Querido diario (81)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Entre paseos, lecturas, pensamientos y recuerdos de momentos filosóficos, el autor vuelve a escribir en las páginas de su diario, “abrigado en mi parcela del mundo”…

Por AVELINO FIERRO

Para Consuelo Madrigal y Javier Gomá

Hoy he seguido entre la niebla a la chica que lee libros de filosofía. Caminaba deprisa, casi resbalando, deslizándose como una patinadora sobre el empedrado húmedo. Su silueta se deshacía a veces, como una luz que ya no brilla y deja sin beber a la mirada; entonces seguía su rastro por un humo tenue que bullía tras sus pisadas. Silueta borrosa; pelo con gotas de brillo, como los intermitentes de un automóvil. Ante las preguntas sobre el ser, la ciudad se sentía como una postal gris y desvaída, vista a través de cristales ahumados. Las horas se miraban unas a otras desorientadas, como si en las calles, en esos instantes, palpitase un latido diferente. Como si se restregasen pensamientos; como si los hombres continuaran escudriñando el hálito íntimo de alguna verdad. Reinaba el aturdimiento en las cornisas y en los anuncios desdibujados. El éter flotaba neutro y amargo cuando de repente lo sentías en la boca. A veces, en noviembre, suceden esos vértigos.

Llegamos –ella también; qué centelleo del destino– al salón de conferencias. Cristóbal Halffter hablaba cerca de un jarrón con rosas. Sonidos amortiguados, murmuraciones leves; venían las palabras desde la lengua en llagas de un tiempo antiguo. Flotamos en la corriente… En el desván removían viejos muebles y un silencio azulado volaba a través del corazón. Aunque veloz cambia el mundo, en la tierra sólo el canto santifica y conmemora (Einzig das Lied überm Land heiligt und feiert). Eso era, el pasado ardía como una fogata tibia. Contra el correr de las nubes y el griterío del mundo latía ese soplo, una lira, las aladas brumas de la canción. Todo un mundo estridente perdía peso; las cosas mostraban su rostro sin afeites y quedaban al alcance de todos, descalzas de solemnidad.

Leí el resto del día. Herido por aves que batían levemente sus alas, y con ojos enturbiados, casi feliz. Sonaron “A Deal with Chaos” y “A Pile of Dust”; no quería distracciones; tampoco quedaban muchos huecos para rellenar con otro tipo de pasión. Escribí unas líneas para la exposición “Raíces” de Rosa: “Como vidas leídas han pasado los años. En el lecho del río crepitan cristales romos y un pétalo de amor brota en el terraplén. Desde la infancia llega una luz incierta y ese rumor de rodillas ateridas. Me ovillo entre las sábanas: palabras familiares y un gran pájaro de aceite. Como vidas”.

La tarde llegó con su camisa mojada por las gotas de agua en el aire y con luz turbia. Luz como el blanco gris de los crisantemos que dormían en el salón. “En ce monde nous marchons / sur le toit de l’enfer / et regardons les fleurs”. Dos estorninos pasaron afanosos. Eran los últimos, encargados de cerrar durante este invierno las casas de todos, sus lugares, sus habitaciones en las ramas, los dibujos ya raídos de las hojas, los trazos seguidos días antes por los caminos del aire. Luego partirían con su cucayo en el zurrón. Vibraban bulbos y zafiros en el barro. Volví a refugiarme en el libro. “Si de veras es amor, dime cuánto.”

Bajé las bolsas de basura. Hasta los contenedores se habían arrastrado algunas hojas caídas de los prunos. Vino la noche. En lo alto no se oían las constelaciones, ya encerradas en sus establos. Las luces de los automóviles, con su halo inquieto, parecían mónadas dispersas queriendo cobijarse en algún pensamiento. ¿Quién os acogerá?

Releí “Schubertiana”, mordiéndome los labios y con los brazos en calma, abrigado en mi parcela del mundo. No obstante, a pesar de todo, volví de nuevo a subrayar el verso de Rilke, “pero qué inseguro se está aquí, sobre las cumbres del corazón…”.

  1. Pingback: Querido diario (81) | Retazos de un escritor

  2. Ventura Rico Castelló

    Querido Avelino: ¡maravilloso!
    Gracias por este regalo que me envías de cuando en cuando.
    Un fuerte abrazo,
    Ventura

  3. José Luna Borge

    La pequeña parcela, ese rincón del mundo que te acoje es en el que más abrigado se siente uno. Nunca te traiciona y sabes que está ahí, esperándote, para cuando lo necesites. Es el mejor refugio natural desde donde uno puede hablar consigo mismo simulando que lo hace con los demás, ahí no hay trampas ni engaños, todo sale del rescoldo del vagabundo hastiado que regresa a las querencias.
    Gracias Avelino por estas meditaciones desde tu rincón (locus absconditus) que ya es un poco nuestro.

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