De la Geología al universo sonoro

Próxima b.

Próxima b.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

No hizo falta que todas las agencias meteorológicas del planeta publicaran sus informes para calificar el año 2016 como el más caliente de la historia contenida en sus registros ni que el Boletín sobre los gases de efecto invernadero que publica anualmente la Organización Meteorológica Mundial hable ya de una nueva era de realidad climática. No fue necesario porque, poco antes del chaparrón de anuncios apocalípticos, ya la Geología se había encargado de meter más leña al fuego y confirmarnos, desde la esfera de sus estudios, que la edad poscontemporánea es o será también el principio de una nueva era geológica: el Antropoceno. Aseguran que emisiones de gases, contaminación por plásticos y microplásticos, residuos industriales, acidificación de océanos y pérdida masiva de biodiversidad, todo ello provocado por el ser humano desde mediados del siglo XX, acabarán por hacer reconocible una línea de plutonio en la estratigrafía que dará por cerrado definitivamente el Holoceno.

Pero esta senda de lo desconocido por la que transitamos, pendiente siempre de tantas verificaciones, es a la vez nueva y vieja. Demasiado vieja tal vez, demasiado terminal. Quienes, conocedores de la irreversibilidad de los cambios y sus consecuencias, optan por una mirada cáustica van todavía mucho más allá de las leyes de la Geología y anuncian, como hace Stephen Hawking, que “la supervivencia de la raza humana dependerá de su capacidad 
para encontrar nuevos hogares en 
otros lugares del universo, pues el riesgo de que un desastre destruya la Tierra es cada vez mayor”.

Así que volvemos a girar la mirada hacia ese más allá celestial por donde, en realidad, vagando andamos desde tiempos inmemoriales. La mirada y también el oído, que es lo auténticamente novedoso en esta edad. Si bien los hay que todavía insisten en los viajes a Marte por entre cien y doscientos mil dólares o en los mares de agua bajo la superficie de Europa, el satélite más observado de Júpiter, lo cierto es que las miradas nos la dirigen ahora (todo está teledirigido dentro y fuera de la Tierra) hacia el exoplaneta Próxima b, situado en la zona habitable de su estrella, Próxima Centauri, a solo 4’5 años luz de nosotros. Allí, según ha publicado la revista Nature, puede encontrarse el mundo más parecido al nuestro, aunque, curiosamente, no de allí parece venir el último grito acústico que nos aturde: una señal de radio procedente de una estrella situada a 95 años luz, en la constelación de Hércules, de potencia inexplicable. Cuentan que la señal recibida fue semejante a un beeep, que se prolongó durante unos segundos, y después volvió el silencio. En fin, suficiente, no obstante, para disparar todas las hipótesis en este contexto de nuevas eras geológicas y de repetidas, y más que nuca necesarias, ensoñaciones cósmicas.

Mas toda esta inflación de referencias acaba de ser coronada con la edición para fetichistas de los discos dorados que la nave Voyager conduce mucho más allá del Sistema Solar después de casi cuarenta años de travesía: tres vinilos con saludos en cincuenta y cinco idiomas y otros sonidos terrícolas como grillos, pájaros, chimpancés, pisadas, la sirena de un barco, latidos de corazón, viento… y la Música de las Esferas en versión de la pionera de la música electrónica Laurie Siegel. Aunque, si somos totalmente sinceros, para muchos de nosotros la música del universo sigue estando protagonizada por El Danubio azul, de Johann Strauss, con la que Stanley Kubrick vistió su odisea en el espacio. O, de forma más minoritaria quizá, por la lírica de Elena Soto, que sabe unir como nadie ciencia y poesía: “El firmamento también fue un niño frágil / apenas reconocemos su carita de antaño / en la Gran Nube de Magallanes o en la galaxia de Andrómeda. / Quizá sea consciente de que va hacia el gran desgarramiento / olvidando que en la infancia temió a la energía oscura”.

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