“El hombre sin sombra”. Un relato de Sol Gómez Arteaga

©Ilustración: Carlos Morcillo Santero.

©Ilustración: Carlos Morcillo Santero.

Publicamos un nuevo relato de la escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid Sol Gomez Arteaga, ilustrado expresamente por Carlos Morcillo Santero, de Moraleja (Caceres), que esta vez ha optado por un dibujo minimalista para reflejar el vértigo.

EL HOMBRE SIN SOMBRA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Juan le entrega a un cliente el helado de pistacho que acaba de pedir cuando Amelia le susurra que un hombre pregunta por él y que parece apurado. Cobra y de mala gana se dirige a la trastienda mientras piensa que la gente no respeta nada, y que el horario está puesto para que se cumpla. Tal vez, se dice, no haya sido buena idea poner el confesionario, pero a los tres meses o así de casarse, empezó a echar de menos el oficio de cura y decidió que confesar un par de horitas por las tardes de lunes a viernes podía estar bien. Solo que últimamente la cosa se estaba yendo de madre. El martes a mediodía tuvo que atender a un perroflauta que había abandonado a su perro, y anoche, casi a punto de cerrar, soportó durante más de dos horas la confesión de un rijoso anciano contando cómo le “ponía” ver desvestirse a la vecina de enfrente. Así que tendrá que cortar por lo sano. Le dirá que vuelva por la tarde, si quiere. Pero el hombre, arrodillado tras la ventanita trasera, le agarra la mano con fuerza.

—Padrecito, por favor, confiéseme, lo mío es un caso extremo —Juan mira al hombre con intriga, y esto le da pábulo para seguir—. Desde hace un par de meses noto que me pasan cosas raras. Un día iba caminando tan tranquilo cuando al mirar hacia atrás vi que mi sombra se quedaba rezagada.

—¿Sombra? Cada vez ponen nombres más raros a los perros.

—No, padre, sombra, es la sombra que todos tenemos, usted, yo, todos, que nos sigue allá donde vamos. No le di importancia, pero cuando al día siguiente me volvió a pasar, noté que tardaba unos segundos más en acoplarse y al otro lo mismo, solo que con más tiempo de demora. Entonces empecé a inquietarme. Con gran alarma fui observando cómo cada día tardaba un poco más en volver.

Juan cree que tiene delante de sí a un loco y que lo mejor es seguirle la corriente.

—¿Qué la sombra suya se le desprendió, dice?

—Sí padre, iba y venía y hacía lo que le daba la gana —el hombre mira con mirada bovina —ya sé que esto que le cuento suena raro, pero es la verdad. Por el día era como si nada, en cambio por la noche, uf, la noche se convirtió en un sin vivir. Empezó a salir, yo la seguía, pero ella era más ágil que yo y no conseguía darle alcance. Se escondía tras los árboles, en los contenedores de la basura, en los camiones aparcados, como jugando al escondite. Agotado de deambular por la ciudad, y pérdida toda esperanza de encontrarla, volvía a casa, encendía la lámpara de mi cuarto y ahí estaba, pulsando conmigo el interruptor. Se me ocurrió atarla a la pata de la cama, y lo hice, pero era diestra, sagaz, escurridiza como un anfibio, y siempre se soltaba.

—¿Y por qué cree que hacía eso la sombra? —pregunta Juan que ha oído muchas historias en su vida, pero nunca una tan descabellada.

—No sé, padre, por burlarse, por venganza, porque me cogió tirria.

—¿Tirria?

—Sí, yo soy un buen hombre que no me meto en líos, apenas salgo, no fumo, no bebo, no tengo vicios desbocados, eso sí, todas las semanas juego a la bonoloto, pero eso no es malo, digo yo, de ilusión también se vive. En cambio, ella, pérfida, víbora, intentaba, maldita sea, sacarme de mis casillas.

El hombre ha elevado el tono de su voz y se inclina hacia su interlocutor. Juan cree que la cosa se le está yendo de las manos. Intentando aparentar calma, dice:

—Yo creo que eso que le pasa no es de este ministerio, hijo, le puedo recomendar un profesional…

—No, padre —interrumpe el hombre muy serio, retomando el tono de voz —usted me ha a mandar a un loquero y esto, se lo digo yo, es cosa de confesión. Déjeme seguir.

A Juan no le queda más remedio que asentir, el hombre continúa:

—El caso es que mi sombra, mi maldita sombra, hacía cada vez cosas más estrafalarias, al oscurecido se iba con otras sombras y hasta con sombros, y a veces aparecían en mi cuarto y se ponían a danzar, siete sombras conté una vez adoptando posturas de lo más procaces, postura Kamasutra, postura haciendo el pino, postura pensador, postura sacándome la lengua, postura torero… sabiendo, como sabía, que detesto los toros, es verlos en la pantalla del televisor y apagarla ipso facto. Cuando después del festín los amigos de mi sombra se iban, ésta se pasaba la mañana durmiendo. Y por la noche otra vez en danza. Una tortura, oiga. Hace tres días me la encontré colgada de una soga y al rato siguiente mondándose de risa en un rincón, era terrible, hacía cosas terribles. Llego a robarme.

—¿Robarle?

—Sí padre, las cartas de la mili. Y mi colección de sellos que guardaba en el baulito del escritorio también desapareció. Pensé ir la a comisaría, denunciarla, pero también pensé que quien iba a creerme… Además, como le he dicho, soy un hombre tranquilo y frente a la provocación optó por permanecer impasible, y tragaba y tragaba, pero la procesión iba por dentro. Hasta esta mañana, padre, que ya no pude contenerme más. Apareció borracha como una cuba y empezó a faltarme. Me llamó impostor, cuando ya ve usté, que la impostora es ella. Y cebollodolido, y pusilánime, y gusarapo. Llegamos las manos, entonces… la estrangulé con unas ganas. Ella se fue encogiendo, menguando, hasta acabar en el suelo del salón hecha un guiñapo. Al verla así, tan tranquila, inerte, inexpresiva, convertida en un charquito, muerta del todo, sentí mucho alivio.

El hombre permanece unos instantes con la cabeza gacha, consternado. Luego añade con voz entrecortada:

—Sí, padre, ya lo sé, sé que pequé contra el quinto mandamiento y lo peor es que no me arrepiento. Éstas —le muestra las manos extendidas— han sido las autoras del crimen.

Juan piensa en la extraña historia que el hombre le acaba de contar, en los casos tan complejos que se le están presentando últimamente. Nada que ver con los que veía a diario dentro de la iglesia y en confesionario de verdad, como los de infidelidades mutuas, los clásicos de onanismo, o los hurtos de una parte de la pensión que tan de moda se había puesto entre ancianitas, que luego empleaban en el bingo o pasteles, “pecatas minutas” todos ellos y una forma como otra de endulzarse la vida, comparado con el tremendo dolor que notaba en la nueva y variopinta tipología de feligreses que acudía últimamente a la trastienda. Pero se da cuenta que ésta es la vida de verdad, la vida auténtica, y no sabe si está preparado para darle respuesta. Tal vez su ambición por diversificar, haciendo funciones de heladero, y esposo y confesor a tiempos parciales, ha ido demasiado lejos. Lo analizará con calma porque ahora debe resolver el caso que tiene delante. Y aunque tampoco sabe cómo, hace uso, una vez más, de una estrategia que siempre le funcionó: la creencia que los demás tienen en él es lo que hace que sanen, se curen, encuentren soluciones.

—Mire, a veces la sombra de uno se va porque nosotros cambiamos, pero no se apure, con el tiempo, hijo, le crecerá otra.

—¿Usted, cree, padre?

—Sin duda, no es el primer caso de sombra que se me da —miente— pero hay que tener paciencia. La cosa suele empezar por la aparición de un dedo de sombra, luego del brazo entero, así hasta que la figura de uno se va recomponiendo. Confíe, crea, se lo digo yo, y ya verá como es así.

Al hombre se le ilumina el rostro.

—Sí, sí, mil gracias, así haré, ya sabía yo que me iba a resolver la papeleta —le coge las manos, se las besa.

Juan va a absolverle, como ha hecho hasta ahora con otros feligreses, pero lo piensa mejor, se ausenta y vuelve con un helado lleno a rebosar con dos bolas, una de fresa, otra de nata.

—Tenga. Para pasar el mal trago. Y no piense más en la vieja sombra.

Increíble, se dice, viendo cómo el hombre se aleja. Es mediodía y hora de echar el cierre. Además, de pronto se siente muy cansado. Pero el desconcierto grande le viene cuando al mirar el reloj se da cuenta de que a la sombra que su mano derecha proyecta sobre la tarima del mostrador, le faltan dos dedos.

 

Un Comentario

  1. Juan Bautista Paramio Rodriguez

    Maravilloso relatado.

    Juan Paramio

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