobo!
Baixa o lobo polo ollo do bosco
Movendo nas flairas dos teixos
Ruxindo na folla dos carreiros
En busca da vagoada máis sola e máis medosa…
Rastrexa
Párase e venta
Finca a pouta ergue a testa e oula cara o ceo
Con toda a sombra da noite na boca.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Hay una luz de mañana que huele a fijador, que lo sostiene todo. Cuentan que en esta taberna nunca se desclava nada que haya sido fijado en sus paredes. Ese almizcle, mitad serrín, mitad cerveza a la irlandesa, habla de Lincoln y de E. E. Cummings. Sed buenos o despareced, se oye en la sala. Y así lo hicieron algunos. Dejaron sus huesos de la suerte, los soldados, para partir al frente del catorce. Los huesos que se ven, son de los que nuca regresaron, los que no tuvieron suerte, a pesar de su inocencia. Las esposas del mago Harry Houdini, abrochadas a la barra, juegan con el injusto escapismo del tiempo.

Todo pesa aquí: las mesas y las sillas macizas, la barra que amortajó la ley seca, el armario rotundo del frío y la gran estufa. Pesan los tiempos en que no se permitía la entrada a las mujeres: ‘solo buena cerveza, cebolla cruda y nada de señoritas’. Pesan las dos jarras de las que los más atrevidos beben a la vez. Todo, hasta la marejada de salsas y la ausencia de taburetes, pesa en este rincón rancio y antiguo del East Village. Estábamos aquí antes de que tú nacieras, parecen decir las puertas de vaivén, mientras te guiñan un ojo.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

La figura solitaria y triste de un cuadro de Edward Hooper, tras el cristal, espera a los clientes para servirles cerveza y platos de croquetas redondas con relleno de ragú. Su serenidad clásica casi oculta, en trampantojo, los dedos sobre el teclado de su celular. Abriendo el plano, parece un cuadro entre otros cuadros torcidos de una exposición imaginaria.

Dentro se fuma pero no hay humo, hay un viejo piano que no suena, atiborrado de ceniceros que bailan al son de las prohibiciones. En los cafés oscuros de Amsterdam, suena un jazz de los canales. Viejos cafés marrones de Amsterdam (bruin cafes), por la madera y la nicotina. Cafés de viejos marineros, llenos de historias tan verdaderas como falsas. Se cuenta que los lobos de mar, solían saldar sus deudas de taberna, entregando los pequeños monos que traían de sus viajes ultramarinos.

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