
Reproducimos el discurso íntegro pronunciado por el escritor zamorano afincado en León Tomás Sánchez Santiago el pasado 21 de abril de 2026, en Valladolid, durante el acto en el que recibió el Premio Castilla y León de las Letras 2025, y en el que habló en nombre de todos los distinguidos, en esta ocasión, con los galardones que otorga la anualmente la Junta de Castilla y León para reconocer la trayectoria de personas o entidades destacadas en distintas disciplinas.
Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
Sr. Presidente de la Junta de Castilla y León, Sras. y Sres. Consejeros, Autoridades, queridos compañeros premiados que hoy compartís cadalso alegre conmigo, querida familia, queridos amigos:
Uno nunca acierta a saber por qué se le da un premio. Es como si a un niño, sin previo aviso, se le diera un regalo inesperado incluso después de haber cometido una travesura. Imagínense ustedes que la travesura que hemos hecho mis compañeros/-as premiados, en nombre de los que estoy hablando aquí temerariamente, es la travesura de pensar, o de imaginar, o de dedicar un buen pedazo de la vida a mejorar esta hermosa tierra nuestra para ser útiles a ella (Tolstoi decía que lo útil es solamente aquello que mejora a la persona) desde donde nadie supondría. Por ejemplo, en el silencio absorto de los laboratorios, donde Verónica Pascual Boé pudo tramar —por encima de la majestad de la materia—, más allá del perímetro de partida de una empresa familiar, redes que unen la tecnología, la industria, la formación de jóvenes y una delicadeza inclusiva para poner el talento al servicio de los demás; pero la travesura también pudo estar en la soledad de una piscina donde el agua y el tiempo imponen una alianza capaz de devolver a una nadadora, Laura López Valle, a la condición insospechada de aquello que acaso una vez fuimos todos (“Yo fui en otro tiempo arbusto y ave y mudo pez marino”, dejo dicho Empédocles en el siglo V a C.) y que ella ha suscrito hasta hoy como quien escribe cada día su nombre en el agua; y en la emoción del candor y el coraje del pueblo llano hecho música por Nuevo Mester de Juglaría, referente insoslayable que nos dio a conocer el acervo popular mediante la palabra sin dueño y la música en libertad a fin de no olvidar que provenimos de un lugar que siempre sabe a pan reciente; y en el mantenimiento de rituales atávicos que el ayuntamiento y el pueblo de Benavente con sus peñas impulsan cada año para resucitar ese mito lustral que recuerda simbólicamente que solo mediante la solidaridad pueden vencerse las furiosas inclemencias de la vida; y en la perseverancia inadvertida con que día por día el Proyecto Hombre saca a flote a quienes pudieron extraviarse en la oscuridad, esforzándose en devolver justa dignidad a los desasistidos y convencerlos de que merece la pena seguir creyendo en la vida; y en el diálogo sostenido de Germán Vega García-Luengos (“el caballero de Olmedo”) con nuestros clásicos, en los que él ha puesto orden y exactitud, y que sobrevuelan el espesor de los siglos y vuelven cada año al Festival Olmedo Clásico que él alzó con empeño formidable muy cerca de aquí.
He aludido aquí a los hombres y mujeres premiados en esta edición y con quienes tengo el honor de compartir ante ustedes este acto en el que todos somos a la vez anfitriones y huéspedes porque en todo acto de entrega —y entrega es lo que hay, compañeros/-as, en vuestros respectivos quehaceres— lo que se consigue coincide con lo que se da a los demás. El poeta latino Marcial lo expuso para siempre en aquellos versos inolvidables: “Solo lo que hayas dado, / eso será lo que al fin tengas”. Gracias, pues, a los respectivos jurados que creyeron en esa labor de entrega.
Pero ahora quisiera decir algo más por cuenta propia. Querría traer a colación unos cuantos nombres de quienes deberían haber estado alguna vez aquí mismo, precediéndome a mí. Pero no les dio tiempo. Se fueron casi sin avisar y por eso los nombro. Aníbal Núñez, José-Miguel Ullán, Gaspar Moisés Gómez, Marcelino García Velasco, Enriqueta Antolín, José Manuel de la Huerga, Luis Javier Moreno, José Diego, Avelino Hernández, Tomás Salvador, Miguel Suárez y, aún viva en mi corazón su desaparición, José Antonio Abella, mi querido hermano del alma. Todos ellos amaban a esta tierra y amaban el peso de las palabras de nuestra lengua castellana. Por eso, estoy seguro de que entenderían esto que ahora quisiera decir. Me da algo de pudor pero siento la necesidad de hacerlo. Si no, mi conciencia se iría muy magullada de aquí.
No puedo ser desleal con mi propia identidad. Me hacen saber que se han fijado, para la concesión de este premio, en mi espíritu crítico y ético. Y yo no puedo volver la cara a esa cuestión. Por eso, dentro de la discreción que un poeta pone a la hora de hablar (recuerden que un poeta no tiene público: solo lectores) voy a “mover la lengua de otro modo”, como decía Goya en aquel grabado, porque creo que debo decir algo aquí que nos concierne a todos. Habría que tomarlo como lo que es: una amable invitación a reflexionar sin estridencia.
Estos premios no son, no pueden ser, meros actos decorativos. Desde su origen, están vinculados a una actitud y a un servicio. Y yo soy algo parecido a un poeta; es decir, a un aprendiz. Todo poeta, sí, es un aprendiz, un debutante que trata cada vez de encontrar la última entraña del lenguaje, allá donde apenas nadie se atreve a entrar. Ahora creo que debo hablar, que tengo que decir algo en nombre de los poetas, esos y esas que apenas son escuchados fuera de la tribu porque su oficio —“oficio de paciencia”, decía el poeta portugués Eugénio de Andrade— no está en el mercado ni en los escaparates ni en los enormes titulares de los medios de comunicación ni en los almacenes de eso que se denomina ‘la actualidad’. No está allí donde no debe estar.
Y es que la poesía, ¿saben ustedes?, es el mayor espacio que conozco de responsabilidad y de resistencia. Y el poeta es quien se esfuerza por limpiar de nuevo las palabras de todos, para devolverlas a la vida una vez lavadas. Palabras que nunca se terminan de decir del todo porque siempre acaban por ser atropelladas por el ímpetu de la Historia. Palabras como condescendencia, compasión, dignidad, esmero… Por eso, no hay un solo verdadero poeta que no escriba teniendo en cuenta que lo hace en nombre de los desposeídos. En nombre de ellos, me atrevo aquí a proclamar esto: escuchen a los poetas. Creímos que la falacia del progreso nos iba a mejorar pero la altura tecnológica del siglo XX no vino acompasada de una altura moral. Y hasta aquí hemos llegado, hasta esta convulsión general en que se halla el mundo. Si hay que abrir una puerta a la esperanza, no les quepa duda a quienes deban saberlo de que esa ha de ser la puerta de la cultura.
Por eso, aquí y ahora, yo pido que se cuide de la cultura, de la verdadera cultura, también en nuestra querida tierra que nos ha honrado a todos con esta consideración. Porque es a través de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones —y hoy hay aquí un repertorio de personas e instituciones premiadas que así lo demuestra— donde se ha de mantener encendida la luz necesaria de eso específico nuestro que llamamos lo humano. Las exclusiones, el miedo al otro por ser distinto, la exaltación ciega de lo propio por encima de lo demás, el menosprecio al pensamiento, la imposición de la ignorancia interesada…, todas esas amenazas parecen regresar de nuevo a nuestra civilización en una exacerbación general. Y la cultura no puede esconder el rostro ante ese panorama. Estamos en Castilla y León, tierra que históricamente siempre acogió a los que llegaban de afuera. Aquí hizo su obra fray Luis de León, perseguido y encarcelado injustamente por su ascendencia judía. Aquí se enmarca el Lazarillo de Tormes, otro desposeído. Y Beatriz Galindo, que desafió con la exposición pública de su saber aquel estado de sumisión de la mujer. Y Unamuno. Y Agustín García Calvo. La impronta de todos ellos, de los que ahora nos sentimos tan orgullosos, nos recuerda que nuestra identidad va más allá de un origen, de una clase social, de un apellido. Es por lo que querría volver a pedir eso: cuidemos ahora extremadamente de la cultura. Los creadores, de cualquier signo que sean, solo entienden su quehacer desde la libertad sin coacciones, que es de donde surge la imaginación y todo cuanto ha dado sentido a la labor de los compañeros premiados en esta edición. Ese es nuestro deseo y ese es nuestro deber.
Y ya termino. Quisiera hacerlo con un poema perteneciente a un libro titulado El que menos sabe, y espero que el propio título me excuse de pretenciosidad o de arrogancia. Es, de nuevo, otra travesura. La última. Tómenlo ustedes así.
VIENE OTRO TIEMPO
Pongo el oído.
En las conversaciones arenosas se advierte
ahora el cambio de compás del mundo.
Es un café
modesto, enquistado entre dos fachadas
que muestran la apoteosis de sus escaparates (y eso
empobrece aún más el local). Hay hombres que conversan, dicen
palabras tirantes, con peligro asomado
por las barandillas de sus sílabas.
Dicen “negros”,
dicen “moros”, y luego, encabritado ya
el lenguaje que los demás clientes dan
de paso, caen afirmaciones que encienden
como fósforos secos —a la primera— otros rostros
agitados por la desazón.
Esa mujer,
por ejemplo: deja un momento de lanzar
monedas al vientre de la máquina y se vuelve
y entra en la matanza verbal. “Nos revuelven
lo nuestro”, dice. El bufido
de la máquina del café lo invade todo, impide
oírla bien; entonces ella sigue
insistiendo: “Que se larguen
por donde vinieron”.
Por donde vinieron: un mar
encomendado a divinidades sin crédito
que poco, nada
pueden hacer por encalmar el viento,
por desmontar la furia de las olas
desmedidas como los sueños que los trajeron hasta aquí,
donde los esperaba el hierro caliente de los adjetivos
del desprecio.
Los hombres del bar siguen hablando
ya de otros asuntos.
La mujer
deja caer más monedas, una
tras otra,
con la desesperación
contenida de los que fían
a un dios innominado
la roída sustancia de su vida.