La buena muerte

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Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

“Dainos, Señor, buena muerte…”. Con esta invocación penitente recorre las calles de la ciudad de León la procesión vespertina del Domingo de Ramos, conocida popularmente como el Dainos. Sin discutir su relevancia como rito, es ésta una expresión más, católica aquí, de un deseo humano que no conoce tiempo ni fe. Aunque no todos los tiempos ni todas las fés sean iguales y mucho menos en la era babélica que nos ha tocado en suerte.

Lo destacado hoy es el negocio y la feroz competencia a que obliga el mercado. Cierto es que hubo siempre y en todo rincón un interés digamos sobrenatural en manejar el asunto y hacer de él fundamento de creencias y confesiones como herramienta para el dominio de voluntades. Nada nuevo, pues. Sin embargo, lo innovador ahora es el choque casi violento entre la senda eterna y la puramente terrenal, entre el más allá y el más acá como manifestaciones de una misma fatalidad, hasta el punto de que la confusión penetra uno y otro ámbito sin mayores rubores y con total concupiscencia. Así como se produce, no sólo en el trance de la muerte, una exaltación de lo sagrado, crece en paralelo la elevación de lo profano en el peor de sus sentidos: el mercantil. Y en este campo la muerte, inagotable siempre, feroz y estremecedora como ninguna otra acción humana, deriva en un recurso más que apetecible para los mercaderes que rigen nuestros destinos.

Aunque no es el hecho funerario en sí lo destacable, que en cualquier caso es un gran bocado, puesto que al cabo todos moriremos y todos requeriremos esa atención, hoy por hoy tasada en España en 3.5000 euros como precio base sin extras. No, lo curioso es el envoltorio que crece entorno y que, sin llegar al éxtasis mejicano, coloniza ese lance con devoción parasitaria. La actualmente séptima temporada de la serie The Walking Dead, las cenizas de Truman Capote vendidas por 40.000 euros y la criogenización de una joven inglesa por sentencia judicial son tres ejemplos ilustres de este fenómeno. A nadie pude extrañar, por tanto, que el Vaticano reaccione a través de su órgano más numantino, la Congregación para la Doctrina de la Fe, y prohíba esparcir las cenizas de los difuntos o conservarlas en casa, amenazando, de incumplirse esta medida, con negar el funeral a los fallecidos. Dicen que esa prohibición pretende evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

En fin, bien está si así evitamos algunas mandangas. Sin embargo, lo que no se evitará, y mucho menos retornando a la ortodoxia tridentina, es la maniobra de despiste que todo este cúmulo de baratijas arroja sobre lo que debiera ser el verdadero y urgente debate en los tiempos poscontemporáneos: el de la buena muerte, es decir, el de las eutanasias. Este sí es un asunto que debiera entretenernos y movilizarnos. Es decir, menos series sobre zombis y más discusión acerca de las fórmulas para huir de la humillación mortal; menos tráfico de escorias y más progresión de las legalidades sobre la materia; menos hielo para el futuro y más calor para el desenlace presente. Con suma sencillez lo expresaba Ramón Sampedro pocos días antes de poner fin a su vida: “Y si ganamos la apuesta de la muerte, / si la esquiva suerte una vez nos mira, / ganaremos el cielo, porque en el infierno / ya hemos pasado toda nuestra vida”.

Éste es el reto que, como tantos otros, conducirá a esta edad hacia el porvenir o hacia la regresión. Es decir, hacia el gobierno de lo humano o hacia la perpetuación mitológica de los ritos penitentes en demanda de la buena muerte.

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